11 de febrero 2004 - 00:00

Cortázar está hoy más allá de lo superficial y efímero

Cortázar está hoy más allá de lo superficial y efímero
M añana se cumplen 20 años de la muerte de Julio Cortázar; en la Argentina (y en Francia, España, México, entre otros países) se multiplican los actos de homenaje del denominado «año Cortázar».

Julio Cortázar
fue un « abremundos», señaló alguna vez su amigo y albacea literario Saúl Yurkievich, un escritor que buscó forjar nuevas perspectivas narrativas y, según definición del autor de «Rayuela», «hacer que la gente se saque la corbata para escribir». Autor de cuentos admirables, cultivador excepcional del género fantástico, Cortázar no se privó de experimentar. Es allí, como en su romántico infantilismo político, donde ha perdido su brillo ( Borges escribió que «Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras», y las del autor de « Bestiario» son tan superficiales como efímeras).

A Cortázar se le descubre pronto, si se lee en forma continuada, la repetición de mecanismos (ya lo señaló, entre algunos elogios, el crítico George Steiner) y su necesidad de sorprender, o como le gustaba repetir a él, «como dicen los argentinos, de impactar».

Mario Vargas Llosa
refiere que «para Cortázar escribir era jugar, divertirse, organizar la vida con arbitrariedad, libertad, fantasía y la irresponsabilidad que tienen los niños y los locos». Sobre «Rayuela», recuerda, «fue un temblor de tierra en el mundo hispano parlante. Esa novela quiebra los fundamentos de nuestras convicciones, nuestros prejuicios de escritores y de lectores sobre los medios y los fines del arte de la novela y amplia las fronteras del género hasta límites impensados». Ese sentido lúdico de la escritura fue lo que más criticó la izquierda, con solemnidad militante, cuando, en los años '70 pasó del «compromiso metafísico» al «compromiso político».

Cortázar
con «Rayuela», su novela emblemática, comenta Francisco Porrúa, editor de sus primeros libros, «había roto ampliamente las fronteras entre el arte popular, el folklore urbano y la literatura, e introducido elementos hasta entonces extraños a un texto literario; en ese sentido es una novela para jóvenes, una novela de iniciación». Hacia fines de los años '60 «Rayuela» se habían puesto de moda más allá del «boom» y todas las chicas de Filosofía y Letras querían parecerse al personaje de La Maga. Eran tiempos adolescentes, de poder joven, happenings, arte pop, comics, collages, Mayo del '68, hippismo, esoterismos, drogas, y Cortázar se había adelantado, en su novela había un poco de todo eso. Pero había más, había también buena literatura, y eso le da su permanencia.

Vargas Llosa
piensa que «como Borges, Cortázar ha tenido innumerables imitadores, pero ningún discípulo». Sin embargo los mundos literario que abrió -y a veces dejó en borrador- como el humor, la mezcla de géneros, el tema de los «piantados», los escritores de malos libros, los sincronismos jungianos, han tenido prolongación, y en varios casos superación, en obras de, entre otros, Alfredo Bryce Echenique, Alberto Fuguet, Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas y Paul Auster.

Gabriel García Márquez
suele explicar sobre Cortázar («ese hombre con cara de niño perverso») que «los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias; Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción». Esa devoción se ha diluido -a Cortázar no le importaba la perennidad de su obra, creía que la tecnología arrasaría con la literatura-si bien se le critica el que se haya manejado con códigos maniqueos (lector hembra versus lector hombre, cronopios frente famas, soñadores frente a solemnes) se mantienen el indudable valor de muchísimos de sus cuentos, y la capacidad de riesgo artístico que enfrentó en sus novelas.

Julio Florencio Cortázar
que nació en Bruselas, donde su padre, Julio Cortázar, era agregado diplomático, el 26 de agosto de 1914, y murió el 12 de febrero de 1983 en París, está enterrado en el cementerio de Montparnasse. Fue profesor en escuelas de Banfield y Chivilcoy, y enseñó Literatura Francesa en la Universidad de Cuyo. Luego fue gerente en la Cámara Argentina del Libro. En 1951 con una beca del gobierno francés viajó a París, su antiperonismo hizo que se radicara allí; en 1981 el presidente Mitterrand le otorgó la nacionalidad francesa. Realizó traducciones de Poe, Yourcenar, Defoe, Chesterton, entre otros. Escribió poemas, cuentos, novelas, ensayos, misceláneas. Entre sus obras se destacan: «Bestiario» (1951), «Final de juego» (1956"), «Las armas secretas» (1959), «Los premios» (1960), «Historias de cronopios y de famas» (1962), «Rayuela» (1963), «Todos los fuegos el fuego» (1966), « Octaedro» (1974), «Queremos tanto a Glenda» (1980).

Tres mujeres marcaron sus vida. En 1953 se casó con Aurora Bernárdez, con quien, se dice, tuvo un matrimonio blanco. En los '70 con la lituana Ugne Karvelis, lectora de Gallimard, que le hizo realizar un tratamiento hormonal que le cambió el aspecto, y lo impulsó a participar en política. Hacia el fin de su vida se casó con la fotógrafa canadiense Carol Dunlop, que lo devolvió al interés por los «juegos literarios».

Máximo Soto

Dejá tu comentario

Te puede interesar