16 de abril 2009 - 20:59

«Cuatro vidas y un destino»

«Cuatro vidas y un destino» («The Air I Breathe», EE.UU., 2007, habl. en inglés); Dir.:J. Lee. Int.: K. Bacon, J. Delpy, B. Fraser, A. García.

El laberinto de la repetición

Esta película es del género Pancho Ibáñez, vale decir, «todo tiene que ver con todo». Hay cuatro figuras básicas, más o menos manejadas (o «intervenidas») por una quinta: un corredor de bolsa corre desesperado, un matón que siempre se la ve venir esta vez no la ve a punto, una cantante pop trina a pura lágrima, un médico es todo amor con la mujer ajena, y un capomafia tiene el mal hábito de señalar con el dedo ajeno. Hay también una sexta figura básica, y hasta diríamos mentalmente básica, pero no la diremos. Tampoco el autor lo dice todo.

El autor, pobre, es un neoyorkino de origen coreano, Jieho Lee, cineasta independiente que empezó a armar esta cinta en 2001 y pudo terminarla recién en 2007. Inspirado en las estructuras de enredos corales de «Magnolia» y «Amores perros», cuando la presentó sus posibilidades de sorpresa ya habían sido superadas por «Crash-Vidas cruzadas» (Paul Hagis, 2004), con la que tiene varios puntos en común, y no sólo perdió el factor sorpresa sino que ahora encima dicen que quiso imitarlo, y que ese tipo de cine ya pasó de moda. Las modas vuelven, no hay problema, y además este enredo, aunque algo oscuro y pretencioso, es lo bastante ágil como para entretener a cualquiera, siempre que sea un tipo despierto y no muy exigente, ya que se le ofrece un juego de vidas cruzadas a resolver, con varios flashbacks, cortes de montaje y de los otros, porque también es medio sanguinolento, algunas frases filosofales diseminadas por ahí, y unos cuantos gritos también. Andy García es medio insoportable.

Por lo demás, el elenco tiene su renombre, sobresaliendo Forest Whitaker, al que hacen correr como si en vez de una película al fin estuviera haciendo un régimen para adelgazar. Bueno, en el propio film varias cosas encierran algo distinto de lo que inicialmente parece. Ah, olvidamos la séptima figura, que para unos puede ser poética, y para otros un noble bruto que corre en la séptima, con «efecto mariposa». De nuevo, «todo tiene que ver con todo». ¿La moraleja? Ya la dijo Gardel y la refrendó

Louis Armstrong en inglés, «contra el destino nadie la talla» («Adiós, muchachos», de César Vedani y Julio César Sanders).

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