29 de marzo 2001 - 00:00
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Héctor Zimmerman.
«El lenguaje humano nace de la tierra: de ella emana todavía el olor húmedo de los terrones». A Héctor Zimmerman le gusta citar esta frase escrita por Anatole France a comienzos del siglo XX, y también declarar: «No soy académico», a punto de comenzar la charla con este diario.
Con la quinta edición en la calle, en menos de dos años, Zimmerman reconoce que la tarea lo ha puesto en riesgo de «mirar sólo el vidrio y no ver a través de él». Acaso, porque aun mostrándose dóciles y organizadas herramientas del idioma, en estado independiente cada palabra tiene textura, sonoridad, volumen propios, y una historia para encontrar. Quien se proponga recorrer el camino de cada una sabe que ha de hacerlo sin prejuicio, dispuesto a las sorpresas que depara «la riqueza invalorable» del lenguaje popular. «Y en la pasión de la búsqueda -agrega- a veces nos quedamos atrapados en las palabras, sin atender lo que nos quieren decir.»
¿Malhablados?
A menudo se oye o lee que el argentino, y en particular el porteño, habla mal el castellano. Zimmerman no está de acuerdo porque, señala, la construcción de un lenguaje la va haciendo la gente («todo hablante es fabricador de lenguaje»), al margen de la regla académica; porque lejos de ser una fórmula estática, el idioma es dinámico y «se ajusta sólo a los modos de pensar, a los modos de ser»; como el individuo, se transforma y recrea en forma constante. Y se apoya en las teorías del etimólogo italiano Alberto Zamboni, cuando sostiene: «La palabra y la lengua cambian, como cambia la realidad».
Y la realidad dice que en los últimos años se incrementó notablemente el uso de términos ingleses, con el consiguiente desvelo de eruditos y sociólogos temerosos por «la identidad». Sin embargo, no sólo ellas inducen a equívocos. «Los términos 'raros' o engorrosos de pronunciar prenden con dificultad en la charla. Y cuando lo hacen, suele ser al costo de alguna deformación», afirma e ilustra: «El desusado dublé que Discépolo emplea en 'Cambalache' y que significa chafalonía, objeto recubierto con una capita de oro, en boca de muchos cantores ya ha pasado a ser 'doblez'».
Y el tan común, «la necesidad tiene cara de hereje» no tiene desperdicio entre equívocos y deformaciones. «La frase es la traducción deformada de una sentencia latina a la que echan mano los abogados para defender a quien que comete un delito llevado por la desesperación: 'necessitas caret lege', es decir, la necesidad carece de ley. De « caret lege', el oído popular y la fantasía fabricaron ese 'hereje'.»
Ya entrando en terrenos de Roberto Arlt, de quien algunos aún dicen que escribía mal, Zimmerman traza la defensa: «Basta comenzar a leerlo para advertir que no cae nunca en la categoría tediosa de esos escritores de los que Hemingway decía que se ponen guantes para escribir. Arlt, que empedraba sus escritos con expresiones como ' pelafustán', sacadas de las malas traducciones de Sue o Dostoievsky, empleó como pocos un idioma propio que de entrada seduce al lector». Roberto Arlt, sin dar explicaciones, comienza una de sus «Aguafuertes porteñas»: «Usted está gozando de la fresca viruta», con el sentido de pasarla bien, sin preocuparse por nada.
«Vale preguntarse -dice Zimmerman- qué relación existe entre la dorada vagancia y eso que el diccionario define como «lámina fina y enrulada que sale de la madera al cepillar». Ocurre que hasta no hace mucho era corriente en el interior de nuestro país aprovechar la viruta para rellenar colchones. Tanto las tiras de madera como el aire que queda entre ellas son excelentes aislantes del calor. El relleno, además, se acomoda muy bien al peso y la forma del cuerpo. Por eso, en la era preplástica, la viruta fue parte del ocio. Y gozar de ella, un arte, que como dice Arlt, «hace sentir la vida más linda».




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