E l uruguayo Carlos Páez Vilaró encarna a la perfección la figura del artista rioplatense, desde que al promediar el siglo y en plena juventud llegó a Buenos Aires, al igual que Figari en la década del veinte, con sus cuadros bajo el brazo. «Sin quererlo me fui transformando en un pintor del río - cuenta-; nunca sabía en cuál de las dos orillas iba a terminar un cuadro». De este modo, y como lo hizo en el 2000, cuando eligió la Argentina para presentar su autobiografía, la semana pasada volvió a cruzar el Río de la Plata para traer «Candombe», un documental que se proyectó por primera vez en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.
Esta vez no vino sólo, sino escoltado por los actores del corto que presentó con orgullo, quienes a su vez son los actuales protagonistas de la comparsa de Montevideo, y los antiguos compañeros de una «pieza» del conventillo donde descubrió el ritmo febril del candombe. La película
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El film, dirigido por los argentinos Silvestre Jacoby y Hassen Balut, rescata la historia del candombe uruguayo a través de la mirada y las palabras del artista. A los 79 años, y mas allá de su larga trayectoria como pintor, Páez Vilaró, conocido por Casapueblo, laberíntica casa sin fin que es en realidad una intervención artística en el paisaje de Punta del Este, prosigue empeñado en convertir su propia vida en un hecho estético.
Y no le faltan condiciones: la fundamental, como él señala, es «una cierta vocación por la sorpresa». Aptitud que quedó en evidencia cuando además de sorprender al público que colmó el auditorio con la aparición de su comparsa, logró quebrar la solemnidad del Museo, convirtiéndolo por un rato en escenario del candombe, del cual él mismo participó tambor en mano. Ahí estaba la «morenada», nombre que el pintor eligió años atrás para el conjunto de comparsa, haciendo añicos el silencio de las salas del museo, y finalmente, bailando danzas africanas con sus trajes de colores estridentes en plena Avenida Figueroa Alcorta, para alegría y estupor del vecindario.
«El Oriental», apodo que ganó en su juventud al llegar a Buenos Aires, contó antes de la proyección que en la ciudad de Montevideo y hace alrededor de sesenta años, un acontecimiento brindó nuevo impulso a su inspiración artística. Deambulaba por el Barrio Sur cuando repentinamente se sintió invadido por un «terremoto de tambores». Se trataba de un grupo de tamborileros negros y de ágiles bailarines, que habían salido a hacer una colecta para la próxima Navidad.
«Me quedé petrificado de pies a cabeza» -observó-. « En aquella comparsa surgida del anonimato y la pobreza, había descubierto mi razón para volver a pintar con más fuerza y con más fe que nunca». Y agregó que no los dejó pasar de largo, que los siguió hasta el caserón donde vivían, hasta el conventillo «Mediomundo», que luego pasaría a ser su mundo entero.
«Allí, entre ropas tendidas y murmullos de chicos, encontré lo que tanto había buscado, y dije: quiero ser pintor». El film destaca la colorida belleza de ese entorno paupérrimo, aunque feliz en la euforia que desata el batir de los parches de cuero, al remover los ecos de la memoria ancestral.
El «Mediomundo» -también llamado «Yacumenza», porque allí vivía una brasileña que cuando el conventillo se inundaba con el son de los tamboriles, invariablemente gritaba: «¡Ya cumenza o ruido infernal!»-, fue impregnando poco a poco las pinturas de Páez Vilaró con ese folclore del negro uruguayo y ese aire tan particular del Barrio Sur que inspiró su obra.
Descubrimiento
Mientras tanto, sus cuadros se sumaban y su carrera despegó en Buenos Aires. «Hacia mil novecientos veinte, el abogado Pedro Figari descubrió las posibilidades pictóricas de los negros. Otros artistas han seguido su ejemplo, con diversa fortuna; nadie ha logrado y merecido la fama de Carlos Páez Vilaró», escribía Borges al prologar la carpeta de dibujos que el artista dedicó al «Mediomundo». «Sentí interiormente que había establecido un compromiso conmigo mismo de apoyar a las comparsas, de luchar porque su arte fuera más difundido, y mejor considerado -dijo esa tarde-. «Me sentí en la obligación de estirar un puente invisible entre la insensibilidad de esa sociedad a la que pertenecía y el folclore negro de la calle». Y allí estaba en el auditorio, en el centro de una ciudad invadida por el pánico del caos financiero, presentando el documental que captura las imágenes y sonidos de los tambores, para que todos los dialectos se unan en el redoble de una sola voz.
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