«Celular, la llamada final» es un sólido entretenimiento de suspenso con buenos actores y un argumento astuto e inteligentemente engañoso.
«Celular, la llamada final» (Cellular, EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: D.R. Ellis. Int.: K. Basinger, Ch. Evans, W.H. Macy, J. Statham, N. Emmerich, R. Burgi, A. Taylor Gordon, R. Hoffman.
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Una idea de Larry Cohen sigue siendo mejor que un ejército de ejecutivos discutiendo proyectos en una mesa de reuniones. El creador de la serie «Los Invasores» demostró el poder de sus neuronas logrando que un producto de 10 millones de dólares como «Enlace mortal» no sea sólo un éxito de taquilla mucho más redituable que tantos films que reacaudan lo mismo pero cuestan mucho más, sino que, además, logró que otro director entregue una gran película. Lamentablemente, ni con este flamante antecedente nadie dejó a Cohen dirigir su propio argumento de «Celular». Es más, ni siquiera le permitieron escribir el guión (por el que pasaron otros dos escritores además de los que figuran en los créditos). Igual, este thriller liviano es mucho más entretenido y enervante de lo que se podía esperar de una premisa tan minimalista: un llamado al azar a su celular mete en problemas a un despreocupado joven californiano, que de golpe no tiene más remedio que intentar salvar la vida de la pobre mujer que asegura estar secuestrada por unos maleantes que además están detrás de su hijo, a punto de salir del colegio.
Un policía a punto de retirarsepara poner un spa (William H. Macy, brillante como siempre) es el único agente de la ley que escucha mínimamente la extraña denuncia que el joven Chris Evans lleva al precinto, obviamente con el celular en la mano, de cuya débil señal de servicio y escasa carga de batería parece depender la vida de la secuestrada Kim Basinger.
Todas las jugarretas sádicas que puede tener un film de suspenso condimentan un entretenimiento que si bien nunca llega a los niveles de profundidad conceptual y crueldad visual que podría haber tenido en manos de Larry Cohen, sí tienen toda la astucia para sorprender al espectador, engañándolo al poner en escena típicos lugares comunes del género que inevitablemente terminarán resolviéndose de un modo diferente al esperado, si es posible con una carga de la inconfundible ironía del creador de clásicos del cine independiente de bajo presupuesto como «El monstruo está vivo».
Tres buenos actores y una canción de Nina Simone estupendamente utilizada consiguen el resto. Sin olvidar los divertidísimos créditos del final, que aparecen en la micropantalla de uno de esos odiosos celulares que sirven para cualquier cosa, menos para sostener una conversación interesante.
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