En plena pandemia, la OMS, la Organización Mundial de la Salud, especificó que la visita a espacios culturales (y entre ellos figuran, en primer lugar, los museos de arte), resulta benéfica para la salud. “La elevada incertidumbre provocada por la pandemia global puede desencadenar, además de un miedo a largo plazo, xenofobia y racismo. Estas instituciones colaborarán fuertemente en la recuperación de la confianza y restitución de valores necesarios para la reconstrucción de nuestras comunidades”, observa la OMS. La catástrofe sanitaria adquirió tal dimensión que gran parte de los museos del mundo cerraron sus puertas y, algunos, para siempre. Hay, sobre todo en el Norte del planeta, instituciones que volvieron a recibir al público, pero, en nuestro territorio, castigado por la segunda ola del covid, han vuelto a cerrarlas. Y no hay fecha de apertura.
En tiempos de crisis el museo es más necesario
Los espacios culturales son armas eficaces para combatir deformaciones como el racismo y la xenofobia, que afloran en conmociones mundiales.
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La rosa púrpura de El Cairo. El arte como felicidad y desdicha.
Nadie puede asegurar -como sostiene la OMS- que los museos puedan devolverle a la humanidad la confianza perdida y, mucho menos, calmar taras como la xenofobia o el racismo. No obstante, si bien Stendhal al hablar de su experiencia con el arte contaba que “lo bello no es sino la promesa de la felicidad”, con menos optimismo y acaso más cerca de la realidad, el teórico argentino José Fernández Vega se pregunta si dicha promesa no será excesiva para nuestro tiempo. Y a modo de respuesta cita al escritor W.G. Sebald, cuando dice: “Nuestra infelicidad personal y colectiva ofrece la experiencia de que, aunque sea a duras penas, puede lograrse todavía lo contrario de la infelicidad”.
En tiempos de crisis, el público de los museos ratifica su fidelidad y ayer celebró el Día de los Museos con un festival de conferencias internacionales online. Mientras tanto, se espera el regreso a estos santuarios, lugares de contemplación, encuentro y esparcimiento, donde es posible establecer una saludable pausa a las duras contingencias de la vida actual.
Sobre la felicidad y los sentimientos que puede suscitar el arte, en este caso, el cine, trata el film “La rosa púrpura de El Cairo” de Woody Allen. En el contexto de la Gran Depresión de EE.UU., la protagonista, Cecilia, interpretada por Mia Farrow, olvida sus desventuras y encuentra en el cine momentos de genuino placer. Allen explora los límites de la relación que establece una persona frente a la pantalla y se sirve de la llamada “suspensión de la incredulidad”. A través de los ojos de Cecilia, el espectador descubre un mundo que cambia de rumbo en un instante. Una vida triste y opaca se vuelve glamorosa cuando la ficción se confunde con la realidad. Su marido es un desocupado y ella trabaja como camarera en una cafetería. Pero su entrega al relato del film es tan intensa que parece atraer al personaje que sale de la pantalla. Tom (Jeff Daniels), abandona el film para estar con ella. El sueño de Cecilia se ha convertido en realidad: disfruta de las atenciones de Tom y conoce a los otros actores. Pero entonces, realidad y ficción entablan una lucha: al huir Tom de la pantalla, falta un personaje y la historia queda trunca. Cecilia nos demuestra que sus sueños solo existen en el cine y, para salvar el film, se despide de Tom. Hay una escena conmovedora: Cecilia sale llorando del cine y deja atrás la marquesina luminosa de “La rosa púrpura del Cairo”. El film ejemplifica cómo el arte puede tocar la sensibilidad e iluminar la vida de las personas, hacerlas felices y también desdichadas. La escena final es elocuente: Cecilia ha vuelto a ocupar su lugar en la platea y contempla extasiada a Fred Astaire y Ginger Rogers, bailando “Cheek to Cheek”
Hoy, en medio de la tragedia del coronavirus, la actividad virtual de los museos se multiplica y las plataformas de escapismo como Neftlix están al rojo vivo. Sin embargo, el público ávido que siente como propia la vida de estas instituciones espera poder establecer cuanto antes el contacto cara a cara con el arte. En los espacios de exhibición de Buenos Aires llama la atención que el arte que circula con mayor frecuencia posee marcados rasgos surrealistas. Desde luego, predomina “Terapia”, la última muestra que inauguró el Malba que así despide a su directora, la curadora Gabriela Rangel, sin mayores explicaciones; en el Museo Moderno exponen las obras de Mildred Burton, una heredera de Max Ernst y René Magritte en nuestras Pampas.
La vida tiende a volverse surreal y a nadie asombra que despierte el fantasma del movimiento surgido en el Cabaret Voltaire durante el dramático período de entreguerras. En la galería Vasari se inaugura hoy la muestra “Emilia Gutiérrez. Dibujos”. La artista estuvo internada en una institución psiquiátrica y le prohibieron usar el color, tan sólo podía relizar dibujos en blanco y negro. Gabriela Francone, artista y teórica, publicó hace unos meses “Argentina surreal. Redes, obras y artistas para una historia posible”. El libro de Unsam Edita destaca la publicación temprana, en 1928, de la revista “Que”, la primera surrealista de Latinoamérica. En 1926, Aldo Pellegrini, con sus colegas de la Facultad de Medicina, integraba la “fraternidad surrealista” y fundaría la mencionada “Revista de interrogantes” que desde el título subraya el valor de la duda. La editorial rosarina Iván Rosado acaba de publicar “El surrealismo rosa. Ensayo visual y crítico” del artista y curador Santiago Villanueva. El libro recorre la producción del grupo Orión, Leónidas Gambartes y Mariette Lydis; Jorge Gumier Maier y Miguel Harte, y llega hasta nuestros días con un extenso listado de figuras de las últimas generaciones.



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