7 de noviembre 2002 - 00:00

Clint Eastwood, cine moral que no envejece

Clint Eastwood, cine moral que no envejece
Después de «Jinetes del espacio» ya se sabe que Clint Eastwood está, como suele decirse, «envejeciendo bien». Vale decir, con filosofía y sin vanidad. «Deuda de sangre» es otra prueba de ello, con el agregado de que esta película vendría a contar cómo envejeció, también, Harry el sucio, ese (estilo de) personaje que cimentó la leyenda del actor y director.

Como la vieja serie, éste es un thriller urbano en el que Eastwood interpreta a Terry McCaleb, un investigador de brillante trayectoria en el FBI. El detalle es que, cuando le toca correr tras el villano (en el caso un asesino serial que le dedica sus crímenes escribiendo las paredes con la sangre de sus víctimas), el detective de ahora cae fulminado por un ataque cardíaco.

A dos años de ese episodio, encontramos a McCaleb recientemente sometido a un trasplante y obligado por las circunstancias a un apacible retiro en su barco vivienda. Allí lo visita Graciela, una atractiva latina (artificiosamente encarnada por Wanda de Jesús) para decirle que el corazón que le permite vivir a él perteneció a la hermana de ella, una joven madre que fue brutalmente asesinada. Desobedeciendo las severas advertencias de su médica ( Anjelica Huston), y como toda creación Eastwood que se precie, McCaleb decide investigar el crimen de su infortunada donante, con plena conciencia de que cada paso que da en ese sentido amenaza su vida.

Al respecto, aunque el guión está escrito por Brian Helgeland ( Oscar por «Los Angeles al desnudo») a partir de una novela de Michael Connolly, lo que sucede en «Deuda de sangre» parece haber sido pensado por Eastwood, especialmente por las razones morales que guían el accionar del héroe. Un héroe malherido que ni siquiera puede conducir un auto, por lo que contrata de chofer al lumpen del barco de al lado (un simpático Jeff Daniels).

Sin los efectos ni las «coreografías» de acción de hoy en día, el relato -tan clásico que por momentos puede parecer directamente pasado de moda-, puede que, también, resulte previsible, si no fuera evidente que hasta eso es voluntario. El guión es una sucesión de pistas que permiten al espectador seguir paso a paso los resultados de la investigación de McCaleb; con el peligro de adelantársele en las deducciones, es cierto.

Lo interesante aquí (y movilizador de la nostalgia al menos) es que, además de la investigación policial propiamente dicha, hay un minucioso registro de los vaivenes de su corazón en los dos sentidos: el del órgano propiamente dicho que parece que va a fallar a cada rato y el que empieza a palpitar por Graciela.

Es que viejo y maltrecho,
Eastwood no ha perdido su legendario atractivo. Y él lo sabe. Uno de sus talentos ha sido siempre conocerse a sí mismo, incluyendo sus limitaciones como actor. Por eso y por un par de escenas memorables (una meticulosa lluvia de balas sobre un auto que huye, entre ellas), y aun reconociendo que se trata de un film «menor» dentro de su filmografía, «Deuda de sangre» es un auténtico Eastwood, no sólo para fans.

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