27 de agosto 2008 - 00:00

"Cuatro minutos"

MonicaBleibtreu yHannahHerzsprung,maestra ydiscípula,protagonizan elbuen drama«Cuatrominutos».
Monica Bleibtreu y Hannah Herzsprung, maestra y discípula, protagonizan el buen drama «Cuatro minutos».
«Cuatro minutos» («Vier Minuten», Alemania, 2006; habl. en alemán). Dir.: Chris Kraus. Int.: M. Bleibtreu, H. Herzsprung, S. Pippig, R. Müller, J. Tabatabai.

La extraña relación que, en el cine de las dos últimas décadas, se ha establecido entre el piano y los seres torturados (los ejemplos abundan) también se cumple en «Cuatro minutos», intrigante film alemán de Chris Kraus.

Interpretado centralmente por dos notables actrices, Monica Bleibtreu y Hannah Herzsprung, el enfermizo vínculo entre ambas es mucho más interesante que la convencional etiología de sus personajes.

La anciana Frau Kruger (Bleibtreu) es la solitaria y pétrea profesora de piano de una cárcel, cuyos cuatro únicos alumnos, sobre una población de trescientos convictos, pone en peligro la continuidad de su puesto. Así se lo hace saber el despectivo carcelero mayor, llamado Meyerbeer pese a su dudosa sensibilidad por la ópera francesa del siglo XIX.
La joven Jenny (Herzsprung) es, por muchas razones, la reclusa estrella: intemperante, rebelde y violenta, aunque beneficiada por el don de improvisar jazz hasta con las esposas puestas a sus espaldas. Pero para Frau Kruger, incondicional de Mozart, Beethoven y Schumann, el jazz es esa horrible «música de negros». No haría falta que el guión aclarara desde cuándo y dónde adhirió ella a esa valoración estética y racial.

Sin embargo, no sólo se explicita el pasado nazi de la profesora, quien sobre el final de la guerra ya enseñaba piano y servía como enfermera en un hospital de la Wehrmacht, sino que además, allí mismo, se enamoró de una prisionera que habría de fijarle, por el resto de su larga vida, una patológica fidelidad a ese recuerdo fantasmático.

Esa definición tiene menos que ver con una profundidad de personaje como con la convención mencionada antes: lesbianismo, nazismo y talento musical (con una ineludible referencia al controvertido director de orquesta Wilhelm FurtwTMngler, quien la tomó como discípula y sobre quien profesa ella, hasta la actualidad, una adoración absoluta). Un personaje secundario, inclusive, confunde el retrato que ella tiene de FurtwTMngler en su living espartano con el de su esposo: «Yo sólo me casé con la belleza», responde Frau Krüger.

De igual modo, el pasado más breve de Jenny se asienta sobre otro tipo de infiernos: el incesto, el crimen y la injusticia. Mucho más interesantes que tales lastres, que hasta pueden llegar a ser distractivos, es la intensa y casi perversa relación que se da entre ambas en el presente del drama: un vínculo duro y frágil a la vez, en el que no queda duda sobre quién detenta el verdadero poder.

Posiblemente un autor más elusivo, como Michael Haneke, no se hubiera extendido en los antecedentes personales de sus protagonistas, y así la compleja relación de amor y odio entre maestra y discípula habría tenido una densidad mayor, no tan unilineal y explicativa según el modelo de causa y efecto históricos. Pero, más allá de ese reduccionismo, el drama tiene una lógica sólida y hasta cierta emotividad, sobre todo en las escenas finales.

Entre los personajes secundarios, aunque de incidencia directa sobre la evolución de la historia, sobresale el del carcelero afecto a la trivia musical, que mantiene con Frau Kruger el juego de citar pasajes de ópera para reconocer a qué título pertenecen. Su participación en un programa de televisión es uno de los raros momentos de humor de esta película, aunque de posterior derivación trágica. El final puede ser un tanto excesivo, pero no deja de ser brillante.

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