5 de abril 2007 - 00:00

Aunque algo maniquea, una fábula atrapante

El músico popular, no actor, Angel Távira en una escena delfilm mexicano «El violín», fábula amarga con una historiaalgo esquemática, pero con muy buen manejo del suspensoy admirable tratamiento visual.
El músico popular, no actor, Angel Távira en una escena del film mexicano «El violín», fábula amarga con una historia algo esquemática, pero con muy buen manejo del suspenso y admirable tratamiento visual.
«El violín» (México, 2006, habl. en español). Guión y dir.: F. Vargas. Int.: A. Tavira, D. Gama, F. Martínez, G. Taracena, M. Garibaldi

Esta fábula dramática, amarga y bastante realista, muy bien hecha, bien tensionada, con preciosa fotografía en blanco y negro, lleva acumulada una multitud de galardones, incluyendo el gran premio del jurado a la mejor película iberoamericana del reciente festival de Miami, y los Ariel a mejor opera prima, guión original y actuación masculina, lo que es decir, considerando los lineamientos de Miami y las reticencias de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México, su país de origen. Interesante, además, el premio al mejor actor, ya que el protagonista, Angel Távira, es lo que aparece en la pantalla: un anciano músico popular, no actor, sólo que su mirada, su voz, y su modo de plantarse lo convierten en símbolo y evidencia de todo un pueblo, una cultura, y una historia. El aprendió a tocar el violín a los 6 años, durante los descansos de las tareas rurales. A los 13, en un accidente, perdió el uso de la mano derecha. Aprendió entonces a atarse el arco a la mano inerme, y siguió tocando. A los 60, aprendió a transcribir en partituras los antiguos temas que guardaba desde chico en su cabeza. Temas como el corrido que al final de la película canta un niño, dando continuidad a una tradición de lucha que viene de lejos, y que difícilmente triunfe algún día, aunque uno tenga ganas de juntar a este violinista manco en dúo con el violinista ciego que hacía Enrique Muiño al final de «La guerra gaucha» (hermosa escena donde Muiño tocando el Himno Nacional, impulsaba a los criollos en la arremetida contra los godos, pero ésa era, por supuesto, una obra épica sobre nuestra independencia, y ésta es otra cosa).

A juzgar por armas y vehículos, «El violín» se ambienta en estos tiempos que corren, en algún lugar innominado de la selva centroamericana, fácil de asociar con Chiapas, donde una familia campesina cultiva su quintita, viaja hasta el pueblo cercano a ganarse unos pesos tocando algo frente a la iglesia, y, calladamente, colabora también en la resistencia contra un ejército de ocupación.Bastante esquemática y maniquea, la historia, pero, ya lo dijimos, bien hecha, bien tensionada, con indiscutibles valores de fotografía, montaje, casting, un bienvenido manejo del suspenso, una sensación de verosimilitud en varias partes (que disuelven lo muy poco creíble de otras), y, coherentemente, un potente «unhappy end» de esos que duelen, pero que artísticamente satisfacen a todo el mundo. Y que dan a entender que historias como éstas, con las debidas variantes, también pasan en la vida real, desde que el mundo es mundo, y seguirán pasando.

Francisco Vargas, se llama el autor, un productor radial dedicado a la conservación y difusión de viejas músicas. Este es su primer largo de ficción.

P.S.

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