Literatura y plástica: un vínculo poco frecuente, pero fecundo

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El Museo Moderno editó el libro del encuentro entre Mildred Burton y Mariana Enríquez. La muestra, que puede visitarse online, expone el magnífico cruce entre el relato de la autora de "Millie" y la recordada pintora.

En estos días arrecia la circulación virtual de imágenes artísticas, que suelen llegar acompañadas por sus correspondientes interpretaciones críticas. Un texto crítico sobre arte remite, por lo general, a las impresiones que provocan las obras; suele indagar su contenido racional y sensible, se mantiene mayormente fiel a las características visuales y explora el contexto y las tendencias en los cuales se han insertado las creaciones y los artistas. El objetivo de estos análisis es facilitar el encuentro con la obra de arte y abrir camino hacia la experiencia estética.

No es frecuente, sin embargo, encontrar textos literarios asociados a un artista o a su obra, autónomos de algún modo, que escapen a las reglas del género de la crítica y respondan a las de las letras. Hay tendencias poéticas, filosóficas, políticas o sociológicas, pero el encuentro de la literatura y el arte es una rareza. Un buen ejemplo es el poema inspirado en los restos de una estatua griega, “Torso de Apolo arcaico” de Rainer María Rilke, que gira en torno de un torso que exhibe el Museo del Louvre.

A fines del siglo XX, un relato de Milan Kundera pasó a integrar, ampliado para la ocasión, un libro sobre Francis Bacon. El propio pintor de los retratos distorsionados identificó su arte con las palabras y formuló este pedido, para sorpresa del escritor. Ambos, Kundera y Bacon, liberan impulsos instintivos extremadamente violentos y con un “gesto brutal” sobre un cuerpo o sobre un rostro, van en busca del “yo”, de “algo que se ha escondido allí”. “Los retratos de Bacon son la interrogación sobre los límites del yo, sostiene Kundera. Y se pregunta: “¿Hasta qué grado de distorsión un individuo sigue siendo el mismo?” A modo de explicación, dijo entonces que el texto que Bacon había elegido (donde relata el deseo de violar a una aterrada mujer) lo escribió en 1977, poco después de exiliarse en Francia. Allí deja un testimonio de sus sentimientos, de la obsesión por los interrogatorios y la vigilancia de su Checoslovaquia natal.

Un ejemplo reciente de ficción narrativa es el de la escritora Mariana Enriquez, autora de “Millie”, un cuento publicado en el marco de la muestra “Fauna del país” de la pintora Mildred Burton (Paraná, 1942 - Buenos Aires, 2008) en el Museo Moderno. El fantástico relato de Enriquez transcurre en el inframundo de una casona provinciana de Entre Ríos, profusamente decorada y perteneciente a una familia irlandesa. “Nunca salgo de esta casa aunque la odio, detesto los gobelinos, el empapelado de flores color naranja que la abuela llamaba orgullosamente ‘estilo William Morris’, las escaleras de madera y el olor de cosas viejas”, cuenta la hermana imaginaria de Millie, personaje que encarna a la artista y revela la naturaleza siniestra escondida en los objetos.

La historia, narrada con la voz de la hermana de Burton, comienza revelando un misterio. “A orillas de este río, todos los pájaros que vuelan, beben, se sientan en las ramas y molestan como posesos con sus graznidos demoníacos durante la siesta, todos esos pájaros alguna vez fueron mujeres”. Después de informar la condición de mujer anterior a la de ave, la hermana advierte que los vecinos y turistas “podrían darse cuenta si las miraran a los ojos, directo a esos ojos fijos y enloquecidos que piden liberación”.

Para su hermana, Millie es hermosa, dibuja todo el tiempo, teme ser metamorfoseada en pájaro, estuvo internada en un psiquiátrico, llora y miente todo el tiempo y es su contacto con el mundo exterior. Pero suele decirle a su hermana que no existe, que es un retazo de su imaginación que la sigue a todas partes. La biografía de Mildred Burton escrita por Claudio Iglesias y publicada por Mansalva, aclara que fue “quizá esquizofrénica”. La invención de la hermana que cuenta toda esta historia en primera persona, adquiere otra dimensión.

Reproducidas en el libro, figuran las significativas obras de Burton que van desde los tempranos años setenta a los principios del siglo XXI. Enriquez construyó su narración en torno a ellas, aunque incorpora la ejecución del mural de la Estación de subterráneo Dorrego donde Burton retrata “3 niñas argentinas inmoladas: Gimena Hernández, Nair Mostafá y María Soledad Morales”. De este modo le otorga sentido e intensidad al universo de la palabra y también el visual, al mundo donde transcurre la vida de estos personajes torturados. La hermana dice que Millie siempre espanta las moscas que se posan en su cara, porque no tiene sensibilidad. Tiene una enfermedad, no es lepra pero se le pudre la piel de la cara que tiene un color verde agrisado. “[…] de vez en cuando se cae y voy dejando jirones de mí misma por la casa”, agrega. Se cubre el rostro para salir y llegar hasta el Paraná, hasta el lugar donde asesinaron a una niña y Millie realizó varios dibujos hasta que apareció un gatito. “Es la nena muerta”, me dijo Millie emocionada, “que se convirtió en tigre”.

Las obras de Burton y el cuento de Enriquez se complementan, pero además se potencian. Las dos artistas establecen una suerte de “écfrasis”, una relación simbiótica permeada en este caso por lo siniestro y las debilidades del contexto histórico y social de esos años. Y cada personaje que presentan invita a entender su extraña complejidad. El curador del Moderno, Marcos Krämer, incluye en el libro su texto crítico y una biografía que rinde cuenta de la vida alucinada de Burton, de las peripecias de una agitada trayectoria artística y la actividad teatral con Federico Klemm y en el cabaret Dragón Rojo, donde solía cantar canciones de la Guerra Civil Española. Realidad y ficción se confunden hasta el final de sus días.

(Para acceder al libro: https://museomoderno.org/libros/mildred-burton-fauna-del-pais/)

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