22 de marzo 2001 - 00:00

Coinciden dos muestras de Seguí , un lujo irrepetible

Obra de Antonio Seguí.
Obra de Antonio Seguí.
(22/03/2001) La Galería Rubbers, que abrió sus puertas por primera vez hace 44 años en un viejo local de la calle Talcahuano con una exposición del artista argentino Xul Solar, y que desde entonces dio a conocer a artistas hoy consagrados y de prestigio internacional, continúa su expansión. Además de su tradicional galería de la calle Suipacha 1175, ocupa desde hace una semana los hermosos espacios del segundo y tercer piso del Ateneo Grand Splendid, uniendo así la lectura y el arte.

De Antonio Seguí (1934), artista argentino internacionalmente reconocido y a quien representa en forma exclusiva en la Argentina, se exhiben pasteles, tintas, grabados, linografías, en su mayoría pertenecientes a una de sus últimas series, «Gente de campo», realizada el año pasado. Lo absurdo, lo insólito, la ironía, el humor corrosivo, la ternura, son las marcas distintivas de un artista que ha dado muestras innumerables de su talento. También de aquello que el crítico Damián Bayón señaló en el prólogo de su retrospectiva en el Museo de Bellas Artes en 1991: «Seguí cumple con una utopía a la que aspiramos los críticos: es alguien que cambia todo el tiempo y que paradójicamente es siempre el mismo».

Sería imposible en este espacio enumerar todas sus etapas desde aquellas informalistas expresiones desde comienzos de los '60, pero en una suerte de racconto desordenado son inolvidables sus perros de carácter ominoso que acompañaban a los hombres de impermeable o los «voyeurs» pertenecientes a la serie de «Parques nocturnos», con sus personajes exhibicionistas. «La distancia de la mirada», de un quietismo metafísico, las variaciones sobre «La lección de anatomía», desacralizada por el graffiti o la serie de «Los mitos-Gardel», en la que exalta su leyenda.

Los hombrecitos «Seguí» comienzan a amontonarse en la superficie del cuadro hacia los '80 y alrededor del '87 reflejan la agitada vida suburbana y el anonimato de sus habitantes. Pero ninguno de estos hombrecitos es igual al otro. Sus poses altaneras; sus movimientos rápidos y esquivos; las miradas furtivas que jamás se cruzan; el dibujo aparentemente esquemático; la conjunción del hombre y la casa desproporcionada que parece no contenerlo, una verdadera vorágine que el artista expone crudamente, pero no cruelmente.

Pintor con sello propio, universal, vive en París desde 1963, ama a Córdoba, su ciudad natal, y reconoce al maestro Ernesto Farina como el que le enseñó a ver pintura.

Como se sabe, este generoso artista acaba de donar al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 330 obras entre xilografías, aguafuertes, litografías y litofotografías realizadas entre 1950 y 2000. Ambas exposiciones, un verdadero lujo.

* Aníbal Merlo
, argentino (1949), reside en Madrid desde hace más de veinte años, y la actual exposición en el Centro Cultural Recoleta es su tercera muestra individual en Buenos Aires. Merlo no es definitivamente escultor, pintor, fotógrafo, pero sí, un artista que puede abordar y aunar estas disciplinas con solvencia, como queda claro en esta muestra. ¿Para qué encasillarlo? Si se trata de pintura, sus refinadas texturas, levedades matéricas transparentes, aluden a paisajes soñados o intuidos, sin alardes cromáticos, con alguna forma geométrica, zigurat, laberinto o círculo, que enfatizan su silencio.

Este silencio aparece en sus formas escultóricas mínimas que, aunque se gestan en el taller, provienen de una mirada aguda que las ha captado en el paisaje. Aparecen como restos fósiles, indicadores de una anterior existencia. Pueden corporizarse en barcas, utensilios o trasplantarse como ramas, testimonio del bosque de donde provienen. En cuanto a la fotografía -lugares reales a los que la manipulación digital les confiere carácter ambiguo-, se mezcla a las otras disciplinas, y estos tres lenguajes contribuyen a apreciar una poética que nos sustrae de lo obvio, de lo explícito.

La obra de Lydia Tarica tiene un basamento geométrico, conjunción de curvas que se entrelazan con verticales y horizontales. Pero esta geometría, en cierto modo, es deformada, barrida por el color. Robert Delaunay decía que el color solo es a la vez forma y tema. No sabemos si Tarica sigue los postulados del artista francés que ejerciera una influencia decisiva sobre Paul Klee, pero sus fragmentaciones colorísticas están unidas a la explotación geométrica de la refrangibilidad del espectro luminoso.

Por su carácter cósmico, los elementos constitutivos de las obras están en rotación permanente, de allí el dinamismo que se percibe en «Elevación planetaria», «Amanecer galáctico» o «Luminosidad estelar», por citar algunas. Rigurosas en lo formal, atractivas, las pinturas de esta artista deben observarse con atención, ya que no repite fórmulas ni cae en lo meramente decorativo. Galería Forma, Aráoz 2540.

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