1 de marzo 2005 - 00:00
Clint Eastwood por KO
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Clint Eastwood, doblemente triunfador, abraza a la escotada estrella de su película «Million Dollar Baby», Hillary Swank, también vencedora en la categoría de interpretación.
A los 74 años, y con otro festejado Oscar a sus espaldas (por «Los imperdonables» en 1992), Eastwood se dio el gran placer de declarar «los jubilados estamos tomando Hollywood», ironía directa contra el afán desesperado de la industria del cine por la juventud. Con su espléndido porte y su más joven esposa a su lado, también se atrevió Eastwood a llevar a su madre, de 96 años, y que le sonreía desde la platea (hasta bromeó con su edad, y le quitó dos años cuando la presentó).
Con una larga carrera de medio centenar de películas (de las que dirigió casi treinta), Eastwood no se perfilaba, en los años 60, como el gran maestro del cine en que llegó a convertirse. Baste recordar que hasta Hollywood lo tenía muy poco en cuenta (su debut fue, en un papel secundario, en la bizarra película «El regreso del monstruo de la laguna negra»), y debió hacerse de un hombre en Italia, en los «spaghetti-western» de Sergio Leone. Mucho más cerca en el tiempo, algunos hasta creyeron que su carrera en el cine había terminado cuando, en los tempranos años 90, abrazó la política y se convirtió en intendente de la ciudad balnearia californiana Carmel-By-The-Sea.
«Me deprimió un poco cuando empezaron a inventar esta guerra entre Marty y yo», dijo en referencia a su circunstancial oponente Scorsese, por quien dijo sentir un gran cariño. Sin embargo, una vez más el director de «Taxi Driver» y «Toro salvaje» se quedó a las puertas del Oscar con la que era su séptima candidatura y la quinta como director. Su nombre ya parece inscribirse en la lista de grandes como Stanley Kubrick o Alfred Hitchcock, que nunca ganaron un Oscar.
• Equilibrio
Si bien es absurdo hablar de «justicia» en un reino tan arbitrario como los premios de Hollywood, votados por un monstruo de 5800 cabezas e intereses y gustos contrapuestos (se recuerda siempre aquella frase de Woody Allen: «¿Qué es lo que hace que 'La lista de Schindler' sea mejor película que 'Gigí'?»), el resto del « palmarès» de la noche fue también lo más parecido posible a lo «correcto».
A diferencia de años anteriores, cuando una misma película monopolizaba tediosamente la casi totalidad de los Oscars a los que estaba nominada («El retorno del rey», «Chicago», «Titanic», etc.), la edición 2005 tuvo fallos equilibrados e indiscutibles: el reconocimiento a Morgan Freeman fue más que la reparación de cuatro candidaturas anteriores frustradas; el lauro a la magnífica labor de Jamie Foxx como Ray Charles; la distinción, en los rubros de guión, de la lucidez de «Eterno resplandor de una mente sin recuerdos» (original) y «Entre copas» (adaptado), e inclusive, el no haber cedido demagógicamente a premiar el publicitado documental «Super Size Me» y haberse inclinado por otro seguramente más serio, sobre los hijos de las prostitutas de Calcuta, convierten a este Oscar 2005 en uno de los más correctos. Lástima, eso sí, la ceremonia.
• Incomodidad
El nuevo sistema para « dinamizar» la entrega sirvió sólo para incomodar a los nominados, ya sea de pie en el escenario o amontonados en butacas contiguas, y para que todo el mundo pareciera estar corriendo, cosa que el anodino Chris Rock, nuevo maestro de ceremonias,aprovechó para uno de sus flojos chistes.
El homenaje a Johnny Carson marcó las diferencias entre un presentador ocurrente y refinado y este joven actor cuyas dotes, si las tiene, fueron barridas por la mordaza del Hollywood pacato, tras el episodio de Janet Jackson en el Super Bowl. Al respecto, Rock intentó un chiste nombrándola y diciendo «acá todavía no se ha escapado nada».
Las hoy extemporáneas críticas de Rock a la política militar de George W. Bush (como si nada hubiera ocurrido en las presidenciales de noviembre el año pasado) se vieron compensadas por el discurso del circunspecto presidente de la Academia que, como en los viejos tiempos, dedicó la entrega a las Fuerzas Armadas y, como en las épocas de la Segunda Guerra o Vietnam, hizo votos para que «nuestros muchachos puedan sentirse en casa aunque sea por el tiempo que dura una película».
Robin Williams (cuyo monólogo sobre la homosexualidad de los dibujos animados había sido previamente censurado, y por eso apareció con una cinta adhesiva en la boca) salió de escena corriendo para subrayar el apuro tras repetir su conocida rutina de imitar a Marlon Brando, entre otros, cuando anunció los candidatos a mejor largometraje animado.
Poco para destacar, en verdad, del nuevo «look» de esta fiesta, que tuvo en el premio a Eastwood, el discurso de Jamie Foxx y la «venganza» de Jorge Drexler sus mejores momentos.



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