Liliana Porter: una luz como metáfora de ver y de entender

Espectáculos

En los EE.UU. presentará la exposición "The Light" y simultáneamente, en Madrid, la muestra de obra gráfica "Diálogo con eso".

El arte en la web no tiene fronteras y puede deparar experiencias gratas, principalmente a los que tienen la mirada entrenada. La pandemia global impone límites, pero llegó el momento de sacarle provecho a los viajes y a las visitas a museos y galerías. Quienes conocen la inconfundible obra de Liliana Porter (1941) pueden encontrarla online. Radicada en Nueva York desde 1964, expone a partir de mañana, en Madrid. La distancia desde Buenos Aires no cuenta. Las imágenes circulan veloces y las palabras de la artista nunca estuvieron tan cerca como en este chat.

“Nosotras no hemos viajado a Madrid ni pensamos viajar a ningún lado hasta que la situación de la pandemia no afloje. Estamos a dos horas de Manhattan, en el Hudson Valley que es hermoso”. Desde allí, en medio de la naturaleza y junto a la artista Ana Tiscornia, Porter cuenta que la Galería Espacio Mínimo exhibirá la exposición “The Light”. En la muestra brilla una antigua figurita de latón que sostiene un farol encendido. “En este momento especial, sirve para crear situaciones que aluden a la posibilidad de ver ‘la luz’. La luz como metáfora de una actitud esperanzadora, y también podría ser la luz como la posibilidad de entender”. Espacio Mínimo celebra los 80 años de Porter con una serie de telas y collages del año pasado, realizados en plena pandemia.

La madrileña Galería La Caja Negra abre simultáneamente la exposición de obra gráfica “Diálogo con eso”. “Es uno de mis tantos ‘diálogos’, donde confronto personajes o cosas disímiles con la idea de proponer que incluso en las más adversas circunstancias puede haber algún tipo de comunicación”.

En 1964, Porter conoció a Luis Camnitzer y a José Guillermo Castillo y juntos fundaron el New York Graphic Workshop. El nivel de autocrítica era “feroz”. Así llegaron a la conclusión de que el grabado estaba “demasiado encerrado en la técnica, olvidándose de las ideas o nuevas propuestas”. Y una marea de textos cuenta la historia de esa revolución. En esos días, aunque el término suene excesivo, Porter se consideraba “subversiva”. A partir de entonces dictaron clases en Nueva York y poco después crearon un taller-escuela de verano en Lucca, Italia, que perduró muchos años. Los juegos conceptuales de Porter, cargados de humor e ironía, llegaron al MoMA y consolidaron su fama internacional.

Hay una figurita de Mickey que se repite en un aguafuerte, heliograbado y chine collé. Allí está el ratón, su sombra y un dibujo, pero le faltan sus grandes orejas. El estupor del carenciado personaje resulta conmovedor y la artista presenta una nueva obra con la figura de Mickey. Pero le dibujó las orejas con una simple línea de tinta. En su gesto abierto se percibe la ternura y, además, el título de la obra, “Escuchar”, deja una lección. Lúcida y sofisticada, la artista plantea con su “elenco” de muñequitos y juguetes, las circunstancias que atraviesa el hombre. Con aparente inocencia superpone múltiples significados y deslumbra el espectador con la intensidad de los sentimientos que expresan sus personajes. Junto a Mickey, un hombrecito de traje obscuro y sombrero, “dialoga” con un incomprensible firulete de tinta negra. ¿El dibujo lo atrae o lo intimida?

En Espacio Mínimo las grandes telas ostentan pequeñas figuras ensambladas. Cada una realiza una acción y Porter reitera la situación de diálogo en “Two Drawings”. Hace poco menos de una década, sus personajes ejecutan “trabajos forzados” que exceden sus fuerzas. De este modo aparecen dos pequeños dibujantes separados y perdidos en la tela, pero garabatean dos líneas inmensas, que se encuentran en la parte superior. Al mirar su empeño, Porter observa: “Uno puede darse cuenta de que nunca van a poder cumplir su propósito. Pero lo bueno del asunto es que él mismo está afanado en cumplirlo y sólo la ignorancia de la magnitud de lo que se propone hacer, le da la energía. Es una metáfora de uno mismo creyendo que va a resolver el gran enigma del hombre”.

Y justamente, el enigma, la vida como viaje y la disyuntiva de la elección de un camino, están presentes en la obra “To Go and To Come Back”. Con ironía Porter simplifica: coloca dos conejos en los extremos de un camino y simplifica: Uno está de espaldas para emprender el viaje; el otro, de frente, está recién llegado. En “Untitled with Open Cabinet” la violencia que ingresó en las obras con la caída de las Torres Gemelas y alcanzó su máxima expresión en la muestra “El hombre con el hacha” del porteño Malba, está presente en un paisaje destrozado.

Con sus becas, retrospectivas, premios, la muestra en el MoMA y sus clases en la Universidad de Nueva York, Porter impone respeto. Y nunca perdió el contacto con la Argentina, donde siempre se exhibió su obra. Pero nuestro país no presentó jamás su trabajo en la Bienal de Venecia. “Vivir en un país extranjero hace que se dibuje más en uno las diferencias: el acento, los códigos culturales de la infancia. En ese sentido, me siento completamente lo que soy: una latinoamericana viviendo en Nueva York. Reafirmar mi identidad es una decisión personal”. Porter llegó a la Bienal recién en 2017. “Me invitó directamente la curadora de la Bienal, Christine Macel, con una nueva versión de mi instalación «El hombre con el hacha». Este personaje de siete centímetros, destruye todo a su paso, es una metáfora del tiempo, de la memoria, de lo que se construye, destruye y reconstruye durante la vida”.

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