6 de enero 2002 - 00:00

Asombra afuera colección argentina de Modigliani

Busto de mujer de Modigliani
"Busto de mujer" de Modigliani
E l director del Museo de Luxemburgo de París, Marc Restellini demostró tener una razón muy poderosa para extender su visita a nuestro país y pasar la noche de fin de año en la turbulenta Buenos Aires. Había llegado atraído por «La mujer de la blusa blanca», la pintura de Amadeo Modigliani que posee el Museo Nacional de Bellas Artes, y otros cuatro importantes óleos del artista italiano que pertenecen a una colección privada y permanecen desde hace décadas ocultos a los ojos del mundo.

Sin embargo, cuando llegó al Museo, donde dictó una conferencia sobre Modigliani -artista en el que trabaja desde hace una década para escribir un catálogo razonado sobre su obra y dedicarle una exposición-, Restellini tuvo una agradable sorpresa: descubrió dos óleos y un dibujo que no conocía. «Los acabo de ver y quisiera tener más tiempo para estudiarlos, pero éste es un cuadro magnífico», exclamó mientras miraba el dibujo donado por Jorge Larco en el año 1968 y guardado hasta ayer en el depósito del Bellas Artes.

Consultado sobre la calidad de las obras, respondió: «Tenía presente desde hace mucho tiempo 'La mujer de la blusa blanca' y una de las pinturas que acabo de ver me parece de muy buena calidad, la otra no tanto, pero insisto, debo observarlas con detenimiento».

Historia

La historia del coleccionismo argentino no es muy extensa si se compara con la de Europa, dado que comienza a fines del siglo XIX, pero sin duda es intensa. Una prueba son las pinturas y el dibujo de Modigliani que pertenecieron a las colecciones de Larco, González Garaño y Di Tella y que hoy se exhiben en nuestro Museo; y mucho más aún, las cuatro (o cinco) obras que Rafael Crespo compró en París y que se encuentran en una casa del barrio de Palermo desde entonces.

La viuda del coleccionista, pese al valor creciente de la obra de Modigliani, cuyo precio récord asciende a 16 millones de dólares, y pese a la voracidad del mercado local e internacional que la ha acosado durante estas últimas décadas, ha preferido conservar sus tesoros, indiferente a las cifras que le ofrecen.

Pero el motivo que impulsa la búsqueda de
Restellini tiene otra intención. «Soy un investigador», aclara. «Tenía cinco años cuando tuve el primer Modigliani en mis manos y toda la vida la dediqué al artista.A través de mi abuelo conocí sus primeros mecenas y en 1992 organicé mi primera exposición en Japón».

En principio,
Restellini aspira a incluir sus descubrimientos en el catálogo razonado que editará el Instituto Wildestein. Luego, desea presentar algunas de las obras que están en la Argentina en la exposición que abrirá sus puertas en octubre en el Museo de Luxemburgo.

Pese a que la encargada de Documentación del Bellas Artes,
Désiree Hermet, explicó estas razones, los herederos de los cuadros de Modigliani ni siquiera le permitieron verlos. «Conocen el valor de las pinturas y aducen que ya están registradas en el catálogo de Cerone, que nadie necesita verlas», señala un entendido, y destaca que más los mueve el temor que el egoísmo.

Restellini
agrega que en el catálogo que escribió Cerone figura otro Modigliani, «que pertenecería a S.A.I.V. García y se encontraría en la provincia de Entre Ríos», pero que le resultó imposible seguir ese rastro.

El interés por estas piezas se justifica. Se debe tener en cuenta que al morir, en el año 1920,
Modigliani tenía 36 años y apenas si había pintado 360 obras. Las mayores colecciones están en Francia, que posee 40 por ciento de sus pinturas, todas en museos públicos, como L'Orangerie, que reúne seis. También Brasil -próximo destino de Restellini-, está bien posicionado, con otros seis trabajos que figuran en las colecciones públicas de San Pablo.

Sabiduría

El crítico de arte Romualdo Brughetti conoció a Rafael Crespo y asegura que la colección reúne un buen conjunto de la Escuela de París e incluye al menos un Chagall. «Oliverio Girondo escribió un ensayo sobre las pinturas que se expusieron a fines de los años cuarenta en la librería Kraft», recuerda. «Eran cuadros muy bien elegidos, porque quien asesoraba a Crespo era Alfredo González Garaño que sabía mucho de arte».

En un manuscrito de puño y letra que posee el Museo de Bellas Artes fechado en el año 1964, el mismo
González Garaño cuenta que durante la Primera Guerra Mundial descubrió el talento de Modigliani en una revista suiza. Así relata su adquisición y las de Crespo: «Firmado el armisticio en el '18 y terminados los trámites de la paz, los amigos pudieron partieron para Europa (...) Diehl con Rafael Crespo, entusiasmados por la Escuela de París buscaron obras del artista en cuestión ( Modigliani) y las encontraron adquiriendo algunas al célebre Pere Lepoutre (un galerista de la Rue Lafayette, según informa más adelante). Cuando llegué a París fui a verlas y todas eran de elevado precio para mi bolsillo».

Concretamente,
González Garaño cuenta además: «En lo de Neter, Crespo había comprado varios de sus Modigliani». Agrega que el comerciante León Neter decía: «Durante la guerra era tan grande la miseria de los pintores que pagándoles algunos almuerzos se obtenían sus obras». Luego, relata que su mujer, María Teresa Ayerza, «entusiasmada por este pintor se empeñó en adquirir una obra» y cómo deambuló hasta conseguir por un precio accesible, «Retrato de mujer joven», que posteriormente cuando murió González Garaño, ella misma donó al Museo.

Memorioso,
Brughetti, que fue secretario de Comisión de Artes Plásticas de Kraft, integrada por Butler, Basaldúa, Bigatti, Centurión, entre otros, recuerda que a la mujer de Crespo, que hoy custodia con celo su patrimonio, «las pinturas de Modigliani le parecían feas». Dato comprensible teniendo en cuenta el gusto argentino de la época.

Ostentación

«Buenos Aires en cuanto a la venta de cuadros supera a Nueva York y pasa por ser el mejor mercado del mundo. Se compran firmas renombradas sin comprenderlas, por ostentación, mamarrachos inenarrables», escribía en 1913, Juan de Adentro (seudónimo de Delfina de Vedia y Mitre).

Manucho Mujica Láinez
, describe años más tarde con palabras semejantes la estética dominante: «Lo que se usaba, lo que los burgueses compraban para mejorar -o empeorar-sus casas y sus departamentos, invadidos por un oleaje de curvas atroces, por el caracoleante art nouveau (...) eran unos óleos lamidos, dulzones, convencionales, que alternaban, en las residencias más osadas, con ciertas tentativas de impresionismo trasnochado, estridentes u opacas, sin gusto».

Pero no todos los coleccionistas tenían un gusto decadente o apostaban a un arte seguro y «respetable». Las pruebas están a la vista. En la década del veinte,
Crespo demuestra verdadera audacia al atreverse a comprar las pinturas de Modigliani, que si bien son deudoras de la belleza y el refinamiento florentino de Boticelli, irrumpen con la fuerza de sus esquematizaciones y transmiten los sentimientos más angustiosos de la época.

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