22 de mayo 2001 - 00:00

Amancio Williams, un artista incomprendido

Amancio Williams.
Amancio Williams.
En 1941 se diploma en Buenos Aires un arquitecto a quien Le Corbusier daría su primer espaldarazo internacional: Amancio Williams (1913). Fue a propósito de la muestra realizada en París, en 1947, cuando el taller de «Corbu» colaboró en el montaje del stand dedicado a las obras de Williams, porque según decía, estaban «llenas de soplos de los océanos y de las pampas, gran soplo liberado de mezquindades».

Años después, los elogios provendrán de Walter Gropius y de Mies van der Rohe. Este y Le Corbusier ofrecieron a Williams sendas posiciones del más alto nivel (el primero, en el equipo que desarrollaría las tesis expuestas en La Ville Radieuse; Mies, su sucesión como director del Departamento de Arquitectura en el Instituto Tecnológico de Illinois), que declinó el argentino, que no iba a tener en su tierra ni siquiera las posibilidades, de cualquier arquitecto.

«Quería quedarme en la Argentina -sostuvo-. Lo sentía como un deber y, a la vez, como un derecho. Estoy profundamente ligado con mi país, con su gente, con nuestra cultura. Y creo que elegí bien, incluso desde un mezquino punto de vista individual. Aquí he tenido todo el tiempo y la tranquilidad necesarios para estudiar. He construido poco, pero me construí a mí mismo.»

En la vida y la obra de Williams se da una esencial paradoja. Las circunstancias de tiempo y lugar hicieron que sólo algunos de sus proyectos se materializasen. Se dedicó, sobre todo, a la prefiguración, al diseño, a la elaboración de maquetas.

Sin embargo, ésa y no otra es la verdadera actividad del arquitecto, pues, desde una perspectiva estrictamente semiológica, las construcciones reales no son sino copias de los proyectos. Williams lo ha enseñado en forma práctica y ello lo convirtió en adalid de muchos arquitectos argentinos y en uno de los grandes innovadores de este arte, a escala internacional. Pero también ha eludido el riesgo de la abstracción, de la especulación en que puede caer el arquitecto al aislarse dentro de la sociedad, al no exponer sus ideas y lucubraciones a la casi inexorable prueba de la vida.

Impulso

Optimizar el uso del aire, la luz y lo visual -del espacio, en suma-fue el principio de sus reflexiones y continúa siendo el motivo central de sus conceptos, el misterioso impulso que lo llevó a concebir sus iniciales obras de autodidacta y lo sostuvo durante tantos años grises en los que no le fue dado realizar sus destacadas iniciativas.

Es costumbre el comenzar a enumerarlas por la Casa sobre el Arroyo o Casa del Puente, que diseñó y erigió en Mar del Plata, entre 1943 y 1945, para su padre, el compositor
Alberto Williams. Esta residencia de dos plantas, situada en medio de una frondosa arboleda, que cabalga sobre el Arroyo de las Chacras, y que divide en dos al terreno, es una estructura tridimensional, no apoyada en columnas, que deja el suelo casi enteramente libre.

Igualmente audaz fue su proyecto para un edificio de oficinas (1946), diseñado con la colaboración de
César Janello, Colette B. de Janello y Jorge Butler. Es un volumen metálico suspendido desde una estructura de cemento armado. La parte metálica se hacía en el taller y se montaba en obra. Las superficies de las plantas, libres de los enormes pilares de hormigón que hubiera necesitado una estructura ordinaria a tal altura, atravesada tan sólo por delgadísimos tensores metálicos, resultan amplísimas, muy bien iluminadas, y se prestan a las más variadas distribuciones.

Eran tres edificios de ocho pisos y uno de cuatro, que colgaban de grandes vigas del mismo material. Entre uno y otro había espacios de aire, en el orden de los seis o siete metros; el cuarto bloque sería destinado a salones de conferencias y restaurantes. Cuarenta años más tarde, una playa de estacionamiento indicaba, en el ángulo NO de Paraguay y Esmeralda, la pérdida sufrida por la arquitectura argentina al quedar sin erigirse esta obra de
Williams, discutida y aprobada entonces en todo el mundo (como el famoso Banco de Hong Kong).

En su proyecto para el Aeropuerto de Buenos Aires, de 1945.
Williams entendía -como Le Corbusier-que la estación aérea debía diseñarse fuera de la ciudad, pero cerca, y que el sitio lógico lo determinaba el mayor límite natural de la urbe: el Río de la Plata. Sugirió levantar una estructura de cemento armado, fundada sobre las aguas, aprovechando su escasa profundidad. Sobre ella ubicaba pistas de hasta 3.500 m para grandes aviones transoceánicos y las otras unidades de líneas nacionales; los hidroaviones acuatizarían directamente en el río. El aeropuerto se comunicaba con la ciudad por una ruta de acceso que corría sobre pórticos, a la manera de un acueducto romano. Al llegar al extremo de las pistas, penetraba por un nivel inferior, evitando el cruce de circulaciones.

Anterior, de 1942-'43, es su proyecto para una sala de conciertos. Tras arduos estudios de acústica,
Williams comprendió que el sonido se difunde de manera perfecta si el auditorio carece de paredes laterales. La forma ideal debía parecerse a un trompo excavado por dentro. La parte inferior se destinaba a los oyentes y a los materiales absorbentes del sonido. Los oyentes más alejados de los focos de emisión podían recibir más sonido reflejado por esa superficie, que los oyentes más cercanos.

La arquitectura y el planeamiento para la salud también ocuparon a
Williams, según lo demuestran los tres originalísimos hospitales de Curuzú-Cuatiá, Esquina y Mburucuyá, en Corrientes (1948-'53), el Barco iglesia para sanidad preventiva (1948) y la Barca para catastro sanitario (1949). Otros ramos incluyen la Escuela Industrial de Olavarría (1960), la fábrica Iggam (1962), el plan para el partido y la ciudad de Tigre (1957-'58), y el planeamiento para la ciudad de Corrientes y sus alrededores (1971). El Monumento para el Teatro Colón (1971), utilizaba rayos láser, que anunciaban el comienzo y el fin de los espectáculos de esa sala.

Más propuestas

No logró mejor suerte la Cruz en el Río, de 1980, diseñada para conmemorar el cuarto centenario de la fundación de Garay. Dicha cruz, de 200 m de altura, sería de cemento armado y se levantaría sobre una plataforma a 20m del nivel natural de las aguas del Río de la Plata. En sus cuatro niveles útiles, iban a ser instalados un auditorio, una capilla, una sala de lectura, cafetería, bar y restoranes.

En los últimos años de su vida,
Williams trabajó en una propuesta urbana llamada La ciudad que necesita la humanidad (junto a Reginald Malcomson, de la Universidad de Ann Arbor y Jerzy Soltan, de la Universidad de Harvard, y Mario Payseé Reyes, de la Universidad de Montevideo).

Tanto
Williams como Malcomson adhirieron desde el primer momento a las tesis corbusieranas sobre la ciudad lineal. Según las iniciativas de Williams, dicha ciudad tendría unos 300 km de largo por 6 o 7 km de ancho, salvo en los tramos donde ya existieran ciudades concéntricas, como Buenos Aires.

Cada cuerpo de edificación debía estar separado del siguiente por un kilómetro de espacios verdes.
«Aquellos se posarían sobre pilotes, a buena altura del suelo y por encima de los árboles. El sol bañaría el suelo y los edificios. Dentro de las casas, los ambientes serían realmente humanos, plenos de atracción y solaz.»

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