25 de febrero 2002 - 00:00

Coscia: "No estamos en el Titanic, sí en el Poseidón"

Jorge Coscia
Jorge Coscia
(25/02/2002) En su despacho, involuntariamente rodeado de afiches sugestivos («Fin de fiesta», «Dios se lo pague» -que antes estaba en Contaduría-, y «El último perro»), el nuevo director del INCAA, Jorge Coscia (7 largos, unos 50 documentales para TV y video, una hija en preescolar), se asombra de su destino: «Hace 25 años entré por esa misma puerta, como alumno de la escuela de cine del Instituto. Alguna vez imaginé ser agregado cultural, como de chiquito fantaseaba con ir a Disneylandia. Pero esto...»

Periodista: ¿Realmente nunca quiso ser director del INCAA?


Jorge Coscia.:
Ocurrió, y seguramente me lo busqué. En este sentido: tengo una opinión pública, sobre el país, la cultura, el cine, y la comparto con quien hoy es Secretario Nacional de Cultura, Rubén Stella. Hasta hay una película, «El general y la fiebre», hecha entre ambos, que testimonia ese pensamiento compartido. En síntesis, compartimos esa fiebre.

P.: Y les toca un buen baile.

J.C.: Si habla del INCAA, el barco está bien, funciona debidamente. El problema es el mar de fondo por donde debemos navegar. Si hablamos del país, algunos lo comparan con el «Titanic». Yo diría el «Poseidón»: a flote, pero todo dado vuelta.

P.: Retrocediendo a mejores tiempos, ¿es cierto que usted fue alumno de Blas Matamoro?


J.C.:
¿Cómo lo sabe? Fue mi maestro de quinto grado (lo que ahora es sexto), el responsable de mis primeras incursiones en la narrativa, el primero en estimularme. Decía que era imaginativo. Lo he seguido, lo releo en ediciones de sus años más apasionados, y me pregunto si seguirá pensando lo mismo.

P.: ¿Y cómo llegó a Jauretche?

J.C.: A don Arturo Jauretche recién lo conocí cuando ya era best-seller. Bueno, no sé si le gustaría esa palabra. O se reiría. Sus cartas con Victoria Ocampo prueban que tenía buen humor, y no era sectario. Con alegría, veo que ahora los chicos lo redescubren, gracias a un tema de Los Piojos, «San Jauretche».

P.: «Yo le pido a San Jauretche/que vuelva la buena leche./Que acaben todos los males,/y paguen los criminales...»


J.C.:
Las generaciones empiezan a tenderse puentes. Para mí es un imprescindible, un ejemplo de sentido común, en un país donde quienes intentamos emplear el sentido común nos sentimos bichos raros. Y debemos emplearlo, para que nos ayude a reconstruirnos, a orientarnos. Son años de desmantelamiento de la autoestima. ¿Cómo puede ser que en Argentina tengamos que pedir disculpas por usar palabras como Patria? ¿O que aceptemos que un grandulón austro-americano se permita hacernos bromas sobre los presidentes argentinos, sin retrucarle ni pararle el carro?

P.: Es que es grandote. A propósito, alguna vez usted escribió acerca de aplicar al cine el «Manual de zonceras argentinas».


J.C.:
Hace tanto que apenas recuerdo. Pero hay una zoncera que todavía circula: «El Estado no debe ayudar a la industria cinematográfica». Esa es prima hermana de otra zoncera mayor, que concibe al país con ojos ajenos. ¡Si la propia Norteamérica tiene fomentos directos (como los estados que reintegran gastos a quienes filman en sus locaciones) e indirectos! Si no se lo fomenta, el cine no existe. En la propia Italia arrasada de posguerra, la primera actividad que se puso en marcha fue el cine. ¿Sabe por qué? Porque es una industria cultural: no sólo provee fuentes de trabajo, de alimento, sino que también es alimento para el alma. Y una gran vidriera para el país.

P.: Eso me recuerda que, en otra ocasión, usted también escribió «Vendámosle cine a Hollywood».


J.C.:
Al fin alguien se acuerda. Lo dije cuando teníamos 150 premios internacionales, pero solo unos pocos íbamos al American Film Market. Allí logré vender «Cipayos» a varios países, y bastante bien. Hay que usar el trampolín de un gran mercado, tener el sentido común de marketing de la boliviana, que no se sienta en la esquina, sino en la misma puerta del supermercado, a vender albahaca fresca, y otras cosas que el supermercado no tiene, o vende mal. Nosotros tenemos abundante material, variado, de calidad, a precios más accesibles que los de Hollywood. Venderemos el 0,001 por mil de lo que ellos facturan, pero igual, para nosotros sería mucha plata.

P.: ¿Alguna otra idea?

J.C.: Sí. También debemos publicitar nuestros escenarios, para que las industrias fuertes vengan a filmar acá. Ahora el dólar los favorece, y la infraestructura que reclamaban en los '80 (teléfonos, autopistas, etc.), ya está. En abril hay un mercado internacional de locaciones en Santa Mónica. Allá iremos, a poner un stand para recordarles dónde hicieron «Highlander», «La Misión», «Siete años en el Tibet», y otras megaproducciones. La sociedad espera que el cine genere trabajo. Esta es una posibilidad.

P.: ¿Lo haría reflotando Argencine, como se intentó en los '80?


J.C.:
No creo que haya que armar estructuras. Prefiero la optimización, y el reciclado, por no decir bricolage. Por ejemplo, se supone que una embajada debe promover el país. Hay que proveerle folletos, casetes.

P.: ¿Y los desesperados locales que, entre tanto, piden créditos y subsidios para filmar en estos días, sin más demora (porque lo habitual es filmar en verano lo que se verá en la temporada de invierno)?


J.C.:
En principio, estamos tratando de responder a las obligaciones contraídas por la gestión Onaindia. Hay políticas de Estado que deben sobrevivir a los cambios de gobierno, sobre todo cuando, como en este caso, encontré el INCAA bien encaminado. El problema es que lo encontré con dos meses de atraso, y todo se acumula, en un complicado juego de prioridades. Para desinflamar la situación, debemos lograr la disponibilidad de los fondos fuera de presupuesto. Tratamos que esos fondos -hoy en manos de Tesorería-sean de disponibilidad directa para el INCAA. Pienso en un fondo fiduciario, y un Instituto autárquico, a fin de impulsar la producción. Esto se corresponde con lo que el presidente Duhalde ha señalado, de poner en marcha la producción, como estrategia para conseguir que seamos de nuevo un país normal. Sería revolucionario, que seamos un país normal.

P.: Seguramente, dada su propia experiencia, alentará a cortometrajistas, documentalistas, videastas...


J.C.:
Estoy dispuesto a abrir el campo. Son costos menores, cuya difusión debe optimizarse, y hasta exportarse. Me gustaría seguir con la producción de telefilms que inició Onaindia, impulsar un largo de «Danzas breves», como lo de «Historias breves» (para el que ya hubo llamado a concurso), etc. P.: ¿Y en cuanto a exhibición en salas?

J.C.: Como en los aviones, los momentos más riesgosos de las películas son el despegue, y el aterrizaje. Mucha gente termina estrenando en pésimas condiciones. Y no puede ser que una película con créditos estatales, una película fomentada, resulte desvalida justo en la etapa final. Aquí está el nudo gordiano. En una etapa alocada y fundamentalista, podría haber soñado con un sistema proteccionista. Pero hoy yo festejo que haya 900 salas, y no 400 como en los '80. Eso significa inversión, riesgo, entonces no se puede imponer una cuota de pantalla, que condene a los exhibidores a perder plata. Pero por otro lado, una película fomentada no puede lanzarse solamente con una copia en la sala Tita Merello y unos pocos anuncios por Canal 7. Si es así, completemos dándole al productor y al director una pastilla de cianuro.

P.: ¿Entonces?

J.C.:
De ningún modo me quiero precipitar, porque esto sería clave en mi gestión: debo ver los aspectos legales de un sistema de difusión sponsoreada. Por ejemplo, hay empresas que eligen asociar su imagen con el Centro Cultural Borges. Debe ser posible, que otras quieran asociar su imagen con el cine argentino. Se trata de una marca con productos variados, de diferente costo, que en total capta casi 20% del mercado local, se sabe defender, a veces incluso encabeza taquillas, y hasta puede exportarse. Esto es un poco como una marca de cigarrillos, con sus diversas marquillas. Lo que no vamos a poner, es una leyenda que diga «El cine argentino es perjudicial para la salud».

P.: Pero, ¿y esas películas que nadie se banca?

J.C.:
Esa es otra zoncera criolla: «Se gasta en películas que nadie ve». Cuando alguien hace una obra, nunca sabe lo que va a pasar. Pero lo que menos piensa, es que nadie la vea. Muchas de estas cosas las he vivido en carne propia: estrenamos «Chorros» cuando el Plan Austral se derrumbaba, y «Cipayos», en plena crisis del '89, cuando ni siquiera prendían la luz en la calle Corrientes. Aún así hicimos 100.000 espectadores.

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