11 de marzo 2002 - 00:00
Bloom: "Chaplin se fijó en mí porque me parecía a su mujer"
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Claire Bloom
Periodista: ¿Cómo recuerda a la muchachita que era en aquel entonces?
Claire Bloom: ¿Aquella chiquilina? Era idealista, ambiciosa, con algo de talento, bastante bonita, con poco dinero, pero con una familia muy fuertemente unida, y...era muy romántica.
P.: Debutó en 1948, con «The Blind Goddess».
C.B.: ¡Esa película idiota, terriblemente inglesa, donde todos éramos tronquitos! Nada que pueda recordar.
P.: ¿Por eso pasó cuatro años sin filmar?
C.B.: No, yo me probé en un montón, pero nadie me llamaba. Pensé entonces que mi carrera estaba en el teatro, y a él
Cincuenta años después de "Candilejas", Claire Bloom recuerda su trabajo con Charles Chaplin en Mar del Plata.
dediqué gran parte de mi vida, especialmente a las obras de Shakespeare. A los 16 años hice de Ofelia en Strafford-on-Avon, trabajé con John Gielgud, Richard Burton, más tarde con Laurence Olivier (con quien después filmaríamos «Ricardo III»), me fui haciendo una figura local. Y de pronto me llamó Charles Chaplin, y eso me proyectó internacionalmente.
P.: ¿Por qué cree que la llamó?
•Director
P.: Años después, Paul Newman le daba con todo en «Cuatro confesiones» (la versión norteamericana de «Rashomon»), tratando de violarla.
C.B.: Perseguida, resistiéndome, y encima pocos apreciaron la película. Para colmo, no soy buena con las cosas físicas, como en «Daylight», donde estábamos con el agua hasta el cuello. Película flojísima, que sólo me hizo apreciar el trabajo que cuesta hacer los efectos especiales. Pero me quedo con otra de acción que hice en 1965, «El espía que vino del frío», que al menos tenía algo inteligente.
P.: Hablando de inteligente, ¿cómo es trabajar con Woody Allen?
C.B.: Después de «Crímenes y pecados», la segunda, «Poderosa Afrodita» me fue más fácil, porque ya entendía lo que él quería. Es como una aparente libertad. La gente ve sus películas y parece que uno estuviera improvisando, pero está todo marcado, es una estilización que él tiene. Pero no nos da el guión, no nos orienta. No es tu elección de cómo quieres actuar al personaje. El dirige a cada uno como si fuera el director de orquesta con un solista haciendo su parte, y recién después ves en qué obra completa participaste. Eso me ponía tensa, no me sentía segura de mí. Pero fue interesante. Y como es algo tan prestigioso filmar con él, nadie le lleva la contra.
P.: Hablemos de galanes.
C.B.: Hay una tendencia, como que en el momento de filmar las actrices se enamoran de los actores, y así la escena se carga de energía erótica. Eso es todo lo que voy a decir. No contaré anécdotas, ni daré nombres. Pero me faltó Gregory Peck.
•Atrevimiento
C.B.: ¿No le gustó? Pero si era exactamente lo que yo quería hacer en ese momento, y fue un papel escrito justamente para mí. Lo que pasa es que usted me debe querer siempre fina, elegante, como en la comedia «Alta infidelidad». Usted me idealiza.
P.: Hay motivos.Y ya que la mencionó, hablemos de su paso por el cine italiano.
C.B.: Yo entonces vivía en Roma, donde mi esposo, un actor norteamericano, estaba trabajando...[no los menciona, pero sus esposos fueron, sucesivamente, el actor Rod Steiger, el productor Hillard Elkins, y el escritor Philip Roth; hoy hace pareja con un montajista]... y el director Elio Petri, divino, que murió muy joven, me pidió hacer ese personaje refinado de «Alta infidelidad». Y luego, me pidió un papel totalmente opuesto: la italiana trabajadora, que quiere ascender con una pequeña empresa, a pesar de su marido inútil, en «El maestro de Vigevano».
P.: El maestro era Alberto Sordi.
P.: ¿Pasaba lo mismo con Chaplin?
C.B.: No. En ese momento los norteamericanos no lo amaban para nada. Y en Inglaterra son poco expresivos, son insulares, metidos para adentro. Hay gente que aman, y otras que son de afuera. Yo, que nací, me crié y trabajé en Londres, para ellos soy de afuera. Bueno, ahora vivo en Manhattan. Pero a él, la gente común, los trabajadores ingleses, lo amaban. Aunque fueran poco expresivos, íbamos a cualquier mercado abierto de frutas y verduras, y los cockneys -los reales londinenses, la gente de más abajo-, le daban la bienvenida como a uno de los suyos, que volvia al hogar: «Hello, Charly». Era muy hermoso, muy hermoso...



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