17 de enero 2003 - 00:00

Contra la TV pero con demasiada ingenuidad

Pepe Monje y Rodolfo Ranni
Pepe Monje y Rodolfo Ranni
«El televidente», adaptación de «El animador» de R. Santana. Dir.: D. Marcove. Int.: R. Ranni y P. Monje. Dis. de Esc. y Vest.: S. Fink. Dis.Ilum.: F. Monti, A. Morelli. («Multiteatro»).

Carlos es un fanático de la televisión, creció junto a ella y en todos estos años ha consumido todo tipo de programa y publicidad sin filtro alguno. Pero, más que un teleadicto, parece haberse convertido en un producto televisivo.

Para Carlos (destacada labor de Pepe Monje) la televisión es espejo del mundo y en ella encuentra su única posibilidad de expresión. Pero un día, enfurecido ante la desidia de los libretistas que deciden dar por muerto a su personaje preferido, secuestra al ejecutivo del canal (un muy convincente Rodolfo Ranni) para que éste viva en carne propia los mismos maltratos que sus televidentes.

El texto de Rodolfo Santana, prolífico autor venezolano de proyección internacional, muy celebrado en su tierra por su teatro social y fuertemente crítico, presenta a la televisión como un siniestro mecanismo de lavado de cerebros que promete salud y felicidad cuando en realidad explota la buena voluntad de los televidentes para obtener más ganancias.

El planteo es legítimo pero en el mundo de hoy suena demasiado ingenuo y anacrónico, ya que deja al televidente en un lugar absolutamente pasivo y victimizado que poco tiene que ver con los nuevos fenómenos televisivos (empezando por los «reality shows») que para bien o para mal mantienen una relación más dinámica con el espectador que la que plantea esta obra.

•Puesta

La puesta de Daniel Marcove se inicia como un thriller psicológico, con un clima muy similar al de «Misery», la novela de Stephen King, pero más tarde la tensión generada entre el secuestrador y su víctima se va desdibujando en escenas jugadas como sketchs cómicos. El episodio en que Carlos obliga al ejecutivo a disfrazarse de mujer, es casi un número de payasos que parece formar parte de otra obra.

El problema de esta puesta, de excelente ambientación escenográfica, es que no logra conciliar la violencia y sordidez de algunas situaciones con los delirantes juegos que propone el infantilizado Carlos. Tratándose de un obra «con mensaje»,
«El televidente» sumaría atractivo y dinamismo si fuera jugada en un tono sostenidamente farsesco y dejando de lado todo indicio de solemnidad.

A pesar del esforzado desempeño de sus protagonistas, la obra se desliza hacia su siniestro desenlace sin que el humor negro que la alienta logre instalarse en escena, quizás por un exceso de pudor.

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