Isabel Allende «Mi país inventado» (Bs.As., Sudamericana, 2003, 220 págs.) N o es la primera vez que Isabel Allende habla de su vida y de su ambivalente relación con Chile, país del que debió exilarse en el '75. Ya lo hizo en «Paula» (1994), libro de memorias donde describe la terrible enfermedad que acabó con su hija mayor luego de un largo período en coma. En aquella ocasión, la escritora se ocupó de evocar sus recuerdos de infancia y juventud como una manera de exorcizar la muerte y de acompañar a su hija en tan duro trance. Quienes hayan leído ese libro no encontrarán mayores novedades en «Mi país inventado», al menos en lo que atañe a las fabulosas andanzas de esta escritora, que conoció el desarraigo del exilio, pero también la fascinación de convivir con diferentes culturas.
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Tal vez el verdadero objetivo de este libro sea difundir la cultura chilena en el mundo y promover el interés turístico de sus paisajes, tomando por cicerone a una de las personalidades chilenas más famosas del mundo. Con su gracia coloquial y distendida, Allende interpela al lector invitándolo a conocer la bella geografía de su país, sus vinos y sus mujeres. También, hace un poco de historia (siempre de oídas y sin recurrir a bibliografía alguna) y se despacha largamente sobre el ser nacional. Pero, pese a sus esfuerzos no lo deja muy bien parado, salvo en lo referido a su naturaleza hospitalaria.
Según Allende, Chile es un país lleno de machistas, demasiado apegado al catolicismo y con un rígido sistema de clases decididamente racista. Se trata de un lugar muy interesante para visitar, pero no para quedarse a vivir. La escritora intenta compensar tantos defectos, citando los más grandes productos que dio la cultura chilena: «dos premios Nobel Pablo Neruda y Gabriela Mistral, los cantautores Víctor Jara y Violeta Parra, el pianista Claudio Arrau, el pintor Roberto Matta y el novelista José Donoso». La mención a la Guerra de las Malvinas (Allende atribuye «el vergonzoso apoyo a Inglaterra» de los chilenos, a la ancestral admiración que éstos sienten por los ingleses) es uno de los tantos ítems que Allende aborda con frivolidad y desinformación en verdad alarmantes. Entre otras cosas, se lamenta de que no hayan llevado sangre africana a Chile: «nos hubiese dado ritmo y color». Pero luego se enoja al recordar a un «afroamericano» -empleado de la oficina de inmigración de Estados Unidos-que se resistió a considerarla de raza blanca. La creadora de «La casa de los espíritus» y «Retrato en sepia» decidió escarmentarlo abriéndose la blusa. Es que Isabel Allende ya se considera «una más dentro de la variopinta población norteamericana, tanto como antes fui chilena». Según dice, el atentado a las Torres Gemelas del 2001, la obligó a tomar posición. Además, en Estados Unidos están su marido, su hijo, sus nietos, sus principales amigos y sus libros.
Como se verá, las opiniones de la autora abren polémica a cada paso, pero entre sus excéntricas anécdotas familiares y algunas citas poéticas que toma prestadas a Neruda, su crónica turística adquiere, por momentos, un tono más amable.
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