Encuentro cumbre: Maximiliano Guerra, Eleonora Cassano y Julio Bocca, en el «pas de trois» de «El Corsario». Debajo, otro momento del número junto con su partenaire de casi dos décadas, Eleonora Cassano, el sábado por la noche junto al Obelisco.
Julio Bocca cumplió el fin de semana con casi todos los rituales que había prometido: retirarse a los 40 con un show gratuito, celebrarlo con una comida abundante en calorías, y desayunar al día siguiente con más hidratos: «Tostadas, medialunas, manteca y dulce de leche. Sería capaz de comerme dos docenas», imaginó más de una vez el bailarín.
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De carácter disciplinado y obediente, Bocca, enfundado en su tradicional bata y con una lluvia de champagne, cumplió con su lista de prioridades ni bien cerró su espectáculo el sábado a la noche en la 9 de julio ante una multitud calculada en 300.000 personas, más allá del entusiasmo lógico de los organizadores que hablaron de casi el doble. Antes de la comilona fue a su casa, se afeitó la cabeza (otra promesa que había hecho en TV durante los últimos días, como signo de rebeldía y cambio) y eligió la remera negra con la frase «Fuck me, I am Famous» escrito en grandes letras blancas.
Viajó en limusina a la confitería Ideal, donde volvió a reunirse con su familia (su madre y hermana, ambas llamadas Nancy; su abuela, sus sobrinos) y amigos, entre ellos, Eleonora Cassano, Maximiliano Guerra, Hernán Piquín, Cecilia Figueredo, Lino Patalano, Valeria Mazza, Alejandro Gravier, Sandra Mihanovich, Gaby Herbstein, Patricia Sosa, Oscar Mediavilla, Fernando Bravo y bailarines de los elencos invitados.
Si bien no pudo comer el asado con vino, pidió ser fotografiado y aplaudido con su primera porción de pizza «sin la culpa» por el exceso de calorías. El menú se completó con sushi y champagne. Siempre repitió que lo que más lamentaba era privarse de los placeres de la buena vida.
El público que concurrió el sábado al Obelisco iba preparado para sortear los obstáculos de cualquier megashow gratuito: imposibilidad de ver el escenario, dificultad para acomodarse cerca de alguna de las 5 pantallas gigantes, y resignación a formar parte del ritual en sí. Para ver bien no bastaba con llegar algunas horas más temprano, pues el peregrinaje había comenzado temprano a la mañana. A las diez ya había varios instalados con sus sillitas playeras cerca del gran escenario. Más tarde ese público cercano debió amontonarse y plegar sillas, pero al menos estuvieron a pocos metros.
Previsible que no hubiera televisación pues los derechos exclusivos eran de «Canal 13», razón por la que ningún otro canal de noticias fue autorizado a transmitir imágenes. Ni siquiera lo hizo «TN», pues guardan la edición del espectáculo para que lo emita «Canal 13» el próximo domingo a las 21. Ojalá no lo despedacen como hicieron con la caprichosa edición de «Les Luthiers».
Varios encontraron «changas» insólitas. Los habituales de siempre ofrecían bebidas, garrapiñadas, sandwiches, pastafrola, panes rellenos, remeras o largavistas. Pero los verdaderamente imaginativos vendían DVDs o banquitos plásticos a 10 pesos. Cuando se les preguntaba por el contenido de los DVD truchos respondían que se trataba de fragmentos de danzas de Bocca. Sólo faltaron -hasta lo que pudo saberse- los rápidos que alquilaran balcones, si es que quienes estaban asomados en los edificios no eran previsores inquilinos de palcos improvisados.
Raro que no aparecieran los vendedores de rompevientos en una noche más fría que lo que se esperaba y sobre todo en contraste con el sopor del viernes previo. «Habíamos preparado los paraguas y pilotines pero el tiempo nos jugó una mala pasada» contaba un vendedor de remeras con el rostro de Julio Bocca (truchas desde luego) que había visto mermar su ventas ante la noche de luna llena.
El público familiar y tranquilo que asistió el sábado no es asimilable a ningún otro tipo de audiencia: ni a los habitués de Bocca en un Opera, ni a los recitaleros o futboleros de estadios, y mucho menos a los electrónicos extasiados. Algunos se quejaban por la imposibilidad de ver la pantalla y comparaban este megashow con el concierto de música clásica que Radio Amadeus había presentado hace un mes en Palermo con convocatoria similar.
Varios habían concurrido a ambos y señalaban que el de música clásica había estado mejor emplazado y permitía una visión y audición a gran distancia, lo que no ocurrió con el del sábado, dadas las características rectangulares de la 9 de Julio. Pero Bocca quería bailar en el Obelisco. Y hubo que cumplir con su ritual.
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