20 de julio 2005 - 00:00
Bajo las galerías de París, en busca de la modernidad
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Para Walter Benjamin, al igual que para Proust, lo moderno está enraizado en un pasado que puede hacerse presente si el azar pone al alcance el objeto material donde quedó prisionero.
Hessel había llegado a París en 1906 para quedarse unas pocas semanas; la fascinación que ejerció la ciudad, su historia y sus habitantes, lo tuvo secuestrado hasta 1913 y, después del lapso de la Gran Guerra, siguió frecuentando la ciudad y los círculos artísticos y literarios que desde su llegada le introdujo Henri-Pierre Roché. Roché, que en su vejez escribió «Jules et Jim», tomó a Hessel como modelo del personaje de Jules -el amigo alemán- que François Truffaut llevó al cine con el mismo título de la novela. A su llegada a París, Benjamin encontró una ciudad que sólo conocía por la literatura; sin embargo, por la amistad de Hessel con Roché, que pertenecía a la élite intelectual y conocía desde Picasso hasta Marcel Duchamp y desde Gertrud Stein a la condesa de Noailles, cristalizó en Benjamin la idea de que en la ciudad de París se conservaba el origen de la modernidad.
Hessel, que conocía el laberinto de la ciudad, lo condujo a los lugares más secretos, a los espacios más selectos, a los palacios de la gran mercadería, a las calles donde transcurre la literatura urbana de la modernidad. Hessel fue, para Benjamin, el iniciador perfecto, el arquetipo del «flâneur», o paseante, puesto que mientras Hessel deambulaba sin seguir itinerario alguno llevado por su curiosidad desinteresada, Benjamin escudriñaba cada rincón, escaparate o boulevard como un arqueólogo desmenuza y analiza cualquier vestigio que le pueda dar noticia de lo que Y lo que busca son los objetos que puedan restituir la cultura de la ciudad industrial del siglo XIX con sus fetiches mercantiles que ofrecen la promesa de la felicidad.
En el deambular por las calles, en los fajos polvorientos de la Biblioteca Nacional y, sobre todo, en la obra de Proust, Benjamin encontró la idea, reiterada a lo largo de los Pasajes, de que el pasado puede hacerse presente si el azar pone a nuestro alcance el objeto material donde quedó prisionero, puesto que el encuentro con el objeto libera el pasado que quedó atrapado en él.
Benjamin, en su búsqueda, encontró y descubrió minúsculos fragmentos, momentos y documentos elocuentes, objetos y situaciones que le permitieron reconstruir cómo se construyó la modernidad. «No se trata de exponer la génesis económica de la cultura», dijo, refutando a Marx, «sino la expresión de la economía en su cultura. Se trata, en otras palabras, de intentar captar un proceso económico como visible fenómeno originario de donde proceden todas las manifestaciones de la vida».
En París aún se conservaban indicios que tal vez descritos, analizados y reorganizados podrían dar a ver el origen de la modernidad; documentos históricos de la colectividad que los nuevos acontecimientos políticos y sociales podrían destruir o hacer desaparecer para siempre. Y estaba en lo cierto, puesto que apenas un par de años después todos esos vestigios serían destruidos por el ángel de la historia y el demonio de la guerra.
Era la última ocasión para liberar el pasado encerrado en fotografías, bibelots, anuncios publicitarios, proyectos urbanísticos, muebles, poemas, novelas, folletines, carteles y fachadas. Y miles de citas del más extravagante origen. Esa era su forma de trabajar en los Pasajes: «Método de trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No hurtaré nada valioso, ni me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los harapos, les deshechos, esos no los quiero inventariar, sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos».
La idea del «Libro de los pasajes», que fue transformándose con los años, nunca se llegó a realizar. Quedaron los vestigios que su autor fue recogiendo siguiendo el rastro de sus epifanías. Estos vestigios son los desperdicios de la sociedad, y Benjamin cita a Rémy de Gourmont: «Crear la historia con los detritus mismos de la historia», con los desechos confundidos entre la parafernalia y el oropel de la sociedad industrial avanzada que lo ha cubierto todo bajo la uniformidad, el olvido y la indiferencia.
Benjamin los recogió de entre la basura de la civilización, tal y como hace el poeta moderno para ilustrar los temas de su poesía, y los ordenó para que cada uno de nosotros pudiera reconstruir su origen como ciudadano y su identidad de sujeto ambulante.



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