Bonevardi, entre lo oculto y lo sagrado

Espectáculos

Ante tanta desacralización del arte en el sentido que hoy prevalece, sobredosis de imágenes banales, insignificancia, escatología, hibridez, la no perdurabilidad, la falta de autocrítica, lo «divertido», es reconfortante revisitar la obra de Marcelo Bonevardi (1929-1994). Ella nos lleva al mundo de lo oculto, está cargada de significación por su riqueza visual y esto debe comprenderse no como exuberancia, sino todo lo contrario, como una capacidad de poner lo justo, ya sea a través del color o del equilibrio de los elementos que la componen.

Mucho de sagrado, término también actualmente cuestionado, ofrecen sus «paredes» con salientes o nichos donde instala formas esféricas, cónicas, cilindros que se ensamblan y también sustituyen a los símbolos torresgarcianos. Porque debe recordarse que éstos le llegan en la década del 60 a raíz de su amistad con dos destacados discípulos del Taller Torres García, Alpuy y Fonseca en Nueva York, ciudad en la que se radicó en 1958 cuando obtuvo la Beca Guggenheim por primera vez. Su conocimiento de las cajas de Joseph Cornell también influyen en sus construcciones de madera cubiertas por una arpillera que luego pinta.

En el libro editado con motivo de la exposición «La Escuela del Sur-El Taller Torres García y su Legado», que se realizó en 1991 en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Mari Carmen Ramírez, su curadora principal, recoge expresiones de Bonevardi acerca de ciertos objetos: «Algunos están cargados, cuando los toco, algo me transmite una energía, ésa que quiero transmitir con mis objetos». De allí la importancia que le daba al rito en el trabajo, el de tallarlos, construirlos, originado también en su actividad como coleccionista de arte africano y precolombino.

El mundo oculto mencionado está dado por el silencio que se impone desde esa arquitectura, una suma de equilibrio y orden compositivo. Un mundo oculto, atemporal, carente de anécdota, donde los nichos parecen haber sido creados para alojar esos objetos que están allí desde siempre.

Fermín Fevre señaló que «el color en Bonevardi puede desarrollarse en una misma gama cromática o enfrentándose en opuestos restallantes». Esto se comprueba en obras como «White Habitat IV» (1989), «The Wall» (1984), «Red Habitat» (1982), «Red Interior» (1988), tapa del catálogo. La materia juega un papel importante, gran refinamiento que se expresa a través de un lenguaje de grietas, de la pátina del tiempo, un color que nace desde el fondo, que se expande.

Marcelo Bonevardi estudió Arquitectura en la Universidad Nacional de Córdoba, pero abandona la carrera para dedicarse a la pintura; fue nombrado profesor adjunto de Artes Plásticas en la Universidad Nacional de su ciudad natal y desde la obtención de la Beca Guggenheim se radica en Nueva York. En 1965 realiza su primera muestra individual en Bonino (Nueva York) y desarrolla una importante sucesión de muestras individuales y colectivas en Estados Unidos, Canadá, México, Venezuela, Japón y en nuestro país.

Figura en importantes colecciones de museos nacionales argentinos y prestigiosas de Estados Unidos como Albright-Knox, MOMA, Chase Manhattan Bank, Nueva York, M.I.T Cambridge, Guggenheim Museum, Huntington (University of Texas), entre otras. Esta universidad acaba de editar el libro «Chasing Shadows-Constructing Art» de John Bennet y Gustavo Bonevardi que incluye ensayos de Dore Ashton y Ronald Christ.

La muestra puede visitarse hasta fines de febrero en Daniel Maman Fine Art (Av. del Libertador 2475) que ha editado un excelente catálogo bilingüe con reproducción de las obras expuestas y texto de Patricia Pacino de Mamán.

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