Buen cóctel de ironía, hedonismo y tristeza

Espectáculos

«Yo serví al rey de Inglaterra» (Obsluhoval jsem anglického krále, Rca. Checa, 2006, habl. en checo y alemán). Guión y dir.: J. Menzel. Int.: I. Barnev, O. Kaiser, J. Jentsch, M. Huba, M. Labuda, P. Hrebícková.

El mejor vino espumante de la República Checa debe llamarse Jiri Menzel, que en febrero último cumplió 70 años de mucho añejamiento.

Maestro, en todo el sentido de la palabra, y para corroborarlo baste citar «Mi dulce pueblito», «Buenos, hermosos tiempos», «Los locos de la manivela», y tres que vienen servidos en bandeja aparte: «Trenes rigurosamente vigilados», « Tijeretazos», «Alondras en un hilo». Esa bandeja se llama Bohumil Hrabal, un escritor que se cayó (o eligió caerse) de un quinto piso cuando ya estaba enclenque de 83 años, pero antes disfrutó años de tabernas, cuentos y mujeres, y enfrentó socarronamente a nazis y comunistas, que lo prohibieron sistemáticamente, pero no lo sobrevivieron.

De una novela que Hrabal escribió en 1973, y en su momento tuvo difusión muy limitada, Menzel desarrolló la obra que ahora vemos, «Yo serví al rey de Inglaterra», una comedia melancólica que, con ironía, hedonismo, y una sabia y calma tristeza, cuenta en primera persona la trayectoria de un pequeño pícaro (que se hace el zonzo), desde panchero de estación de tren a dueño de un gran hotel para millonarios, y desde los 20 hasta los 60, con un giro dramático durante la ocupación nazi, que es cuando nuestro personaje pega el gran salto casándose con una petisa, después de haber conquistado siempre mujeres más altas que él, pero es una petisa alemana, fanática del otro petiso que en ese momento dominaba Europa.

La historia la cuenta el mismo pícaro, ya cincuentón, mirando en el espejo «una vida que parece haberle pasado a otro», que empieza muy gozosa, con gente que bebe, rie, vende, compra, y engalana con flores, frutas y billetes los cuerpos de unas chicas preciosas, luego pasa un momento de inflexión («cuanto más me miro más me alarmo, como si fuera un extraño al que no puedo defender»), y al final, la sabia reflexión que cierra el cuento: «Una persona se hace más humana, a menudo contra su voluntad».

Sin perder la mano un solo segundo, Menzel envuelve todo ese relato en una música que va de los vientos, tipo marchita convocante, al piano, tipo ragtime de hora de cierre, con apertura y cierre de iris, al estilo de las viejas películas, con momentos dignos de figurar junto a otros de Chaplin, Clair, Schlöndorff y Fellini (y de sus propias películas anteriores, por supuesto), y en ese envoltorio también están no sólo las mujeres desenvueltas, las lujosas mesas desplegadas, los intérpretes magníficos (el joven búlgaro Iván Barnev, Oldrich Kaiser, Julia Jentsch, irreconocible, y hasta el director István Szabó en un cameo, y el cantante Tonya Graves, que por suerte no canta), sino también las situaciones que se repiten de modo extraño y a la vez totalmente lógico: monedas tiradas como de casualidad para comprobar la bajeza de algunas altas figuras, méritos robados, un tiro de pistola en la mañana, un hotel precioso, sucesivamente dedicado a viejos faunos, jóvenes arios, y otros ocupantes que no diremos (y que el espectador no espera encontrar, pero entran dentro del hotel, la lógica, el azar, y la ironía de la historia, y de la Historia).

Hay que tener la veteranía, el humorismo, y la singular poesía de Menzel para hacer esta obra excelente. Y hay que tener alguna explicación, para que no le hayan dado el Oscar al que era indiscutible candidato.

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