Notable exposición recupera a Juan Grela

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El artista participó de varias corrientes estéticas, desde sus inicios en la década del 30, el grupo Litoral en los 50 y la vanguardia de los 60.

La galería Diego Obligado de Rosario exhibe en estos días “Líquido Cielo. Obras 1976-1988”, una serie de pinturas y pasteles de Juan Grela pertenecientes a la colección Ocáriz. El catálogo recorre la extensa trayectoria de un artista que protagonizó gran parte de los movimientos gestados en Rosario, desde la Escuela Taller de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos, en las décadas del 30 y 40, el grupo Litoral en la del 50, y la politizada vanguardia de los años 60. La muestra, curada por el teórico Guillermo Fantoni, indaga con especial dedicación la “etapa orgánica”, período donde Grela amplificó su sensibilidad.

Grela nació en Tucumán en 1914 y llegó a Rosario en plena infancia. Inició su carrera como pintor junto a Antonio Berni quien, inmediatamente después de pintar junto David Alfaro Siqueiros, decidió poner en práctica las enseñanzas estéticas e ideológicas del mexicano. Grela fue primero su alumno y, poco después, pintaba a la par de sus maestros. Y así describe la experiencia del grupo de la Mutualidad en el célebre Salón de Otoño de 1935: “Tuvimos una sola oportunidad de exponer ante el público en general”, relata Grela. Un Salón que, a pesar de que las grandes pinturas se malograron, debe ser estudiado. No es aventurado decir que allí, en las imágenes y descripciones que todavía se conservan, se encuentra la herencia más genuina del muralismo mexicano. A partir de entonces, la presencia de Juan Grela en los salones y premios sería constante, y la ciudad de Rosario se convirtió en un fundamental centro de arte.

Fantoni señala que la exhibición de Grela “abarca el segmento de tiempo que ocupó el estilo orgánico que caracterizó un sector de su producción madura”. Luego, la etapa sintética, no menos atractiva y simultánea, se destaca por las geometrías. El encuentro con la obra de Torres García había modificado la estructura de los cuadros. En la década del 40, aunque Tomás Maldonado lo había invitado a participar del grupo Arte Concreto-Invención, Grela defiende la figuración. Recién en 1955 abandonó su oficio de peluquero y abrió una librería.

Los motivos recurrentes en sus pinturas son las naturalezas muertas, su mujer y su hijo, los paisajes de los alrededores, el contexto que lo rodea. El fin del realismo llegaría con la influencia de Klee, Miró, Chagall o los colores de Van Gogh. Así, afirma el artista, aparecen “líneas, formas y colores que pertenecen al mundo de la fantasía que, para mí, es patrimonio de todos los hombres. Lo que ocurre es que algunos no la ejercitan. Yo creí en un momento que no poseía fantasía, la comencé a ejercitar y comprendí que era una cuestión de desarrollarla, como toda capacidad intelectual”. Además, aclara: “Los títulos de las obras se unieron un poco al resultado de los cuadros. […] Desde hace dos o tres años, cuando termino un cuadro, voy jugando con las letras hasta conformar también las palabras”.

Jorge Romero Brest elogió la actitud ingenua justo cuando la pintura está en crisis, considera positivo crear desde una posición virginal. Y vale la pena leer a Grela. Para dominar la técnica de la xilografía le bastó una sola clase de José Planas Casas; para la del Grabado, el libro de Gustavo Cochet. Mientras los artistas viajaban a París y asistían a las clases de André Lhote, él leía sus tratados. Así, desde la distancia, simplemente leyendo, se convirtió en un erudito capaz de conquistar discípulos y auditorios, como la Facultad de Filosofía y Letras o Ver y Estimar, con su aclamada disertación sobre el “Guernica” de Picasso.

En la muestra hay paisajes y formas flotantes que de inmediato se asocian a la flora y la fauna del río. El espectador puede bucear en ese “Líquido Cielo”, un río imaginario forjado por la mitología personal que busca ingresar al universo del espíritu. En el umbral de la abstracción, Grela pinta la naturaleza, pájaros, peces, plantas, rostros, flores, caracoles. La marea de colores arrastra su propia identidad. Lejos de utilizar colores saturados, se sirve preferentemente de los grises o los tierras, elaborados con escasos contrastes.

Guillermo Fantino destaca el encuentro del artista con el automatismo y lo surreal. Aclara que hay figuras que “comenzaron a gravitar antes de que el artista direccionara sus investigaciones hacia el dadaísmo y el surrealismo. En diversas oportunidades Grela declaró que para la realización de los collages y de los relieves en maderas utilizaba un ‘automatismo mecánico’ de ascendencia Dadá”.

La pintura sigue el ritmo del pensamiento de Baudelaire: “Infinitas capas de ideas, imágenes y sentimientos cayeron sucesivamente sobre nuestro cerebro, tan dulcemente como la luz. Pareció que cada una sepultaba la anterior, pero, en realidad, ninguna había desaparecido”.

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