23 de agosto 2005 - 00:00
Briski cede por primera vez la dirección de una obra suya
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Para Holcer, «el
teatro que
escribe Norman
Briski siempre
hace referencia
a la realidad
social, pero eso
no quiere decir
que sus
personajes
sean
panfletarios o
populares en un
sentido
pintoresquista».
Periodista: Nadie duda del talento de Briski, pero hay que reconocer que tiene fama, por lo menos, de difícil.
Ricardo Holcer: Mi experiencia con él ha sido excelente, porque confió en mí desde el principio. Lo primero que me dijo fue: «vos tenés la última palabra» y cumplió. A él lo han dirigido en todo tipo de obras: comerciales, televisivas, pero ésta es la primera vez que alguien lo dirige en una obra de su autoría. Para mí fue un orgullo, porque él no es un actor cautivode esos que dependen del director o que recurren a clichés; al contrario, es un auténtico guerrero. No tiene un plan de acción sino que se lanza a la batalla y va resolviendo sobre la marcha. Si ve que uno lo acompaña y da pruebas de que puede seguir luchando junto a él, te respeta; otra cosa es si sos un director que no tenés idea por donde va la cosa o perdés autoridad ante él.
P.: ¿De qué trata la obra?
R.H.: Es sobre una pareja que ha sido despojada de todo. El fue un pianista de gran fama y ahora está en plena decadencia, sus dedos ya no le responden. Pero más allá del tema de la vejez esto es metafórico y tiene que ver con el agotamiento de una fama construida sobre una ilusión; porque, en realidad, el verdadero arte de este pianista ha sido su velocidad. Su esposa le advierte que le ha faltado sonoridad, justamente el aspecto más artístico y el más imperceptible. A él le hubiera gustado hacer música polifónica, pero siempre ha tenido que tocar música bitonal para comer, para ser famoso.
P.: Y ahora está en bancarrota.
R.H.: Ellos quedaron aislados en una de esas torres de lujo que compraron en su época triunfal. Y se quedaron allá arriba, pero ya no les queda nada. De hecho el piano se los trae la producción que va a hacer la nota para la televisión. Sólo les queda un sofá de dos cuerpos con tres patas. Eso es todo. Pero aún en estas condiciones, estos dos seres despojados de todo encuentran nuevas formas de entusiasmarse para seguir viviendo.
P.: ¿A qué alude el título?
R.H.: Al «Doble concierto» de Brahms para violín y chelo. Norman lo escuchó hace años en el Carnegie Hall interpretado por el gran violinista Isaac Stern y parece que el chelista que lo acompañaba era un famoso cómico norteamericano que hizo reír a todo el público. Esa combinatoria entre música y humor le sirvió de inspiración para esta obra.
P.: Usted dijo que esta obra es de alcance popular ¿A qué se refiere concretamente?
R.H.: El teatro que escribe Norman siempre hace referencia a la realidad social, pero eso no quiere decir que sus personajes sean panfletarios o populares en un sentido pintoresquista ¡para nada!. Su lenguaje dramatúrgico es muy rico y hasta tiene elementos eruditos. El escribe teniendo muy en cuenta a autores como Beckett, Pinter... digamos que en la escritura de Norman hay una organización casi científica del lenguaje, incluso, muchas de sus frases son casi aforismos pero resuenan de inmediato en el campo popular, no funcionan como un solaz culto o una franela erudita. Y por si fuera poco, el final de «Doble concierto» es de lo más inesperado, tiene que ver con ese «desconcierto» aludido en el título.
Entrevista de Patricia Espinosa


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