10 de febrero 2005 - 00:00

"Alexander"

Colin Farrell, en la piel de Alejandro Magno: para Stone, menos un personaje real que un ícono de los vencedores.
Colin Farrell, en la piel de Alejandro Magno: para Stone, menos un personaje real que un ícono de los vencedores.
«Alexander» (id., 2004; EE.UU., habl. en inglés). Dir.: O. Stone. Int.: C. Farrell, A. Jolie, J. Leto, A. Hopkins, V. Kilmer, C. Plummer.

A lo largo de su carrera, Oliver Stone ha procedido más por embestidas que por estilo, y es esa particularidad la que le da resultados (resultados de todo tipo, desde ya). Su forma de meterse en los temas que toca, y en especial cuando lo hace con algún personaje histórico, es a los empujones, frontalmente, y con absoluto desprecio por cualquier sutileza.

Así, se propuso hacer a lo grande «Alexander», su versión de la vida de Alejandro Magno, la película de un director de temperamento fuerte que admira al objeto de su historia, y con el que seguramente se reconoce en muchos aspectos. Volvió a la épica monumentalista, a las tres horas de duración; llenó la pantalla de caballos, elefantes y batallas; extremó y exageró, sin temor al ridículo en el que cae muchas veces, las características de sus personajes, y no tuvo reparos en incluir, cuando lo creyó necesario para ilustrar al gran público, extensas lecciones de historia de la Grecia clásica en la persona del narrador, Ptolomeo ( Anthony Hopkins), o de moral bisexual en la de Aristóteles ( Christopher Plummer), para justificar la futura preferencia del titán por el sufriente Hefaistos antes que por la morena Roxana.

La crítica norteamericana, sobre todo la más sofisticada, lo pulverizó, cosa que lo debe tener sin mayor cuidado, y los premios Oscar lo dejaron de lado. Sin embargo, esa crítica (tal vez esperando una película completamente extraña a lo que podía aguardarse de él) perdió de vista la evidente filosofía del film que consiste en examinar, o imaginar desde el primer plano, la raíz, la motivación, la gloria y el ocaso de un poderoso, de un triunfador. Ese, y no otro, es el fin que perseguía Stone, y ese el acierto de su película.

«Alexander»
es la parábola de un hombre que tuvo al mundo a sus pies a la edad en que muchos otros todavía se consideran adolescentes. Murió a los 32 años, joven como un dios griego y con sus mismos problemas: la soledad del poder, el imperio en la tierra amenazado, desgarrado por las luchas entre sus súbditos y familiares.

Al ver a Colin Farrell en el protagónico puede pensarse en el propio Stone: un hombre vociferante, tiránico, sobreaactuado, decidido a encontrar en el poder no sólo la apetencia de la conquista, y de hacer historia, sino también la venganza contra una infancia miserable (pese a las riquezas y la cuna real), donde su padre Filipo violaba a su madre Olimpia ante sus ojos infantiles. No por azar Stone elige esa escena para presentar a su protagonista. Olimpia (Angelina Jolie, más cerca de una idishe mame que de una madre macedonia) sostiene que no es Filipo, sino Zeus, el padre, y desde luego Alejandro también lo cree.

Filipo (Val Kilmer) es el político, Alejandro el héroe; Filipo es el calculador que pacta, Alejandro el triunfador que arrasa; Filipo quien cae por el poder de los hombres, Alejandro por el poder de la historia. Filipo es quien no se equivoca pero sólo porque no se atreve a reunir, en un mismo imperio, a todas esas tribus dispersas, y Alejandro quien las reagrupa y derrota a Persia, pero lo doblega la India. Stone, como Alejandro, se equivoca en muchas cosas, pero no lo amilanó llevar adelante la película que realmente quería.

M.Z.

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