«El dulce rumor de la vida» (Il dolce rumore della vita, Italia, 1999, habl. en italiano.) Dir.: G. Bertolucci. Guión: M. Rafele, L. Ravera, G. Bertolucci. Int.: F. Neri, N. Senni, R. Serbedzija, A. Valli, O. Carlisi, C. Biscione.
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P lacer de psicologistas, simbolistas, y poetas, «El dulce rumor de la vida», de Giuseppe Bertolucci, es el relato, nerviosamente estilizado, de la evolución de una actriz y su hijo adoptivo, en una historia que relaciona obsesiones, máscaras, personajes de teatro, algunas casualidades, y atractivo misterio. El manejo de los colores y la cámara, la siempre justa y bonita Francesca Neri, la venerable Alida Valli, el balcánico Rade Serbedzija (el de «Antes de la lluvia»), y los debutantes que hacen de hijo, a los cinco años y a los quince, alimentan ese placer. Que, eso sí, requiere superar algunas trampitas.
Juego de coincidencias, el argumento enfrenta a dos madres, la que maldice su suerte y la que asume el papel, hasta que el curioso destino pueda reencontrarlas, cada una con mayor experiencia de vida, y ambas con un solo hijo, mientras que el título alude a dos poetas, Sandro Penna y Bertolucci padre, que hacia la misma época, sin siquiera saber uno del otro, escribieron prácticamente el mismo verso. Doble maternidad de una criatura concreta, doble paternidad de un verso lírico. Y no son éstas, las únicas relaciones binarias de la obra. Pero en este caso es mejor dejarle al propio espectador, el gusto de encontrarlas.
Sólo corresponde anotar algunas constantes: el agua, de variada presencia; el teatro, con sus ensayos y su propio mundo; los teatristas, con su oficio de fingir, el orden de sus amores, y la personalidad de sus criaturas; la verdad a través de las ficciones, y la verdad a cara descubierta. Y también las crisis de identidad, los bautismos, los regresos, los celos, los roles, y, particularmente, los ángulos de visión, algo a tener en cuenta ya que la película maneja una retórica expresionista de líneas oblicuas, que puede dejar con tortícolis a quienes pretendan ver inmediatamente derecho lo que el autor, bastante mañoso, puso deliberadamente torcido. Vale decir, hay que seguirle la corriente, como a las aguas, y tomarle el gusto.
Dato a considerar: Giuseppe es también el principal coguionista de «La luna», una obra de su hermano Bernardo que hizo época, y cuyos ecos pueden encontrarse naturalmente envueltos en este dulce rumor.
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