La pieza es gentil, nostálgica y bondadosa, elementos que la puesta de Julio Baccaro tiene el buen tino de rescatar. El director ha sabido sacar partido del impecable diseño de los caracteres y todo el elenco se desempeña de manera excelente.
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La escenografía de Patricio Sarmiento e Inés Castro responde adecuadamente al estilo costumbrista, al igual que la iluminación de Daniel Zapietro otorga un tinte de irrealidad que le confiere por momentos las características de un sueño.
«Hay que vivir», dice una de las hermanas, resignada como la Sonia de Chéjov. Y no es casual que pronuncie la misma frase. «Hay que vivir», a pesar de todo, vivir modesta y decorosamente mientras se espera un milagro que tal vez nunca llegue. A veces, inventándose una esperanza como lo hace María Luisa, excelentemente interpretada por Rita Terranova que aprovecha al máximo su personaje un poco ingenuo y apasionado. Como lo intenta Elvira, una entrañable Leonor Manso. Aunque sea disfrazando una casi mendacidad detrás de proyectos irrealizables e inventados, como en el caso de Pío Miranda, destacable labor de Mario Pasik. O el tío Plácido, capaz de entusiasmar como un niño, un querible Miguel Moyano.
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