Cynthia Cohen: la naturaleza muerta a escala monumental
En la exposición de Pasto replicó la emoción, la firma, los colores y la pincelada.
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Cohen. Músicos en plena ejecución de un quinteto de cuerdas y piano, otro homenaje de la artista a su abuelo.
En “Pan Dulce”, la muestra de pinturas de Cynthia Cohen en la galería Pasto, reinan naturalezas muertas con dimensiones monumentales. Recién ahora, con 20 años de trayectoria y un oficio sólido, Cohen homenajea a su abuelo, el pintor de La Boca Juan Carlos Faggioli (1910- 1996). Pero los pequeños bodegones de su antecesor siempre han estado presentes. De la obra del boquense provienen, sin dudas, los enormes ramos de flores que se vendían como pan caliente en arteBA. Y ¿hasta qué punto la presencia de ese abuelo consolidó la carrera de una pintora empecinada, que no falta ni un día al taller?
Cohen cuenta que, con el procedimiento de transportar las pinturas de breve formato a la inmensidad de sus telas, logró otorgar a las obras el carácter contemporáneo. Y describe el placer que le procuró trabajar la materialidad de la pintura. El académico José Emilio Burucúa, analiza justamente a los pintores boquenses y el papel que, en la rutina del quehacer pictórico, ocupan el oficio y, de algún modo, también, las pasiones. “Aquellos artistas investigaron las vertientes emocionales e intelectuales de la actividad estética. Quisieron resolver el tema mediante las prácticas minuciosas de colocar pigmentos con el pincel, extenderlos, combinarlos, yuxtaponerlos sobre los soportes, y de dibujar con la carbonilla sobre las imprimaciones o bien con el mismo pincel sobre las veladuras, atentos al mejor modo de hacer aparecer las formas y a la manera más directa de registrar, mediante la mano y el ojo, el desenvolvimiento a menudo aluvial de las emociones”. Cohen se puso en la piel de Faggioli, replicó la emoción, la firma, los colores y la pincelada, y aprendió a utilizar pigmentos y espátulas para los densos empastes del óleo. Si bien las obras actuales irradian la energía y vitalidad de lo nuevo, arrastran también la simplicidad de ese tiempo de inocencia incomparable.
En el cruce de las Avenidas Paseo Colón y Brasil, el llamativo conjunto de flores, frutos, pescados y hasta huevos fritos, luce detrás de los muros de vidrio. El gran formato de los bodegones es el sorprendente atributo de Cohen, semejante a su anterior amplificación de las joyas y piedras preciosas. Pero más allá de la dimensión, supo encontrar las características del arte actual escondidas en esos pequeños cuadros donde resuenan las pinturas de Tiglio, Menghi, Diomede o Lacámera, y las trajo hasta el presente, sin restarles identidad. Y todo el ayer reaparece en la obra de Cohen. Cuando Georges Didi-Huberman habla de “la admiración visual”, señala cómo surge este sentimiento en el tiempo actual, también en el que vendrá y, a la vez, en el que ya fue: “La gracia de la imagen suscita, pues, además del presente que nos ofrece, una doble tensión: hacia el futuro, por los deseos que convoca, y hacia el pasado por las supervivencias que invoca”. El propio Didi-Huberman cita la paradoja de Winckelmann, que dice: “El único medio para llegar a ser grandes y, si es posible, inimitables, es imitar a los antiguos”.
Por lo demás, Faggioli no fue un pintor dominguero. Lo único que hizo en su vida fue pintar. La muestra se llama “Pan Dulce” porque con esa obra ganó un premio nacional que le entregó Eva Perón. Cuenta su nieta que conoció momentos de gloria en los años 40 y en los 50, hasta los 60, cuando surgieron los artistas del Instituto Di Tella y los pintores de caballete quedaron fuera del circuito. “Él se jugó, hizo declaraciones públicas y tengo recortes de los diarios que publicaron sus críticas a Romero Brest. Decía que usaba el Museo de Bellas Artes como el living de su casa. Era amigo de Larrañaga, Russo, Berni. Y no era un abuelito tierno”, observa Cohen.
En un rincón de la sala se divisan unos músicos en plena ejecución de un quinteto de cuerdas y piano. Las figuras obscuras se recortan sobre la superficie celeste y rosada, el escenario parece un cielo. Faggioli amaba la música, donó una importante colección de discos a Radio Nacional y organizó una muestra de músicos en el teatro Colón. Fue uno de los pocos artistas a los que Borges le escribió unas líneas para un catálogo que tituló “De la pintura”, donde dice: “Todos los seres luchan con el tiempo, que finalmente los destroza y olvida; los más lo ignoran, porque les falta la conciencia del tiempo. Ya Séneca observó que los animales viven en un presente puro, sin antes ni después; ya Yeats, partiendo de la filosofía de Berkeley, acuñó su espléndida línea: El hombre ha creado la muerte. A semejanza de las otras artes, la pintura es un medio, quizá el más eficaz y tangible de rescatar algo de lo que se llevan los siglos”.
La curadora Florencia Qualina asegura que la obra de Cohen es producto de “una operación conceptual acerca del género bodegón/naturaleza muerta”. El término “conceptual” legitima frente a los teóricos de esta tendencia dominante, la inocultable vertiente sensible de “Pan Dulce” y su franca ostentación de la belleza.



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