7 de abril 2004 - 00:00

Cautivó la gran Chavela Vargas

«Chavela Vargas canta al pueblo argentino». Con J.C. Allende y M. Peña (guitarras, arreglos). (Luna Park, 5/4).

No se despide de los escenarios, como aseguraban los organizadores de este concierto. Pero es posible que la del lunes haya sido una de las últimas veces que el público argentino haya disfrutado de las canciones de Chavela Vargas. Esa gran expectativa generada alrededor de su figura, muy especialmente desde que Pedro Almodóvar la sacó del olvido, quedó demostrada una vez más en Buenos Aires. Con el agregado, además, de que en este caso -por el auspicio de varios sponsors oficiales y privados de Argentina y México-, la cantante ofreció su único recital porteño sin cobrar entrada, y sólo a cambio de dos libros para las Bibliotecas Populares de la ciudad.

En un Luna Park colmado -algo más de 5000 personas, su disposición más pequeña-, Chavela se regodeó en su estilo, cantó y balbuceó con su voz aguardentosa, exhibió un amor, que no suena actuado, por nuestro país y su gente, e hizo escuchar buena parte de los clásicos de su repertorio.

Cantó acompañada por dos muy buenos guitarristas mexicanos. Hizo piezas inolvidables como «Macorina» -con la que abrió el concierto-, «De un mundo raro», «Sombras, «Vámonos-», «Volver, volver», «Hacia la vida». Mezcló dramatismo con humor. Fue superlativa en piezas como «Soledad», «Si no te vas», «La noche de mi amor», «En el último trago», «Pienso en ti». Invitó a la muy expresiva bailarina flamenca argentina Sara Varas. Incluyó algunas composiciones argentinas: «No soy de aquí ni soy de allá» de Facundo Cabral, que compartió con la «Negra» Chagra, «Somos» de Mario Clavell y la «Canción de las simples cosas» de César Isella y el Cuchi Leguizamón. Y fue sorprendente observar que, a pesar de tratarse de un concierto gratuito, todo el público que se dio cita en el Luna Park conocía perfectamente a esta artista enorme; al punto que no fueron pocos los momentos en que el coro multitudinario se apropió de las canciones y ocupó el lugar central, para regocijo de la ilustre visitante.

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