19 de julio 2004 - 00:00

Denuncian la "obscenidad cultural" en las subastas

«Muchacho de la pipa», la pintura de Pablo Picasso vendida este año en Sotheby’s por 104 millones de dólares.
«Muchacho de la pipa», la pintura de Pablo Picasso vendida este año en Sotheby’s por 104 millones de dólares.
Hace unos días, el diario inglés «The Guardian» publicó con el inquietante título de «Un baluarte contra la obscenidad cultural», el discurso que el crítico de la revista «Time», Robert Hughes, dedicó a la apertura de la «Exhibición de Verano» de la Royal Academy de Londres. Se suponía que Hughes iba a hablar de la vigencia del dibujo, y así lo hizo; también elogió la tradición democrática de una institución que desde 1768 está dirigida por artistas y dedicada al arte contemporáneo; pero, en el último párrafo, reclamó su intervención «para defender el arte del poder degradante de los coleccionistas adinerados».

Sus palabras crearon un inmediato estado de agitación en el mercado porque, si bien el crítico aclaró que no está en contra de los coleccionistas, ni tampoco de los galeristas o didanterectores de museos, calificó como una «obscenidad cultural» los actuales métodos de comercialización. Y refiriéndose concretamente al precio de «Muchacho de la pipa», la pintura de Picasso vendida este año en Sotheby's por un precio récord, dijo: «Cuando hay un super rico que paga 104 millones de dólares, algo está muy podrido. Tales gestos no hacen ningún honor al arte, lo rebajan, haciendo del deseo por el arte algo patológico».

Por supuesto -y para los entendidos-, lo «patológico» de la situación es que, al igual que algunos récords de Van Gogh, esa pintura de Picasso que los críticos consideran «sublime», no tiene como destino una colección pública, sino que parece haber desaparecido de la faz de la tierra.

Los duros términos de Hughes no castigan al coleccionismo que aspira a donar sus obras a un museo para el disfrute de todos, o al que al menos presta sus tesoros, sino al avaro, que guarda la obra sólo para su propio deleite. «Es justo que los coleccionistas tengan su influencia -aclara Hughes-algunos se lo merecen, pero son los menos, porque a menudo se preocupan más por su viaje al poder y uno cree que son grandes bienhechores. Es ridículo que tengan influencia porque las leyes de impuesto permitan que usen los museos como megáfonos para su propio gusto, a veces, discutible».

Este nuevo récord de la historia del arte parece haber suscitado el enojo de Hughes. Pero lo cierto es que el crítico australiano radicado desde hace 30 años en Nueva York conoce «los efectos de especulación en el arte», y no hace otra cosa más que aumentar el volumen de sus advertencias. Ahora pide a la Royal Academy que oficie de «contrapeso a «histeria de un mercado degradante», pero ratifica lo que desde hace 20 años señala en sus artículos, desde que un Turner alcanzó el entonces récord de 7 millones de dólares (pagados por la argentina Amalia Fortabat) y comenzó «el alboroto alrededor de la obra de arte cara, convertida en espectáculo cultural».

En los años ochenta, cuando todos festejaban el récord de los «Girasoles» y los «Lirios», Hughes, un auténtico analista del mercado, observó que a partir de esos precios «que violan nuestro sentido de la decencia», el pago de los seguros se iba a tornar imposible para los museos, y expresó sus dudas sobre «las subastas, que como todo el mundo sabe, son un medio excelente para mantener unos niveles de valores ficticios, porque el público imagina que los precios son necesariamente reales».

Realidad o ficción (aunque según los rumores el «Muchacho de la pipa» estaría hoy en manos de un magnate griego), lo cierto es que los medios de Londres señalan que la cifra que pagaron por él, 104 millones de dólares, «se acerca al PBI de algunos estados caribeños o africanos». El monto es elevado sin duda, pero nadie lo consideraría «obsceno» si su destino fuera deparar placer estético a la humanidad, y abundan ejemplos en este sentido, desde la «Mona Lisa» hasta el «Guernica».

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