2 de febrero 2006 - 00:00

Buen film cuyo único pecado es desafiar mitos y tabúes

Jake Gyllenhaal y un formidable Heath Ledger interpretan a los cowboys enamorados deun film que pese a las polémicas que lo preceden no es un manifiesto homosexual, sino quese puede ver como un buen drama.
Jake Gyllenhaal y un formidable Heath Ledger interpretan a los cowboys enamorados de un film que pese a las polémicas que lo preceden no es un manifiesto homosexual, sino que se puede ver como un buen drama.
«Secreto en la montaña» (Brokeback Mountain, EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir.: A. Lee. Guión: L. McMurtry y D. Ossana sobre relato de A. Proulx. Int.: H. Ledger, J. Gyllenjaal, R. Quaid, M. Williams, A. Hathaway.

En todas partes hay tabúes y mitos que pocos se atreven a tocar. La virilidad de los cowboys ¿era? uno de ellos, del mismo modo que por acá, salvo en broma, rara vez alguien tuvo la ocurrencia de meterse con la sexualidad de los gauchos.

Acaso algún memorioso recuerde al mulato obsesionado con el protagonista de la historieta «Lindor Covas, el cimarrón» en las páginas de «La Razón» (en pleno gobierno de Onganía, dicho sea de paso). Era un chiste, por supuesto, y por supuesto también, nunca pasó de eso.

El cine norteamericano no se había permitido nunca poner en duda la sexualidad de los cowboys, uno de sus mayores símbolos de virilidad, entre otros símbolos. Al menos directamente. En forma tangencial sí, y al respecto puede citarse, para sintetizar, el John Buck que encarnó Jon Voight en «Perdidos en la noche». Pero allí se trataba de un descastado sin ninguna esperanza de sociabilización ni provecho. Un caso de psiquiátrico. Por eso, no extraña que haya escandalizado tanto, y no sólo en la Norteamérica profunda, este film dirigido por el taiwanés Ang Lee (un extranjero, dato importante) sobre el amor imposible entre dos vaqueros, que dura 20 años, desde comienzos de los '60 cuando ambos salían de la adolescencia, hasta entrados los '80 cuando al menos uno de ellos ya tenía una hija casadera. Esto último colmó la tolerancia de varios líderes conservadores que salieron a condenar esta «aberración» en nombre de los valores tradicionales y la defensa de la familia.

Hablando de prejuicios, «Secreto en la montaña» (la Brokebak del título original es la montaña en que los protagonistas cuidan ovejas y terminan intimando) fue calificado desde el vamos de «western gay». A decir verdad, aun con sus cielos y praderas espléndidamente fotografiados, sus jinetes, sus espectáculos de rodeo, y la bella música ad-hoc de nuestro compatriota Gustavo Santaolalla, la película de Lee está más cerca de los melodramas del Douglas Sirk de «Sublime obsesión» o «Herencia sagrada» que del western tradicional. Igual, no sin ironía, la asociación de críticos extranjeros en EE.UU.hizo que Clint Eastwood le entregara el Globo de Oro a Lee por esta obra. El duro más duro del Hollywood actual se cuidó muy bien de sonreír amablemente cuando un conmovido Lee le besó la mano al recibir la estatuilla,

Además de un gran esteticista, Ang Lee es un probado cuestionador de tradiciones, empezando ya por «Banquete de bodas», otra historia de amor homosexual entre un joven chino de familia ortodoxa y un norteamericano, pero en tono de comedia; siguiendo por «Sensatez y sentimientos» o «El tigre del dragón», donde la pareja guerrera protagónica no podía concretar su amor por interdicciones ancestrales. Lo que cuestiona Lee en este caso no es tanto el machismo (del que los protagonistas no están exentos, ni mucho menos), sino el concepto de normalidad en una sociedad ultraconservadora y tan fanáticamente religiosa que vive atrapada en otro tiempo.

Jack
y Ennis, los protagonistas de «Secreto en la montaña», como diría Raymond Carver -cuya mirada sobre su propia sociedad puede compararse con la de Annie Proulx, la autora del cuento que da origen a esta película- provienen de familias de gente honrada, de hombres de su casa, hombres que se ocupan de su trabajo. Tienen hijos e hijas y se ocupan de su educación. Eso sí, con unos pater-familiae responsables de muchos traumas de sus hijos, entre ellos el horror visceral que produce, sobre todo en Ennis (Heath Ledger), esa emoción tan extraña que se les revela de repente. Mírese nomás la expresión de Ennis cuando al despertar de una noche de borrachera toma conciencia de que tuvo sexo con su compañero (sexo brutal, desde luego, en la única escena de ese tipo de la película).

Esa emoción extraña trae el otro gran tema del cuento de
Proulx y del film de Lee: la ilusión amorosa y su efecto modificador y también la pasión urgente que impide pensar y no mide consecuencias. A este respecto, hay dos escenas clave. Una es cuando todavía en la montaña, se descuidan sin saber que son observados por el rudo capataz permitiéndole olfatear su secreto. La otra, bastante más perturbadora, cuando vuelven a descuidarse y son vistos por la mujer de Ennis. Escenas que dan miedo, pero que al mismo tiempo están mostradas con una sutil pincelada de humor. La sutileza habitual de Lee es crucial en esta película, porque al no subrayar nada permite que todo espectador -que no vaya a ver una de tiros, se entiende- pueda identificarse con el dolor de estos dos hombres, olvidar casi que está ante una historia «diferente» y emocionarse.

En eso ayuda un guión férreo, donde como en
Carver, la totalidad de una cultura y de una condición moral está representada con bosquejos aparentemente inocuos; nuevamente la delicadeza del director que llega a admirar en un final que agarrota la garganta y, cómo no, los actores. La composición de Heath Ledger del blockeado Ennis es de esas que no se olvidan.

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