29 de marzo 2001 - 00:00

Con sello Bergman, buen drama sobre tentaciones

«Infidelidades» (Trolösa, Suecia, 2000, habl. en sue.). Dir.: L. Ullmann. Guión: I. Bergman; Int.: L. Endre, E. Josephson, K. Henriksson, T. Hanzon, M. Gylemo.

Drama de tentaciones, engaños y descubrimientos tardíos en el seno de una familia aparentemente feliz. Esta historia escrita por Ingmar Bergman comienza con una voz de anciano -levemente temblorosa, pero más que nada sabia, dolida y de muy buena entonación- leyendo una frase del dramaturgo Botho Strauss, algo así como: «No hay nada más doloroso que el proceso de destrucción de un matrimonio. Lo que ocurre durante este proceso es tan perturbador que llega a las raíces más profundas de la angustia».

Parece la voz del propio Bergman, tal como la recordamos de algunos documentales. Más probable es que sea la de su actual alter ego y vocero, Erland Josephson, que en la película hace el papel del creador, sentado en una exacta réplica del escritorio que éste tiene en la isla de Farö. En cualquier caso, se trata de un detalle interesante.

Otros detalles: Botho Strauss es, en estos tiempos, el autor con quien Bergman mejor se identifica, la actriz del film es su actual musa preferida, la impresionante -en varios sentidos- Lena Endre (quien interpretó a la primera novia del padre de Bergman en el biográfico «Con las mejores intenciones»), y la directora es, nada menos, su anterior musa, y esposa, Liv Ullmann. Y agreguemos: el personaje femenino se llama Mariana, como el de Liv Ullmann en «Escenas de la vida conyugal», y la anécdota de «Infidelidades» se basa en un episodio de la vida del propio Bergman. Cabe suponer, por el bien de todos, que dicho episodio no haya ocurrido tal como aparece en el film, ni mucho menos. Lo cierto es que aquí, de un modo artístico, lo vuelca al conocimiento público. ¿Catarsis, indirecta mea culpa, cierre de otro capítulo en el repaso de su vida?

Como una obra de teatro, el guión original sólo tenía los diálogos, sin mayores indicaciones de tiempo, lugar, ni puntos de mira. De eso se encargó Ullmann, su intérprete y exégeta, que lo conoce lo suficiente como para entenderlo, admirarlo y -hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto- perdonarlo. Sin tocar una palabra del texto, ella orquestó las situaciones y los encuadres a su modo, con lo cual redistribuyó cargos, culpas y castigos de cada personaje.

Y (pequeña infidelidad) en buena medida envolvió el tema bergmaniano en su propia temática, la que viene tratando desde su primer film, «Sophie», en adelante: «El amor soñado, el amor recibido, el amor abandonado, el dolor de los hijos ante los vaivenes o los antojos de amor de sus padres».

En manos de Liv Ullmann, la película lleva su tiempo. Al principio, hay que tenerle cierta paciencia. Pero sin darnos cuenta, va creciendo, sigilosamente, con una belleza incómoda, sin tregua, hasta alcanzar casi de pronto un final apabullante, de esos que quedan para el recuerdo y que enseñan algo verdadero, y polémico, acerca de la vida y de las decisiones que cada uno toma en la vida. También enseña algo acerca de Bergman, pero eso es aleatorio. Película ullmanniana, y bien humana, no sólo para bergmanianos, «Infidelidades» es un desafío que vale la pena, de una mujer que, ella también, está alcanzando la sabiduría.

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