10 de abril 2007 - 00:00

"Alaska": el hermetismo es parejo al frío de la obra

Aunque bien en lo técnico, el restode «Alaska» se hunde en la confusiónde objetivos y en un paupérrimoclima plástico.
Aunque bien en lo técnico, el resto de «Alaska» se hunde en la confusión de objetivos y en un paupérrimo clima plástico.
«Alaska». Idea y Dir.: D. Szeinblum. Coreog.: Szeinblum, L. Condro, N. Leonzio, A. F. Ortiz y P. Lugones. Mús.: U. Conti. Ilum.: G. Córdova. Vest.: C. Alasia. (Ciudad Cultural Konex).

Muchos espectadores de la nueva obra coreográfica de Diana Szeinblum saldrán preguntándose el porqué del título «Alaska», sitio al que no se hace referencia en ningún momento. Sin embargo, no resulta tan descabellado asociar algunos comportamientos de los cuatro personajes que la interpretan con el entorno gélido de una Alaska con visos míticos (lo que implica un aislamiento involuntario).

Según la misma Szeinblum, en la obra se habla de la instalación de espacios interiores en los personajes, donde se recrean experiencias pasadas que han dejado marcas profundas y que se manifiestan en comportamientos neuróticos (en ese sentido, también podría pensarse que Alaska es el nombre de alguna clínica psiquiátrica).

Lejos de la calidez de aquella pieza ejemplar que fue «Secreto y Malibú», donde se exponían sentimientos relacionados con el entorno familiar y del que surgía una poesía extraña y conmovedora del universo femenino, «Alaska» no se caracteriza ni por una estructura dramática sólida ni tampoco por una búsqueda plástica significativa. Las acciones -siempre dentro de un peligroso hermetismo-parecen depender únicamente del desenvolvimiento dancístico de los cuatro intachables intérpretes, quienes además de bailar han colaborado con el diseño coreográfico de Szeinblum en un trabajo en equipo.

Una serie de «solos» y escenas compartidas por dos, tres o por los cuatro personajes prueban la calidad de la preparación técnica a que han sido sometidos por la coreógrafa. Durante 50 minutos Lucas Condro, Pablo Lugones, Noelia Leonzio y Alejandra Ferreira Ortiz se entregan a un ritual tortuoso y de exigencias físicas extremas. Quizá aquí se encuentre lo más rescatable de «Alaska», ya que el resto se hunde en la confusión de objetivos y en un paupérrimo clima plástico, a pesar que las luces fueron puestas por un profesional como Gonzalo Córdova.

En cambio, resulta interesante la música compuesta e interpretada (en piano y teclados) por Ulises Conti, que fluctúa entre el sonido meramente electrónico y un lirismo minimalista. Junto a él también actúa el notable violinista, Mariano Malamud en emotivos solos. Juntos conforman un dúo que debe destacarse como uno de los componentes más valiosos de «Alaska», mirada fría y distante, tanto como se imagina ese lugar.

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