19 de mayo 2006 - 00:00

Cannes pasó de ser rebelde a rendirse a la industria

Sidney Poitier acompañó a su esposa, Joanna Shimkus, ala ovacionada exhibición homenaje a «Los aventureros», filmque ella protagonizó en 1969 junto a Delon y Lino Ventura.
Sidney Poitier acompañó a su esposa, Joanna Shimkus, a la ovacionada exhibición homenaje a «Los aventureros», film que ella protagonizó en 1969 junto a Delon y Lino Ventura.
Cannes - ¿Mienten los actores? Mucho, y tal vez por eso la mitología del cine es tan vigorosa. Ayer, en uno de aquellos momentos inolvidables de Cannes (los que no suelen ocurrir a la luz de la mayor exposición), el Festival rindió homenaje a una de las películas más entrañables de fines de los '60, «Los aventureros», de Robert Enrico. Fue en la sala Luis Buñuel, que desde muy temprano esperaba la llegada de su estrella femenina, Joanna Shimkus, condenada por la historia, y por la canción musitada por Alain Delon, a ser Laetitia, o Leticia a secas, para siempre.

Por un lateral, despaciosamente, ingresó primero su esposo, Sidney Poitier, quien por los mismos años en que la desconocida Joanna, tapa de algunas revistas de modas y casi figurante en películas olvidadas, se le atrevía a «Los aventureros», él ya era el famoso actor de «Al maestro con cariño», «¿Sabes quien viene a cenar» y «Al calor de la noche», entre otros títulos que contribuyeron a revalorizar al actor y la cultura afroamericana en Hollywood. Algunos pasos después, con la primera ovación del público, entró «Leticia»: la belleza casi inalterada en el rostro y los inevitables kilos de más, producto de la pacífica vida hogareña y los muchos años pasados fuera de los sets. Y los actores, seguramente, mienten: «Siempre me negué a ver 'Los aventureros», dice Joanna Shimkus, con una timidez que parece haber adoptado como marca de estilo. «No soportaba la idea de verme tan expuesta en la pantalla, iba más allá de mis fuerzas».

A continuación, relata la forma en que se gestó la película: «Yo había empezado en el cine sin demasiada convicción. Mi rostro, seguramente, ayudó a que me llamaran algunos productores, pero nunca pasé de hacer algunas películas de poca importancia». «Un día», continúa «me convoca Robert Enrico, de quien obviamente yo había oído hablar mucho. Y me proponer actuar en una película de acción, con muchos escenarios, que iba a estar basada en la novela de un escritor amigo suyo, José Giovanni, nada menos, el gran autor de policiales. Lo pensé un poco y le dije que sí. Me imaginé que, más allá de tratarse de Enrico, la película iba a ser una más entre las muchas que yo venía haciendo, que no iba a tener nada de especial».

Shimkus sonríe: «Fue un verdadero tramposo. Se aseguró que yo firmara el precontrato para decirme, a continuación, quiénes iban a ser mis compañeros de elenco: Alain Delon y Lino Ventura, es decir, las estrellas más grandes que tenía Francia en ese momento. Y no sólo eso: también me dijo después que yo iba a ser coprotagonista con ellos, por encima incluso de Serge Reggiani, que tiene un papel menor pese a que también era una estrella. Yo me quería morir. Y no lo digo figuradamente, sino que me sentí muy mal, muy expuesta. Pero lo hice. Y, si bien 'Los aventureros' fue una película que me dio infinitas satisfacciones, y sé lo que representa para tanta gente en tantos países, me negaba a verla. No quería de verdad verme ahí».

Si los actores no mintieran, seguramente el aplauso final no habría sido tan fuerte. Con las imágenes finales del film (en espectacular copia restaurada por el especialista Yann Folliard), cuando la cámara aérea de Giovanni se aleja, en la fortaleza marítima cercana a La Rochelle, del cuerpo abatido de Delon y de su amigo Ventura, que le tiende la mano, la auténtica Leticia, casi cuarenta años más tarde, se puso de pie en la platea: al fin, había visto la película.

  • Los dos Cannes

    El Cannes más vigoroso suele estar lejos de la competencia oficial. ¿Cuáles son las opiniones este año sobre el llamado «festival de festivales»? En primer lugar, que poco a poco va concretando un trueque de especialidades: si en otras ediciones confluían en él descubrimientos y nuevas tendencias, ahora su carácter es mucho más fuertemente industrial y comercial, y las grandes firmas ya no son tanto las de los cineastas rebeldes y «anti-sistema» sino las de las empresas cinematográficas europeas, norteamericanas y asiáticas, que dominan el «Marché du Film» con una presencia casi prepotente. La carrera de películas, sin embargo, recién empieza, y quedan varias jornadas para que el perfil termine de dibujarse con más claridad. La hojarasca con «El código Da Vinci» terminó muy rápido: mucho más ruido hicieron las críticas del día posterior a la Jornada Inaugural (con sus estrellas Hanks, Tautou, Mc-Kellen y el director Ron Howard llegando a Cannes en tren) que el temor por eventuales protestas que finalmente no ocurriero. Los que protestaron, sí, fueron muchos críticos internacionales, que se quejaron de la pobreza de la película, y coincidieron que se trata de un inevitable best-seller fílmico ad hoc: ningún libro que venda lo que vendió el de Dan Brown puede quedarse sin esa rama tan importante del merchandising como lo es, en algunos casos una película «critic proof», es decir, exitosa de todos modos y a prueba de críticos.

    En la Sección Oficial, a continuación, se presentaron ayer dos films potentes, aunque no demasiado distintos de lo que suele verse habitualmente en cartelera: un nuevo título del combativo Ken Loach, «The Wind That Shakes The Barley», nueva crónica violenta de la enemistad entre irlandeses e ingleses, ambientada en las luchas de los años '20, y la no menos dura «Palacio de verano», de Lou Ye, relato de amores desgastantes y rebeldías sexuales, con el marco de la China de fines de los '80.

  • Por amor a París

    La otra apertura de ayer fue muchísimo más estimulante: la sección «Un certain regard», la más importante de las muestras paralelas, se inauguró con una película colectiva de características bastante inusuales. El film era «Je t'aime, Paris», producción a cargo de 40 cineastas diferentes, que tuvieron la consigna de filmar una historia de amor en cinco minutos, ambientándola en París. El film persigue dos metas: una confesable y presentable, la otra menos. En primer término, y a la manera de Umberto Eco (que escribió «El nombre de la rosa» para resignificar el sentido de una palabra, más que una flor, agotada por el tiempo), todos estos cineastas, en su mayor parte no franceses, fueron convocados para que con una óptica propia, y se supone que distinta, ofrecieran una mirada fresca sobre París.

    La otra meta, más en off, es el intento de probar al mercado para comprobar si el llamado «film à sketches», que tanto dinero le redituó a los italianos en la década del '60, todavía puede funcionar. Muy esperado, este film (que logró colmar la sala Debussy a una hora temprana, 11 de la mañana) fue aplaudido, del mismo modo, à sketches: los segmentos más valiosos se recibieron calurosamente, y los demás con discreto silencio. A destacar los que justifican la película: la paradoja amorosa filmada por Isabel Coixet (con Sergio Castellito y Miranda Richardson), acerca de un hombre que piensa plantearle el divorcio a su esposa en el momento en que se entera de que ella tiene una enfermedad terminal; el de los hermanos Coen, con un estupendo Steve Buscemi (que no dice una palabra), molido a golpes en la estación Tullerias del metro; el de Alexander Payne («Entre copas»), tal vez el mejor de la película, sobre una solitaria cartera de Denver que viaja a París, y que en su mal francés confunde todo: en ese desvarío, por caso, se emociona en el cementerio de Père Lachaise ante la tumba de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, a quien toma por Simón Bolívar, acaso el más delirante chiste surrealista escuchado nunca en un film: «Sartre y Bolívar se quisieron tanto que hoy descansan juntos en paz».
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