"Celebridades", en Bellas Artes, educa la mirada

Espectáculos

Desde que inauguró su extensa colección de arte argentino, el Museo de Bellas Artes convoca un público diferente, más heterogéneo. Por primera vez en décadas se exhibe un panorama que recorre la historia de nuestro arte desde los orígenes hasta la actualidad, tan interesante para el neófito o los extranjeros que hoy pueblan las salas, como para el conocedor, porque se exhiben obras estupendas de artistas poco conocidos y de algunos que tuvieron un momento de esplendor y luego decayeron. Pero más allá del atractivo de las colecciones permanentes, y un tanto oculta a los ojos del público, en el tercer piso se expone «Celebridades», una imperdible serie de retratos que forma parte de la colección de fotografía del Museo. La selección es de Sara Facio, artista, curadora de la muestra y fundadora del departamento de Bellas Artes dedicado a esta técnica.

La muestra es breve, pero permite analizar la diversidad del género, desde la idealización extrema del retratado, y un buen ejemplo es la imagen aurática del violinista Isaac Stein tomada por Alejandro Wolf, hasta la captación de un instante que revela la identidad del personaje, como la picardía de Jorge Michel o la fresca inocencia de Josefina Robirosa atrapadas por la lente de Alejandro Kuropatawa.

Nada cuesta imaginar a Stein posando durante horas para Wolf, o a Michel y Robirosa inmersos en su vida cotidiana, desentendidos de Kuropatwa y su cámara. Refiriéndose a la complejidad del retrato, alguien dijo que hay ocasiones en las que el rostro ni siquiera importa. Criterio que se puede visualizar en varias de las fotos de Borges, como la memorable toma de Pepe Fernández, que desde un punto de vista de altura y con un logrado equilibrio entre el fondo y la figura del escritor, parece documentar su genialidad más que sus rasgos.

Fernández
lo retrata parado en un escenario circular, justo en el centro de la estrella que conforma el dibujo del piso de mármol de un hotel de París. En el retrato de Coco Chanel de Henri Cartier Bresson, también se destaca el contexto que la rodea. En este caso, la colección de primeras ediciones e incunables que poseía la modista, además, claro, de su atuendo, su célebre tailleur, sus collares de cadenas y cuentas y sobre todo, su encanto, su aire, que según Roland Barthes, es la «sombra luminosa que acompaña al cuerpo».

Victoria Ocampo
aparece bella y enigmática en un retrato de Gisele Freund, y en el texto que presenta la exposición, Facio la cita para explicar que «en una buena foto el personaje está ahí, miró al fotógrafo como te estaría mirando a vos... Es él por entero». Esta veracidad está plasmada por Andre Kertez, quien al retratar a Colette captura la mirada intrigante de la novelista.

Con el mismo afán de superar las apariencias y bucear en la psicología de los personajes,
Arnold Newman muestra el gesto de autosatisfacción y seguridad en sí misma de la fotógrafa Berenice Abbot, Adolfo Previdere la extraña mirada del pintor Carlos Alonso, Daniel Mordzinsky la densidad humana de Jorge Amado, Annemarie Heinrich la belleza e histrionismo de Gilda Lousek, Alfredo Sánchez la sensibilidad de Anatole Saderman, y Eduardo Comesaña un Borges expresivo e inolvidable, pensativo y ensimismado, con sus ojos cerrados y el entrecejo fruncido y la cabeza suavemente elevada.

Desde la imagen de
Nijinsky y la Pavlova que Frans Van Riel tomó en 1918, cuando bailaron en Buenos Aires, hasta la de Mirtha Legrand y Carlos Menem que Nicolás Goldberg tomó recientemente en un camarín, en toda la serie predomina cierta intensidad dramática. Sin embargo, hay una fotografía de Judy Dater que brilla por su gracia y refinado humor.

La toma de 1974 muestra en primer plano a la modelo
Twinka, desnuda en un bosque como una escultura viviente y sonriéndole a la vejez que encarna la fotógrafa Imogen Cunningham, quien ya anciana la observa con su cámara al cuello.

Facio
destaca el valor simbólico e histórico de la foto de Dater, ya que al terminar sus estudios, en 1901, Cunningham inauguró el desnudo al aire libre autorretratándose sin ropas en el Campus de la Universidad. Como fotógrafa, Facio imprime un nuevo acento en la exhibición, el de la hibridez entre la foto y la pintura, para subrayar el carácter de la bailarina Iris Scaccheri, le agrega radiantes pincelas de color celeste en los ojos y amarillas en el pelo. Esta imagen, entre otras, deja ver la fuerte corriente intersubjetiva que fluye entre los personajes fotografiados y los autores de las tomas.

Por otra parte, un dato a destacar es la generosidad de la curadora, que donó gran parte de las fotos que integran la valiosa colección del Bellas Artes. Al igual que
María Elena Walsh o Guillermo Gació, que no es un hombre rico sino un funcionario que vive de su sueldo y donó la foto que le dedicó Freddy Alborta, un reportero boliviano que retrató al Che Guevara muerto, sin sospechar que su imagen se convertiría en un ícono. En suma, la muestra tiene la virtud de enseñar a mirar, porque redescubre las celebridades a través de unos ojos con mucho talento.

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