Tras montarla en
el singular
espacio de la
Manufactura
Papelera y a
orillas del río en
Paraná, Entre
Ríos, Eduardo
Casullo brinda
ahora una puesta
más tradicional
de la ópera de
Verdi en el
Avenida.
«Aída». Opera en cuatro actos. Mús.: G. Verdi. Lib.: Ghislanzoni/ Du Locle/Mariette Bey. Régie: E. Casullo. Dir. Mus.: R. Luvini. Dir. Coros: M. Palmeri y G. Felice. Prod.: Fundamús. (Teatro Avenida, hasta el 11 de marzo.)
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Esta no es la primera aproximación del régisseur Eduardo Casullo a la imponente ópera «Aída», de Giuseppe Verdi. Antes hizo una realización atípica en el espacio singular de la «Manufactura Papelera» y otra a orillas del río, en la ciudad de Paraná, con una producción espectacular que este diario comentó oportunamente.
Las diversas relecturas de Casullo a la colosal obra verdiana han sido valiosas y en las tres ocasiones aportaron una cuota de imaginación y conocimiento profundo de las coordenadas verdianas que es patrimonio del régisseur.
La que ahora se ve en el Teatro Avenida, curiosamente, parece la más tradicional de las tres. Condicionado, quizás, por las dimensiones del escenario, Casullo abrió su espectro estéticoteatral a la capacidad total del ámbito, utilizando rampas sobre la orquesta y haciendo que gran parte de los intérpretes entraran por los pasillos laterales y central del Avenida, buscando así desarrollar una visión totalizadora de la obra sin descuidar los aspectos interpretativos.
Así logró una muy respetable puesta en escena en la que sin perder de vista la grandiosidad innata de «Aída», se concentró en los personajes en conflicto permanente entre deber patriótico y sentimientos íntimos. Con bellos desplazamientos como en la escena triunfal, los cantantes expresan su mundo interior más allá de su calificado canto. Aspectos plásticos relevantes, aun con ciertas libertades expuestas por la escenografía y el vestuario, tanto una como otro funcionan como atractivo marco. Las luces de Bechara y la coreografía de Prato suman méritos a la totalidad.
El maestro Roberto Luvini, concertador y director de orquesta, está a la altura de las circunstancias con una versión eficaz. Algunos «tempi» algo lentos en los tramos iniciales no empañan una labor signada por musicalidad y brío.
En el rol titular, la soprano Haydée Dabusti rinde positivamente. Tanto el carácter de su voz como la intencionalidad de su expresión son excelentes aportes al logro del aspecto musical, al que la mezzosoprano María Luján Mirabelli enriquece ostensiblemente con una Amneris de alto rendimiento vocal y dramático. El tenor Carlos Duarte está menos feliz esta vez que en otras ocasiones cuando accedió al personaje de Radamés. Aun así su trabajo es altamente profesional. Canta y actúa muy bien Ricardo Ortale una personificación que le viene como anillo al dedo. También se destaca Oreste Chlopecki como Ramfis y otros comprimarios. Los coros de varias instituciones cantan con potencia y se mueven diestramente. El de Casullo ha sido un trabajo largamente meditado y, se esté de acuerdo o no con él, es un triunfo para su pertincia.
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