19 de junio 2006 - 00:00
Aunque se burlaba del pop, Lichtenstein le dio lugar en el arte
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Nude With Joyous Painting» de Roy Lichtenstein, una de
las obras que se exponen en el Malba.
El crítico de la revista «Time», Robert Hugues, va aun más lejos cuando cuestiona: «¿La imitación de los procesos del arte comercial, el tomar una imagen común y reproducirla en una tela mucho más grande, con una línea dura y un punteado de colores primarios conformando las sombras, es arte?». En el mismo artículo de 1981, Hugues observa que al «erudito» artista le gusta citar a Matisse, pero aclara que las imágenes del francés «una vez pasadas por el molino de Lichtenstein (...), se vuelven neutrales, e incluso desagradables».
El caso es que en Buenos Aires, ciudad ajena a la batalla entablada por los defensores del lirismo y el éxtasis del expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, movimiento que antecede al Pop y cuyos mejores exponentes son Rauschenberg, Pollock y Rothko, las obras de Lichtenstein se ven de un modo muy diferente.
Es cierto que el artista parodia la trivialidad del comic, pero también lo es que del torrentede los medios de comunicación selecciona imágenes cargadas de sentimientos (como la melancólica jovencita rubia que derrama una lágrima o la que se regodea en sus sueños mientras escucha una canción), y que estas obras tocan la sensibilidad del espectador que irremediablemente se identifica con lo que ve.
Al igual que Duchamp, el norteamericano utiliza el comic o las obras de los grandes maestros del arte moderno como un ready made, como algo prefabricado, pero lo suyo no posee la densidad crítica, ni la ironía o el sarcasmo del dadaísmo, sino que es pura y franca diversión.
«En cierto modo, un cuadro de Picasso ha pasado a convertirse en un lugar común», dice en una entrevista, y agrega que al convertirlo en obra propia mediante el empleo del contorno lineal y la trama de puntos «lo único que yo quiero hacer es una especie de Picasso para todo el mundo, algo que parezca un malentendido que, sin embargo, tenga su propio valor, y buena parte de esto es sencillamente diversión».
En suma, el humor, que había estado ausente en el arte durante mucho tiempo, es el rasgo distintivo de Lichtenstein y, acaso su mayor valor resida en esta aptitud, que resulta conciliadora con la trivialidad del mundo. Es que ajenas a toda retórica, sus obras acaban brindándoles jerarquía humana a las contingencias «estúpidas» o «no artísticas» que se cruzan por la vida.



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