22 de septiembre 2005 - 00:00

Al fin un documental sin estrecheces

En lugar de digitar interpretaciones, los autores de «Habitación disponible» siguen a los protagonistas (tres inmigrantes en plena crisis de 2001) y dejan que el espectador saque sus conclusiones.
En lugar de digitar interpretaciones, los autores de «Habitación disponible» siguen a los protagonistas (tres inmigrantes en plena crisis de 2001) y dejan que el espectador saque sus conclusiones.
«Habitación disponible» (Argentina, 2004, habl. en español, guaraní,ucraniano) Guión y dir.: E. Poncet, M. Burd, D. Gachassin.

Esto es lo que se llama un «documental de observación». El intento de registrar algo a lo largo de su transcurso, que puede ser de varios meses, pero siempre siguiendo su desarrollo sin intervenir para nada, sin modificar nada, ni orientar aparentemente en nada al espectador, a diferencia de otro tipo de documentales que tienen un relator al que los especialistas llaman «la voz de Dios», porque va explicando manifiestamente cada cosa que vemos, dándole una sola interpretación de los hechos.

En el caso de lo que aquí vemos, «la voz de Dios» nos cargaría de datos estadísticos, nos diría lo que piensa, deja de pensar, o le convendría pensar cada sujeto registrado (al que, cuanto mucho, en algún momento le acercaría un micrófono para que diga algo que luego será convenientemente editado), y cerraría todo con sus propias conclusiones. Hay dioses soberbios, que miran desde arriba, hay dioses poetas, hay otros divertidos, o bastante objetivos y serviciales, y hay también pequeños dioses que dejan a un lado su posible divinidad, y permiten que las personas registradas hablen por sí mismas, y la gente haga sus propias deducciones. Son los que hacen documental de observación.

De todos modos, se entiende, algún manejo del material debe haber. Cabe aquí confiar en lo casual, aunque ya la selección de personas y situaciones, las puestas de cámara, y los seguimientos de «Habitación disponible» hagan recaer ligeras sospechas. Nunca nada es del todo puro, salvo en los manuales. Como sea, la intención parece cumplida. Y dicha intención, en este caso, es seguir, durante largo tiempo, los trabajos, esparcimientos, y pensamientos de algunos inmigrantes, de esos que sabe Dios cómo es que vinieron a parar a la Argentina, pero ahí están, arreglándose como pueden.

Como en todo registro, hay partes aburridas, pero también de las otras. Los personajes elegidos son queribles. Y terminamos interesados por saber qué le pasó a una ucraniana que vende café ambulante, cómo un paraguayo se charla a una compatriota con el verso de la nostalgia, y qué lindo bromean, manteniendo las distancias, una doméstica paraguaya con su patrón, un anciano juez que recuerda cuando, hace tanto, conoció a Perón y Evita. El final es medio melancólico. No todos pudieron hacerse la América en Argentina.

A la cabeza del grupo documental, Diego Gachassin, el de una película que merece revisión, «Vladimir en Buenos Aires».

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