29 de marzo 2001 - 00:00
Con sello Bergman, buen drama sobre tentaciones
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Parece la voz del propio Bergman, tal como la recordamos de algunos documentales. Más probable es que sea la de su actual alter ego y vocero, Erland Josephson, que en la película hace el papel del creador, sentado en una exacta réplica del escritorio que éste tiene en la isla de Farö. En cualquier caso, se trata de un detalle interesante.
Como una obra de teatro, el guión original sólo tenía los diálogos, sin mayores indicaciones de tiempo, lugar, ni puntos de mira. De eso se encargó Ullmann, su intérprete y exégeta, que lo conoce lo suficiente como para entenderlo, admirarlo y -hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto- perdonarlo. Sin tocar una palabra del texto, ella orquestó las situaciones y los encuadres a su modo, con lo cual redistribuyó cargos, culpas y castigos de cada personaje.
En manos de Liv Ullmann, la película lleva su tiempo. Al principio, hay que tenerle cierta paciencia. Pero sin darnos cuenta, va creciendo, sigilosamente, con una belleza incómoda, sin tregua, hasta alcanzar casi de pronto un final apabullante, de esos que quedan para el recuerdo y que enseñan algo verdadero, y polémico, acerca de la vida y de las decisiones que cada uno toma en la vida. También enseña algo acerca de Bergman, pero eso es aleatorio. Película ullmanniana, y bien humana, no sólo para bergmanianos, «Infidelidades» es un desafío que vale la pena, de una mujer que, ella también, está alcanzando la sabiduría.




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