La contemplación como vía para acceder al universo de Paola Vega

Espectáculos

Licenciada en Historia de la Universidad Nacional del Sur, Vega se dedica simultáneamente a la pintura desde 2001 .

La exposición de Paola Vega en la galería Calvaresi recrea un típico living de los años 50. Allí están montadas sus obras. En primer lugar, se divisan las inmensas pinturas con campos de colores esfumados, rosas, naranjas y tierras; verdes, celestes, grises y amarillos. Luego, rodeando una vitrina cargada de objetos mayormente cursis, como las réplicas de lobos marinos entre caracoles marplatenses, hay poco más de una decena de cuadros con unos clásicos bodegones. En la memoria resuenan los autores más conocidos del género. Allí están las sandías de Tamayo, unas fruteras que recuerdan las de Picasso y la alegría de las flores de Matisse. Esta serie configura -según Paola Vega- una presencia clásica en las casas de clase media argentinas. “Solía haber pinturas, pero, además, reproducciones”, agrega. Junto a dos sillones y sobre una mesa de estilo, hay una lámpara de Omar Schiliro, artista de la generación de los 90 invitado a compartir, con la belleza burlona y llamativa de sus obras, un espacio donde el humor se cruza con esta libre recreación de la década del 50.

Al ingresar a la sala hay una obra pequeña donde se lee: “Amo la pintura”. El mensaje en letra cursiva sobre un fondo neutro y junto a una fruta con el rojo sangriento de Frida Kahlo, destaca la sensibilidad vanguardista. Maestra y estudiosa del arte, las pinturas casi acuosas y plenamente abstractas de los murales de Vega invitan a disfrutar de la contemplación meditativa. El espectador puede sumergirse con placer entre las pinceladas de las enormes superficies de las telas y sentir la vibración de los colores cuando se fusionan o se obscurecen. Lejos de hablar de temas que suelen desvelar al micro-mundo artístico (política de género o problemas sociales), Vega pone frente a nuestros ojos un paisaje envuelto en niebla que atrae con la fuerza de su propio vacío. Y vale la pena dejarse atrapar: es un viaje de ida y vuelta. Esta vertiente del arte abstracto nos remite a nosotros mismos. Al silenciarse el discurso, mientras la mirada vagabundea y se ejercita en el acto tan simple de contemplar, cobra sentido la obra: el espectador habita ese cielo y hecha a volar su imaginación. Kandinsky habla del arte como “un nutriente para el espíritu”, dado que el espectador encuentra “un lazo con su alma”, y cita entonces a Schumann cuando observa: “La misión del artista es echar luz sobre las tinieblas del corazón humano”.

El primer integrante del repertorio de artistas que inspiran a Paola Vega es Claude Monet, con la magia sus Nenúfares; el segundo es Marc Rothko, un esteta que encuentra el encanto de los frescos del siglo XVI; después está Helen Frankenthaler, estrella del expresionismo abstracto que despliega los campos de color. Sin embargo, no son las formas ni los colores reales de Monet o de Rothko lo que la artista transporta al campo pictórico; es la energía y la capacidad envolvente, las sensaciones y resplandores.

La muestra se llama “La vida de las pinturas” y la curadora es Jimena Ferreiro quien, afirma: “No se trata de reconstruir las citas eruditas que encuentran correlato en la narrativa de la historia del arte, sino entender la educación sentimental de su mirada, formateada en el espacio doméstico, en los interiores pequeños burgueses y la ornamentación popular que luego conocimos como kitsch”. Ferreiro apela a la “educación sentimental” más que académica del contexto que rodea a una artista que, hasta hoy, tiene en su taller reproducciones de las pinturas que admira. Un fenómeno similar inspiró a Adriana Bustos: el rescate de los paisajes de Egidio Cerrito que adornaban los hogares de la sociedad cordobesa, a Kuitca, mirar la colección “Grandes Maestros de la Pintura” y, a Lila Siegrist, el deseo de quebrar su memoria visual rompiendo la obra de Emilia Bertolé. “Mis referentes en el arte los conocí de adulta, pero mi ojo se construyó en la infancia,” señala Vega.

Licenciada en Historia de la Universidad Nacional del Sur, Paola Vega se dedica simultáneamente a la pintura desde 2001 y tuvo los mejores maestros, desde Gustavo López del grupo Vox hasta Jorge Macchi, pasando por Jorge Gumier Maier, Diana Aisenberg, Pablo Siquier y Tulio de Sagastizábal. Después, los museos son hasta el presente su mejor escuela.

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