24 de febrero 2003 - 00:00
Berlín está cerca del esplendor de los '20
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• Vanguardia
Comienza con los dibujos de 1913, que anticipan el célebre «Cuadrado negro sobre fondo blanco», pintura que Malewitsch mostró en la «Ultima exposición futurista: 0,10» de 1915 en San Petersburgo. La enigmática obra, tan famosa como el mingitorio de Duchamp, ostenta un cuadrado negro que domina la superficie blanca y representa la «supremacía de la sensación pura». Es decir, el ruso lleva en este cuadro la abstracción a su última instancia, libera la obra de «la presión de los objetos» y en la superficie negra logra representar el vacío, el universo y la nada. Paso trascendental para el arte que se considera actualmente como «el grado cero de la pintura» , instancia que aspira al absoluto, y que tanto se aleja del vértigo futurista italiano como del lenguaje geométrico de Mondrian.
«Si existe una verdad --escri-bía Malewitsch-existirá únicamente en lo no figurativo, en la nada». Entre las obras de la muestra figura también el etéreo «Cuadrado blanco sobre fondo blanco» de 1918, fecha en que el artista escribe el «Manifiesto blanco» donde anuncia la disolución de la pintura y la «supremacía ideal del blanco». Se trata de un concepto que remite a una elevada conciencia espiritual, cuya envergadura no fue del todo comprendida en su tiempo, pero que sin embargo a partir de la década del cincuenta y hasta el setenta inspiraría a varios artistas de EE.UU. y a partir de entonces al resto.
La exhibición se completa con pinturas donde Malewitsch reitera el concepto del vacío y el negro sobre blanco, con formas circulares o rectangulares, además de sus conocidas composiciones rítmicas basadas en el orden geométrico, que se agregan a objetos de uso cotidiano como un juego de té y varias construcciones arquitectónicas que fueron reconstruidas en el Pompidou.
• «Milagro alemán»
«Nach der Flut», o después de la inundación, es una exposición que brinda una clara idea de la riqueza del patrimonio artístico alemán, y sobre todo, su capacidad para continuar produciendo «milagros». En Agosto del 2002, el agua produjo una catástrofe en la ciudad de Dresden, la inundación llegó al Museo y más de 100 obras fueron afectadas. Pasado el temporal, las preciosas obras de arte se exhiben hoy en el Altes Museum de Berlín, no sólo rescatadas, sino además perfectamente restauradas.
Las salas están colmadas de berlineses y turistas que aprovechan la oportunidad para ver las pinturas de Durero, Rubens, Van Dyck, Tiziano, Friedrich, Velázquez, Ribera, Canaletto, entre otras grandes piezas que por primera vez salen de su habitual Museo de Dresden.
• Argentinos
Miguel Rothschild es un artista argentino que se instaló en Berlín después de la caída de muro. «Vine porque buscaba un lugar que me rompiera la cabeza», dice sin vueltas. Agrega que en esos años llegaron del extranjero y de toda Alemania muchos artistas y arquitectos muy jóvenes «con la idea de iban a pasar cosas. Muchos se fueron quedando con becas y se generó un movimiento de gran exigencia, donde hay mucha ambición y mucha competencia».
Rothschild, que presentó el año pasado «Lágrimas asesinas», una interesante muestra de cine realizado en libritos, cuenta que algunos argentinos comenzaron a frecuentar Berlín en estos últimos años. Como Marula de Caro, que acaba de presentar sus obras en la elegante galería de un banco de la Friedrichstrasse, o Charlie Nijeshon, que conocido como videoasta del grupo Art De-troy, es también músico, tiene tres discos editados y obtuvo una residencia en el Podewil para desarrollar un proyecto.
Entretanto, los galeristas Florencia Braga Menéndez y Marcelo Schuster en sociedad con un coleccionista de Berlín, están a punto de abrir un nuevo espacio de exhibición en la nueva zona de Kreuz-berg, un barrio cercano a Mitte que se adivina como el nuevo enclave del arte.
Así, con gente de todo el mundo, con su modo silencioso y sin alardes de ninguna índole, la ciudad se apresta a recuperar el esplendor que supo disfrutar en los años vein-te, cuando tan sólo París osaba hacerle sombra. Pese a la crisis, el estado continúa adelante con las obras emprendidas: estaciones, aeropuertos, museos, ministerios y universidades, respetando y glorificando el pasado, desde los palacios y castillos hasta las obras monumentales de Albert Speer, el arquitecto de Hitler. A todo ésto se suma el impulso proveniente de los capitales privados, el empeño de las grandes corporaciones empresarias por ocupar un lugar en el glamoroso escenario, como las tiendas Laffayette y varios hoteles y bancos del circuito global. Aunque lo que en verdad se percibe en la nueva Berlín, el clima que se respira en el corazón de la ciudad tiene un fuerte sabor local, recuerda la vieja «voluntad de poder» nietzscheana, esa misma fuerza poderosa, orientada otra vez a la consecusión -sin distracciones-de la excelencia.



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