8 de febrero 2007 - 00:00

"Borat"

Sacha Baron Cohen, responsable de «Borat», sobrevalorada sátira dehumor grueso, que encadena tonterías y procacidades, para burlarse, fundamentalmente,de los habitantes de un indefenso país de Asia Central.
Sacha Baron Cohen, responsable de «Borat», sobrevalorada sátira de humor grueso, que encadena tonterías y procacidades, para burlarse, fundamentalmente, de los habitantes de un indefenso país de Asia Central.
«Borat» (Borat! Cultural Learning of America for Make Benedit Glorious Nation of Kazakhstan, EE.UU.-G. Bretaña, 2006, habl. en inglés). Dir.: L. Charles. Guión: S. Baron Cohen, A. Hines, P. Baynham, D. Mazer, T. Phillips. Int.: S. Baron Cohen, K. Davitian, P. Anderson, P. Haggerty, A. Keyes, Luenell.

Dato interesante: el cómico Sacha Baron Cohen (Baron es la anglización de Baruch) es judío practicante, nieto de un sobreviviente del Holocausto, e hijo de israelí. Un día, para demostrar la vigencia del antisemitismo entre los británicos, metió una cámara de «Channel Four» en un bar londinense, dijo ser albanés, se puso a cantar un tema anónimo contra los judíos, y de inmediato casi todos los parroquianos le hicieron coro. Con ese tipo de bromas, y variando sus personajes y sus víctimas, le ha hecho pisar el palito a más de uno, y ha logrado tener su propio programa de entretenimientos.

Por ahí van sus méritos, y por ahí nomás se quedan. La tan mentada película «Borat», que ahora se estrena, sobre las andanzas de un imbécil periodista de Kazajstán por Norteamérica, y que viene precedida de rimbombantes elogios, resulta ser apenas una sobrevalorada sátira de humor grueso, llena de momentos repugnantes, que, más que nada, se burla de los habitantes de un indefenso país de Asia Central. Hay también algunos «escraches» a supuestos representantes del pensamiento vivo norteamericano, en partes que alguien puede creer documentales de cámara oculta, aunque la puesta en escena es evidente, con cambios de plano que revelan por lo menos dos cámaras simultáneas. Esto es, o el « escrachado» era demasiado tonto, o no hay tal, sino un actor haciendo de admirador de Bush, por ejemplo. Y ni hablar de que, por la parte que le toca, Pamela Anderson estaba al tanto. Esa mujer no se deja ni mirar sin un acuerdo previo en el despacho de sus abogados.

Igual, dicen que unos universitarios que hacen el ridículo en esta película ahora andan reclamando en los tribunales, y alegan que sólo borrachos firmaron una cesión de derechos para ser grabados y difundidos. En fin, eso es todo, y, para eso, más vale quedarse con las «joditas» de Tinelli o los reportajes callejeros de «CQC» (cuando están inspirados, que cada tanto ocurre). O recordar los grandes reportajes de Mingo y El Preso para «La voz del Rioba» (y pensar que entonces había censura).

O, también, esperar que repitan en cable una curiosidad de 1970 llamada «¿Qué se le dice a una mujer desnuda?», breve antología del programa de Allen Funt «Candid Camera», donde registraban con cámara oculta la reacción de los norteamericanos comunes ante situaciones inesperadas, por ejemplo, que una chica apenas vestida con cartera y zapatos saliera del ascensor preguntando por una oficina. Dato final: la jerga que habla Borat como supuesto kazajo está llena de expresiones en hebreo y polaco. De nuevo, eso es todo.

P.S.

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