(27/06/2001) Con Antonio Ber Ciani, fallecido el viernes a los 94 años, desaparece uno de los últimos bohemios, sino el último, de una época del cine argentino. En los años '20, él fue actor y ayudante de otros bohemios mayores, sobre todo del famoso Agustín Ferreyra, «el negro Ferreyra», digno antecesor de Torres Ríos y Leonardo Favio, en películas como «El cantar de mi ciudad», o «Muñequitas porteñas».
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Alto, de ojos aindiados y tez cetrina, ya en el sonoro «El Turco» Ber Ciani trabajó como director de cortos documentales e institucionales, y de varios largos, entre ellos, «De la sierra al valle», «La novia de los forasteros», «Lauracha», «Don Bildigerno en Pago Milagro», y «Donde comienzan los pantanos». Más tarde, gracias a su experiencia, hidalguía, y buena salud (aun octogenario nadaba todos los días del año), se transformó sucesivamente en subdi-rector del Instituto Nacional de Cinematografía, director de la Escuela de Cine del Instituto, y presidente del Comité Asesor de Cultura de la UNESCO, entre otros cargos, muchos de los cuales, desgraciadamente, sólo fueron honoríficos, o mal rentados.
Sus años finales los pasó en un asilo, de donde, eso sí, podía cruzar sin problemas al bar de enfrente. Antes de eso, según cierta leyenda, llegó a ser cura durante algún tiempo.
Testigo de una época, su imagen queda en algunas entrevistas hechas por amantes del cine, en unas pocas películas del cine mudo, mal conservadas (ej., «Destinos», «Las aventuras de Pancho Talero»), y en una de Nicolás Sarquís, 1981, «El hombre del subsuelo», donde Ber Ciani encarnaba, precisamente, a un realizador de cine mudo, dirigiendo a otros tal como a él lo habían dirigido en su lejana juventud. Pocos meses atrás, alcanzó a recibir un home-naje del INCAA, al que asistieron colegas y alumnos.
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