13 de diciembre 2002 - 00:00
"Cuando empezó a pintar, la gente creyó loco a Figari"
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Periodista: ¿Cuál es el Figari que prevalece en su libro? Julio M. Sanguinetti: El doctor, el filósofo, el educador, el presidente del Ateneo, el abogado y el hombre de la República le hicieron mucho daño al artista que, pisando los 60 años, comenzó a pintar esos gauchitos y esos mulatos un poco borroneados; tanto, que la gente pensó que eran más un acto de vejez que una nueva juventud. A la inversa, consagrado el pintor en Buenos Aires y en París, la posterioridad perdió al doctor, y yo he querido rescatarlo no sólo a él sino a su tiempo porque me parece muy importante que el Río de la Plata reconozca esta figura.
P.: ¿Cuáles fueron esos aspectos que usted pone en foco en el libro?
J.M.S.: Figari fue un hombre que emergió como penalista, y su alegato sobre la abolición de la pena de muerte sigue vigente; es un filósofo cuya visión de la ciencia y del arte siguen estando vigentes también y, sobre todo, un educador que planteó una concepción de la educación volcada a la politécnica que nos desafía. Renegaba de generar un proletariado intelectual de frustrados que sólo logra tener destino en la burocracia del Estado, como producto de esa enseñanza que él queria reformar. Era un industrialista, como típico hombre de fin de siglo XIX; creía en el progreso, la ciencia, los ferrocarriles y las máquinas pese a ser un abogado y un humanista. Tenía una concepción del diseño industrial que luego desarrolló la Bauhaus: en realidad, hizo la Bauhaus antes de la Bauhaus.
P.: ¿Qué relación encuentra con usted? Fue un liberal...
J.M.S.: Fue diputado Colorado, como yo. Y yo también soy abogado, me gusta el arte, he sido Ministro de Educación y he impulsado reformas en la educación.
P.: Usted le gana en que fue presidente, y dos veces.
J.M.S.: (Ríe) Sí, pero él me gana como pintor... y muy lejos.
J.M.S.: Cositas de domingo. Uno no pretende compararse, pero se identifica con alguien de intereses tan variados.
P.: Borges dijo «Figari pinta la memoria argentina».
J.M.S.: En todo el Río de la Plata, obviamente, es un pintor emblemático que pintó la leyenda del Río de la Plata. En el Uruguay no es muy conocida toda su otra trayectoria y en la Argentina es casi desconocida.
P.: Liberal, reformador, masón grado 33, desarrollista...
J.M.S.: Tenía la filosofía del progreso. Era la influencia de Spencer, del positivismo, de Darwin. Figari fue un evolucionista permanente. El decía que pintaba trogloditas, arquetipos humanos. Y pintó trogloditas, indios, negros, gauchos, salones, elementos arquetípicos de la evolución humana. El filósofo spenceriano está presente aún en el artista, pese a que su pintura parezca tan espontanea, tan natural. A algunos les parece hasta ingenua, un error porque si hay un producto intelectual en el arte rioplatense ese es Figari.
P.: También mezcló al teórico con el artista.
J.M.S.: Normalmente los artistas que han sido teóricos lo fueron después. Es muy raro su caso en eso, él primero hizo una teoría de lo que llamó «el arte regional» y luego la aplicó. En su teoría sostenía que tenemos que desarrollarnos a través de nuestros propios ingredientes usando el lenguaje universal. Decía: tenemos los motivos nuestros pero no los hagamos como folklore sino a través del lenguaje del mundo contemporáneo, de la universalidad, de la modernidad. En el Uruguay no lo entendieron, veían esos gauchitos borroneados de sus cuadros y decían «pobre don Pedro, ¿qué le está pasando?». Por suerte en la Argentina lo entendieron desde su primera exposición. Manuel Güiraldes (padre de Ricardo) vio sus obras y lo llevó al grupo Martín Fierro, que lo adoptó. Allí pasó a ser una especie de patriarca porque esos muchachos muy jóve nes - Borges, Girondo, Mare-chal-estaban intentando hacer lo mismo en literatura. Buscaban superar la etapa de Hernández, del nativismo, del gaucho que habla con voz de gaucho, para hacer lo de Borges, lo de Ricardo Güiraldes, es decir una literatura moderna, universal, con nuestros temas. Cuando uno mira a Figari piensa: es la ilustración de «Don Segundo Sombra», de los compadritos de Borges. Era natural que lo entendieran, pero el tuvo la suerte de que lo entendieran. Eso le abrió un camino y también lo salvó económicamente, porque don Manuel Güiraldes lo amparó, le vendía sus cuadros a sus amigos del Jockey Club, de la Sociedad Rural, e inclusive fue el que lo administró en su vida en París.
P.: En 1925 se fue a París.
P.: ¿Cómo nació en usted la idea de esta biografía?
J.M.S.: Don Juan Pivel Devoto, un gran historiador, fue el que me metió en este tema hace ya muchos años...
P.: Un hombre del partido blanco.
J.M.S.: Era blanco, pero un gran amigo mío. Cuando el Estado compró el archivo de Figari, sus cartas y pertenencias, a su hijo, don Juan me llamó, estábamos en plena dictadura, y me dijo: «métase ahí en la biblioteca y dedíquese a revisar este archivo porque es para usted. ¿Sabe por qué? Porque tiene que ser alguien que sea abogado, que entienda de política, que le guste el arte, que comprenda la educación; es para usted». Fue ahí que empecé, luego lo abandoné, y ahora lo realicé.
J.M.S.: El historiador Pivel, a un Figari ya viejo, le preguntó: «¿Usted no tiene memorias escritas?» Figari le dijo: «Yo no escribo mis memorias, las pinto. Pinto con la luz del recuerdo. Trato de reconstruir la leyenda del Río de la Plata». Alejo Carpentier, que conoció a Figari en su estudio, escribió: «los latinoamericanos tenemos un privilegio: podemos conocer a nuestros clásicos porque son contemporáneos nuestros, Rivera, Figari, Villa-lobos». Y más que nunca en tiempos de crisis debemos rescatar el valor de estos grandes personajes. Cuanto más crisis haya más uno tiene que empecinadamente tratar de hacer lo mejor que puede de aquello que cree que sabe. La época de Figari es la más completa del Río de la Plata; ninguna otra marcó tantas modalidades del pensar, del saber y del hacer. Hoy en un Río de la Plata en crisis, confuso y vacilante, más que nunca tenemos que vernos en el espejo de esos hombres del progreso, convencidos de lo que estaban haciendo, fanáticos de sus ideas y que las llevaban a la práctica con ese sentido de compromiso que tuvo Figari.

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