«Pequeña Miss
Sunshine» es un
film que mezcla
con sencillez y
admirable
equilibrio humor
negro, situaciones
delirantes y
personajes
excéntricos, a la
manera de las
comedias
alternativas de
Altman o
Mazursky.
«Pequeña Miss Sunshine» (Little Miss Sunshine, EE.UU., 2006, habl. en inglÉs) Dir: J. Dayton y V. Faris. Int: G. Kinnear, T. Collette, S. Carell, A. Breslin, P. Dano, A. Arkin
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Esta road movie sobre una familia a la que le patina el embrague, igual que la combi con la que viajan desde Albuquerque a California, tiene el encanto de esas comedias alternativas pero nada pretenciosas que cada tanto aparecían en los años '70 filmadas por directores como Altman o Paul Mazursky.
Hay un elenco impecable que sostiene una serie de situaciones delirantes pero siempre creíbles y extremadamente sencillas, logrando que el humor negro y la interacción familiar más cruel que pueda describirse en una comedia, no dejen de mezclarse con la inocencia de la niña que aspira a ganar el concurso de belleza infantil al que se refiere el título. Hay un padre de familia supuestamente normal (Greg Kinnear) que cree que va a hacer un gran negocio, mientras el abuelo Alan Arkin dice los consejos mas sabios utilizando toda la gama de lenguaje blasfemo, constantes referencias a las bala nazi que aún lleva en el trasero, y alegres alabanzas al abuso de drogas duras que considera esencial en la vida diaria de todo jubilado. Un joven mudo mala onda, y un intelectual experto en Proust, con tendencias suicidas por sus trágicas relaciones homosexuales. Más una madre hiper comprensiva y una nena anteojuda con pinta de nerd que piensa que puede ganar el concurso de belleza destinado a nenas disfrazadas de perfectas muñequitas al mejor estilo Shirley Temple.
Todo lo que tiene que ver con la nena se conecta con las películas del mejor -y menos valorado- director indie moderno, Todd Sollondz, que con un tono más agresivo transitó terrenos similares en «Storytelling», «Felicidad» y, sobre todo, «Mi vida es mi vida». La diferencia es que los personajes de los codirectores Dayton y Faris casi nunca superan los límites de lo verosímil, ni tampoco parecen escritos ni pensados como tesis de algo, sino simplemente como opción posible de las variantes de gente rara que anda pululando por ahí como si fuera absolutamente ordinaria.
En ese sentido, cada personaje secundario aporta momentos maravillosos, como la encargada de trámites mortuorios de un hospital, el mecánico que en vez de arreglar la combi explica cómo se las pueden arreglar para arrancarla sin embrague, o el sonidista del concurso de belleza infantil que mira el disco con el que va a bailar la chica protagónica con cierto asombro y alegría (no por nada lo recomendó el abuelo Arkin).
Dada la estética sumamente simple y el ritmo amable y fluido de la película, resultan sorprendentes los antecedentes en la industria del videoclip de los codirectores. Aún los típicos desvaríos argumentales del género y la autoindulgencia para resolver más de una escena sirven para acentuar el carácter genuino de esta comedia negra como las que ya no se filman.
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