Terry Gilliam,
director de
«Brazil» y
«12 monos»,
no hizo buen
papel en San
Sebastián
con
«Tideland»,
vagamente
emparentada
con «Alicia en
el país de las
maravillas».
San Sebastián - «Tideland», la nueva película de Terry Gilliam, ha resultado un precioso divague relativamente emparentado con el lado más incómodo de «Alicia en el país de las maravillas» y el más confuso de su lejana «Bandits» («Aventureros del tiempo»), un divague que provocó deserciones masivas, no sólo del gran público, sino incluso de muchos críticos que hasta ahora ansiaban verla.
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En inmediata conferencia de prensa, grandote, de cara colorada y camisa de colores tan vivos que parecía un guacamayo, el hombre se rió abiertamente del hecho. «Deben abordar el film con ojos de niño. Si son unos adultos estúpidos, mejor ni se gasten», dijo. «Gracias por tratarnos de estúpidos», protestó un crítico, y varios lo aplaudieron. «No me di cuenta de que la mayoría de los presentes eran estúpidos», siguió Gilliam muy divertido (como en los westerns, «cuando me diga eso, sonría»).
La cuestión es que siguió adelante, y se terminó ganando la sala. «Ustedes se olvidan de cuántas otras películas mías se han ido antes del final, y hoy las recuerdan casi como clásicas. Además hace siete años que no filmo, y entretanto han proliferado las producciones demasiado fáciles, y los sueños poco imaginativos. La mayoría de los sueños actuales proviene de la televisión. Soñamos con un auto más bonito, papel higiénico más suave, y mejor comida para el perro. Estamos más ansiosos. Y nos obsesionan las cifras. Cada acontecimiento se define por cifras. Las cifras son interesantes, pero por ahí no va la vida».
Tras un «Quijote» abortado al comienzo del rodaje (justo le descubrieron cáncer de próstata al protagonista), Gilliam ha vuelto con «Los hermanos Grimm» («comoa ellos, me gustan las historias primarias, potentes, los mitos originales») y con este «Tideland» bastante repelido. Sin amabilidad le recriminaron que duraba 122 minutos. ¿No pudo cortarla un poco? «Algo le cortamos, quedó más corto, pero no mejor. Nada es largo ni corto, solo depende si es cautivante o no. Además no es larga. Los créditos finales son largos».
Otro protestó porque no había encontrado la parte optimista del cuento. «Bueno, creo que hay algo optimista, al final la niña se encuentra en manos relativamente seguras». ¿Acaso el final no dulcifica cierto abuso sexual? «Es un sueño muy inocente de una niña muy fina, al borde de la pubertad, anhelosa de amor, y con la mente más joven que el cuerpo. Esto pone nerviosos a los adultos, sobre todo a los hombres. Pero las mujeres recuerdan haber pasado por esa misma etapa, y sonríen».
¿Pero cómo vivió eso la niña protagonista? «Ella tiene nueve años y medio, y es tan sabia. No la dirigí, básicamentela seguí. Los niños saben más de lo que pensamos, y pasamos demasiado tiempo queriendo meterlos en una caja. Tengo 64 años, y al fin he descubierto a mi niño interior. ¡Es una niña!»
Hasta ahí, la conferencia. El resto del día se repartió entre diversas presentaciones (divertida, la de Javier Fesser anunciando el IV Notodofilmfest.com de cine destilado), inauguraciones (lo mejor, las fotos de rodaje de «8 y medio» que sacó Gideon Bachmann), discusiones (por ahí la ministra Carmen Calvo pretendió achacar a la administración anterior todos los males presentes en la actual RTVE), toda una jornada de Cine Vasco, donde hasta «Spy Kids 3D» se vio en el Velódromo doblada a la lengua del lugar (así los niños van tomando el hábito desde temprano), y la visión de otras películas en competencia: «Defosaenfosa», todo junto, comedia eslovena chiquita, que empieza bien y luego se entierra sola, y «O veneno da madrugada», nuevo acercamiento de Ruy Guerra a la literatura de García Márquez con resultados medio bochornosos, más cerca del teatro gritado que de «La mala hora» original.
En paralelas, se destacaron la comedia turca «Oyun» (su directora también es muy destacable, siempre sonriente y de cabello suelto, ondulado), «Jogo subterraneo», buena versión paulista del cuento «Manuscrito encontrado en un bolsillo», de Julio Cortázar.
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