28 de julio 2005 - 00:00

Alcón: "Vivimos siempre en la realidad que nos creamos"

Alfredo Alcón y dos grandes desafíos en el Teatro San Martín:ahora el «Enrique IV» de Pirandello, y en febrero de 2006el «Rey Lear» de Shakespeare.
Alfredo Alcón y dos grandes desafíos en el Teatro San Martín: ahora el «Enrique IV» de Pirandello, y en febrero de 2006 el «Rey Lear» de Shakespeare.
Como es habitual en él, está tan entusiasmado como temeroso ante su nuevo estreno. Alfredo Alcón no es de los que disimulan sus emociones, ni sus dudas. Su fama y el prestigio de una carrera impecable no han afectado su sencillez, algo infrecuente en una figura de su categoría. En su diálogo con este diario, Alcón habló de su complejo papel protagónico en «Enrique IV» de Luigi Pirandello, que subirá a escena este domingo en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, con dirección de Rubén Szuchmacher, algunos meses antes de que enfrente el enorme desafío, en febrero, de ensayar en el mismo teatro «Rey Lear» de Shakespeare, bajo las órdenes del director Jorge Lavelli.

«Enrique IV»
cuenta la historia de un aristócrata que en una comparsa ecuestre decide ser el de Alemania, pero al caerse de su caballo sufre un severo traumatismo que lo fija en esa a ese papel por el resto de su vida. Veinte años más tarde un grupo de amigos intenta revertir la situación con la ayuda de un psiquiatra, sin comprender que el enfermo tiene otras razones para seguir atrincherado en una supuesta corte del siglo XI.

Integran el elenco Elena Tasisto, Osvaldo Bonet, Horacio Peña, Roberto Castro, Analía Couceyro, Lautaro Vilo, Pablo Caramelo, Javier Rodríguez, Pablo Messiez y Francisco Civit. La iluminación es de Gonzalo Córdova y la escenografía y el vestuario de Jorge Ferrari.

Periodista
: ¿Cuál es hoy el atractivo de «Enrique IV»?

Alfredo Alcón: Es una obra de gran teatralidad, hasta tiene algo de vodevil. Toda esa gente disfrazada de época, que quiere ver cómo está el enfermo después de tantos años, cuando en realidad están como burlándose porque son muy superficiales. No es gente que se acerque por compasión o solidaridad; siempre están buscando a alguien de quien reírse, ya sea por tonto, loco o raro como mi personaje, que es un tipo muy apasionado. El quedó prendado, veinte años atrás, de una mujer con la que sólo intercambió una mirada. Pero en aquella oportunidad, ella tuvo miedo y prefirió unirse a la risa de los otros, no se atrevió a seguir a ese hombre tan diferente del resto. Y a él ese episodio lo marcó para siempre. ¿Por qué no peleó por esa mujer? Quizás porque le faltó coraje para vivir en el mundo y prefirió armarse una realidad virtual.


P.:
Al igual que en «Seis personajes en busca de un autor» Pirandello parece obsesionado por la noción de realidad, sólo que en «Enrique IV» la confronta con la locura.

A.A.: Sin ir a casos tan extremos como el de mi personaje, yo creo que todos nos creamos una realidad propia, sin saber mucho en qué consiste porque siempre es distinta para cada uno de nosotros. Con alguna gente nos entendemos un poquito más, pero igual siempre hay malentendidos, no vemos las cosas de la misma manera. «Enrique IV» es una obra apasionante en relación a estos temas.


P.:
Y con respecto a «Rey Lear» ¿Estuvo alguna vez en sus planes?

A.A.: No hay actor que haya leído esa obra que no desee hacerla.


P.:
¿La propuesta legó en el momento adecuado?

A.A.: No lo sé, es algo que de repente me llegó y yo no pregunté demasiado... ¡a ver si se arrepienten!


P.:
Para el público argentino usted es sinónimo de Shakespeare.

A.A.: No sé si tanto, sólo hice tres obras: «Hamlet», «Ricardo III» y «La tempestad». Pero creo que tanto Shakespeare, como todas las grandes obras, son verdaderos ejercicios de humillación para el actor. Como los místicos, uno sabe que nunca va a llegar allá arriba, pero el solo hecho de intentarlo hace crecer. Y al público le pasa lo mismo, nunca va a terminar de comprenderlas por qué estas obras son una fuente inagotable de imágenes y resonancias. Están muy cargadas de vida.


P.:
¿Cómo es su relación con Jorge Lavelli?

A.A.: Lo conozco de haber charlado con él, de reírnos juntos. Tiene un gran sentido del humor y eso es lo que más admiro en una persona. Yo creo que el humor es la mayor prueba de inteligencia que puede ofrecer un ser humano. A mí me enseñó a reír una amiga muy querida, la actriz Violeta Antier. Trabajamos juntos en un radioteatro. Yo recién empezaba y me hacía problema por todo, vivía mirándome el ombligo. Ella hizo que me riera de mí mismo. Lamentablemente, nunca me atreví a decirle cuánto la quería. Un día llaman a la radio avisando que no podía venir porque estaba muy enferma y murió casi enseguida. Fue todo tan rápido. Un día le conté a su madre que por pudor nunca le había dicho a Violeta que la quería. Y ella me contestó: «No te preocupes, Violeta ya lo sabía». Pero hubiera preferido decírselo. Era como quedarse con un regalo y no tener a quien dárselo. Nunca más volví a reprimir una expresión de afecto.


P.:
¿Va a volver a la televisión?

A.A.: Cuando estoy haciendo teatro, me resulta bastante complicado trabajar en televisión. Hay gente que puede, pero yo no tengo tanta capacidad de trabajo. Me encanta no hacer nada e ir juntando fuerzas durante el día para luego llegar al teatro y merecer esta experiencia tan grande.Además, siempre está el miedo, no de que al público no le guste, sino de que a uno no le guste, que no esté a la altura del sueño que se fijó. Por eso uno siempre vuelve al otro día con la esperanza de que por ahí todo sale mejor.


Entrevista de Patricia Espinosa

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