Alfredo Arias y Marilú Marini vuelven a desplegar ese humor
payasesco que tan buenos resultados les dio en «La mujer
sentada de Copi», con la que esta pieza tiene puntos en
común.
«Incrustaciones» de Ch.Thomas. Dir.: A. Arias. Int.: M.Marini y A.Arias. Vest.: P. Ramírez. Ilum.: G. Córdova. Esc.: A. Arias. (Teatro Presidente Alvear.)
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Las suegras tienen mala prensa desde que el mundo existe. Ya lo decía la antropóloga Margaret Mead: «De todos los pueblos que he estudiado, siempre compruebo que al menos el cincuenta por ciento preferiría que hubiese una jungla entre ellos y sus suegras».
La ensayista y dramaturga Chantal Thomas también tiene mucho que decir de estos personajes. Su caricatura es muy ácida y está ligada a la peor variante de la especie, la integrada por mujeres que además de odiar a su nuera, mantienen con su hijo una relación simbiótica y a prueba de balas.
«Incrustaciones» tiene varios puntos en común con el teatro de Copi. Sus personajes son feroces, disfrutan de las situaciones macabras y, por momentos, parecen sacados de una historieta. Sólo que, a diferencia del autor de «Cachafaz», Thomas no se mueve en un caos amoral. Su enfoque, aunque hilarante, ofrece una mirada algo más crítica y racional, quizás influida por el psicoanálisis. La acción dramática tiende a estancarse ante el gran despliegue de diálogos, pero esto se ve compensado con las logradas caracterizaciones de Marilú Marini y Alfredo Arias. Ella interpreta a la madre de Patrick, en una suerte de diva perversa y a Raimunda, la solterona culta y estudiosa que por sus carencias afectivas termina casada con un «monstruo castrado» (según palabras del director).
Arias da vida a tres personajes: el hijo pelele, un ridículo investigador universitario y el botones de un hotel fantasmal que recibe a Raimunda luego de morir ésta en un accidente. El desdoblamiento de la protagonista está sugerido por un maniquí, idéntico a la actriz, creado por Daniel Cendron.
Marini y Arias vuelven a desplegar ese humor payasesco que tan buenos resultados les dio en «La mujer sentada» de Copi (Teatro San Martín, 1998). El delirio maniqueísta que propone «Incrustaciones» les permite jugar con contrastes muy fuertes y pasar rápidamente de víctimas a victimarios.
Según dijo la autora: «Me fascina la increíble salud que puede hacernos permanecer durante años en situaciones humillantes y reclamando siempre más y mejor de lo mismo». Seguramente, ésa es la clave para captar la esencia de esta obra que además de ridiculizar las relaciones edípicas se burla de la eterna disyuntiva femenina entre el matrimonio y la carrera profesional.
El dispositivo escénico fue planteado en blanco y negro y se destaca por su austeridad y elegancia, especialmente el vestuario de Pablo Ramírez, el modisto top del momento.
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