Bello film francés a la antigua usanza

Espectáculos

«La fortuna de vivir» («Les enfants du marais», Francia, 1999, habl. en francés.) Dir.: J. Becker; Guión: S. Japrisot, sobre novela de G. Montforez; Int.: J. Gamblin, J. Villeret, M. Serrault, A. Dussolier, E. Cantona, S. Flon, J. Dufilho, I. Carré.

Son los años '30. Sobre la ribera Pantanosa de un río, en las afueras de un pueblo, un joven de carácter noble, trabajador, marcado por la guerra, sobrelleva con paciencia la amistad de su vecino inútil, grosero, y paradójicamente querible. El cual, por su parte, sobrelleva a su segunda mujer, y se emborracha por la primera, que lo largó lleno de criaturas. Será la más pequeña, una hermosa nena, la que en su vejez cuente esta historia.

La misma, llena de tranquila ternura, habla de un tiempo que pasó y que todos, en el fondo, añoramos, aún sin haberlo vivido. Habla de personas amables, del campo y el solcito en la cara, de los hongos después de la lluvia, del primer amor infantil, y del deleite de hamacarse en un neumático viejo, sintiéndose una reina.

Habla de un lugar donde pobretones y adinerados disfrutaban juntos de los pequeños placeres de la naturaleza y la amistad, más allá de la suerte que cada uno tuvo en la vida. De la mesa tendida, y la botella extendida con una sonrisa al huésped o al empleado. Y de conflictos que, por suerte, nunca llegaban a mayores.

A esa Arcadia perdida, donde ganarse el alimento diario era un fastidio, pero nunca un drama, la poblaban unos personajes realmente entrañables. Dejemos al espectador el gusto de descubrirlos a medida que vayan apareciendo en pantalla, sin anticiparle nada más.

Baste decir que sus intérpretes son formidables, tanto los protagonistas
Jacques Gamblin y Jacques Villeret (el gordito que aparecía en las de Claude Lelouch), como el resto, y qué resto: Michel Serrault, maestro, André Dussolier (qué gordo está), el ya fallecido Jacques Dufilho y Suzanne Flon (bella sorpresa: los años la mantienen hermosa), el ex futbolista Eric Cantona, la linda Isabelle Carré, con una carita redonda, viejo estilo.

El libro original,
«Les enfants du marais», 1958, pertenece al desaparecido Georges Montforez, autor de unos pocos pero atendibles títulos. La película, al ya veterano Jean Becker, también autor de unos pocos títulos. Este es, sin lugar a dudas, el mejor. Con él recupera, demos gracias, el espíritu de ese cine francés que nuestro público tanto amaba en otros tiempos. Vale la pena, entonces, recomendarlo abiertamente.

Detalle aparte: en la obra, el amigo plomazo, Riton, se llama igual que el amigo plomazo de
«Grisbi», memorable película de su padre, el gran Jacques Becker. Debe ser casualidad. Parece un guiño.

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