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9 de octubre 2006 - 00:00

Clásico de Pinter regresa a escena

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Cristian Drut: «Lo interesante de esta obra es que sus personajes están a medio camino entre los gangsters y los payasos».
Dos asesinos a sueldo aguardan instrucciones encerrados en un sótano, pero su espera se ve perturbada por los extravagantes pedidos de comida que alguien les envía a través de un montacargas. Sobre este planteo argumental gira «El montaplatos» (1960), una de las obras más famosas del dramaturgo inglés Harold Pinter (Premio Nobel Literatura 2005).

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La nueva versión que dirige Cristian Drut («Crave», «La jaqueca», «Top dogs») subirá a escena el viernes en el teatro El Piccolino (Fitz Roy 2056) con el protagónico de Alejandro Fiore y Fernando Sureda. Ambos intérpretes cuentan con una extensa trayectoria teatral, pero a nivel masivo se los ubica más fácilmente por su labor televisiva en «Montecristo», «Los simuladores» y otras tiras. Dialogamos con el director.

Periodista: No es habitual que dos actores de televisión estrenen en el circuito off una pieza de Pinter.

Cristian Drut: Me pareció muy interesante este cruce entre figuras de TV, teatro de arte y director de circuito off. Alejandro Fiore tiene una sólida formación teatral y hace mucho que quería hacer esta obra. Es su oportunidad de mostrar algo diferente de lo que está acostumbrado a hacer en televisión. Por otra parte, El Piccolino pertenece, junto al Chacarerean, al circuito teatral de Palermo Hollywood que atrae a un público distinto del de otras salas independientes como el Espacio Callejón, El Camarín de las Musas o el Kafka. El Chacarerean pertenece a Mauricio Dajub y Gabriel Goity, y El Piccolino a Oscar Ferrigno, hijo de Norma Aleandro. Es gente del ambiente artístico que elige propuestas de calidad sin descuidar lo comercial. El público que vi salir de «El Piccolino» noches atras iba muy bien vestido, es el mismo que podría asistir al Paseo la Plaza. En este circuito Pinter es algo raro y yo también.

P.: ¿Esto lo obligó a abandonar sus puestas minimalistas, a favor de una escenografía más convencional, por ejemplo?

C.D.: En absoluto. No tiene sentido reproducir en una sala como ésta el ambiente sórdido que pide la obra. Si la hiciera en mi salita «El lavapiés» contaría con un marco natural, sin necesidad de agregar escenografía. Acá opté por una instancia más conceptual. No hay montaplatos ni sótano; es un escenario más limpio y abstracto. Lo que está puesto por delante es la situación de amenaza. «El montaplatos» está muy conectada al teatro de Samuel Beckett; podría decirse que es prima de « Esperando a Godot», también me recuerda a algunos textos de Fernando Arrabal y a «Las paredes» de Griselda Gambaro».

P.:
Y «El señor Galíndez» de Eduardo Pavlovsky claramente inspirada en la obra de Pinter.

C.D.: Es cierto, parte de una situación muy similar. Toda la dramaturgia de los 60 tiene que ver con esta idea de la amenaza, de este elemento persecutorio estilo «gran hermano» que planteó Orwell en «1984». Pero algo de eso se trasladó a la sociedad actual. Nosotros seguimos recibiendo órdenes de gente a la que no le conocemos la cara, ni sabemos quiénes son, ni dónde están. Y eso se da a todo nivel, cuando intentamos hacer algún reclamo, o en relación al terrorismo, a la idea de un poder sin cara, como por ejemplo el caso Bin Laden. Nadie sabe si murió o no, si realmente existe o si es un personaje más de Disney.

P.: A diferencia de otras «comedias de amenaza» de Pinter esta obra está atravesada por el humor.

C.D.: Sí, los personajes actúan como gángsters pero a la vez son medio payasos. Nosotros los comparamos con Larry y Moe de «Los tres chiflados». Gus es violento y malhumorado como Moe, cree que está manejando la situación y que es más inteligente que Ben, pero es tan víctima del sistema como él. Más allá de la lectura política que se pueda hacer, Pinter toma algo de la dupla de clowns y de los cómicos del cine mudo. «El montaplatos» pertenece a la época más juguetona de Pinter, en donde el humor circula todo el tiempo.

P.: ¿Qué papel hace Fiore?

C.D.: Interpreta a Gus. Fiore es un tipo más emocional y sensible de lo que se ve en la televisión. Acá no hace de matón sino de un tipo más bien papafrita. Gus es muy inseguro, se la pasa haciendo preguntas y cuestionando todo... Y así podríamos resumir la historia de esta obra: «mire lo que le pasa cuando pregunta demasiado».

Entrevista de Patricia Espinosa

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